Santuario

1341 Words
Lia continuó en el suelo, la lluvia pasó y el frío se apoderó de su cuerpo, no sabía qué era peor, si el frío intenso o el hombre que vivía dentro de esa fortaleza. Se sentía entre el precipicio y la bestia, él parecía ajeno a cualquier regla social, ni siquiera usaba ropa dentro de casa. Lia se quedó allí, y en algún momento el agotamiento la dominó, despertó con pasos a su alrededor, dos chicos la estaban mirando. -Ella es bonita, debe estar huyendo de alguien o es una prostitut@. Lia se obligó a ponerse de pie, se aferró a la reja, pero las sonrisas que la miraban eran aterradoras, la casa detrás de ella parecía encantadora ahora, y ella comenzó a gritar. No sabía de dónde sacar fuerzas, pero gritó hasta que la puerta se abrió y corrió hacia adentro. Los chicos se miraron decidiendo si entrar o no, pero la puerta se cerró con un golpe aterrador, era automática. Y los hombres, probablemente eran fugitivos de la policía, el área era conocida como refugio de marginales e incluso lugar de entierro. Se sentó en el suelo del área, hacía frío, la pequeña mochila tenía una manta y la sacó, estaba húmeda, pero era mejor que nada. El silencio de la casa era incómodo, la oscuridad también, parecía que murciélagos habitaban ese lugar, tal era la penumbra. Klaus estaba acostado en la esterilla, desnudo. Hacía años que no dormía en una cama, y ni siquiera usaba mantas, su cerebro no procesaba muy bien el frío, el Síndrome de Riley-Day también había afectado ese aspecto de su vida. Había abierto la puerta porque la niña encogida le hizo recordar los @abusos que presenció en las clínicas psiquiátricas, los chicos sufrían en ese infierno, pero las chicas casi siempre sufrían @abusos a manos de los enfermeros e incluso de los médicos. No la quería allí, no era sociable, de hecho, cualquier persona corría peligro a su lado, una mujer entonces, ni siquiera sabía si ella era realmente una mujer. Parecía demasiado joven para ser mayor de edad, pero ya había notado que las mujeres de esa e***a permanecían jóvenes por más tiempo. El lugar donde vivía era bonito, una propiedad de más de 100 hectáreas, la casa no tenía muchos muebles, no tenía agua caliente, porque no podía regular la temperatura, podía quemarse la piel y ni siquiera darse cuenta. No sentía dolor, absolutamente ninguno, solo vería la herida cuando se infectara. La comida siempre era fría, por eso su alimentación se basaba en carne asada y verduras cocidas, pedía fiambreras cada quince días, las guardaba en el congelador, las sacaba la noche anterior, extrañaba una comida de verdad, pero esa era la única opción. En las clínicas vivía a base de pasta fría, frutas, leche fría y sus derivados, no les importaba que se alimentara bien. La última vez que Klaus comió una comida real, sabrosa y hecha en el momento fue cuando su madre estaba viva. Su madre cocinaba, lo sentaba a la mesa y dejaba la comida a la temperatura adecuada, ni fría ni mucho menos caliente al punto de quemarse, no podía sentir el calor, pero el sabor era delicioso. Pero cuando la madre murió en un accidente, la vida se volvió muy pesada, intentó acabar con su vida junto a su madre varias veces. Era un niño, no sentía dolor, así que usar un cuchillo en sus propias muñecas no era tan malo, pero su padre no lo dejó morir. Otto no lo amaba, pero no lo dejaba ir, así fue como comenzó su vida en manicomios y cuando su conciencia regresó, se convirtió en un hombre y puso un alto a eso. El padre aún intentó mandarlo de vuelta, pero Klaus ya no podía soportar escuchar gritos por la noche. Lamentos y llantos, cuando él mismo no podía llorar, el síndrome no le permitía producir lágrimas, era una aberración de la naturaleza. Dormía en la misma esterilla. Cuando se despertó, fue al baño y se dio una ducha fría, comió una fruta y tomó un vaso de leche, tenía ganas de comer un huevo frito, pero podía quemarse un dedo entero y no sentir. Probablemente, era la persona con el síndrome más viejo que jamás existió, los otros morían jóvenes, debido a las heridas, quien no siente dolor, no aprende a preservarse, a evitar el fuego, a tener cuidado con un cuchillo, a deslizar la maquinilla de afeitar adecuadamente, es el dolor el que enseña. El dolor físico y del alma era la mejor maestra. Mientras comía la fruta recordó a la mujer afuera. La quería lejos de allí. Al salir la encontró encogida, se dio cuenta de que no dormía, sino que estaba al borde de la inconsciencia, no sabía qué hacer, nunca había cuidado de alguien, pero increíblemente sintió ganas de cuidar de ella, las puntas de sus dedos estaban casi moradas del frío. Si la ponía debajo de la ducha fría, sería aún peor, si cambiaba el agua a caliente corría el riesgo de quemarla. El padre siempre le causaba problemas, siempre imponiéndole lo que no quería. Por un momento sintió ganas de dejarla allí y luego enviarle la foto del cuerpo a su padre, pero no pudo, la llevó a su esterilla, tomó las mantas que tenía y la envolvió. Puso un vaso de leche en el microondas, un minuto sería suficiente para calentar sin que estuviera extremadamente caliente. Luego la obligó a abrir la boca y beber, quedó impresionado por la presión de su cuerpo contra el suyo. -Tengo hambre. La voz era casi un susurro. -¿Quieres un plátano? Asintió con la cabeza. Klaus se detuvo en medio del camino, no iba a ser una niñera, había pasado hambre muchas veces y ni por eso recibió algo en la boca, no después de su madre. Le entregó la fruta en su mano y fue a beber agua y a ponerse colirio en los ojos, era la manera de mantener sus ojos hidratados, ya que no producía lágrimas. Lia hizo un esfuerzo por comer la fruta, el resto de la leche estaba en el vaso y también lo bebió. De repente, se dio cuenta de dónde estaba y que un hombre desnudo caminaba por la casa, y su miedo volvió. No tembló de frío, sino de miedo ante Klaus. -Vuelve a tu casa. -No tengo una. -No me importa, solo te quiero lejos de mi casa, no eres bienvenida. -Si no me quedo, mi padre me mandará a la cárcel. -¿Sabes el riesgo que corres en el mismo lugar que yo? Se negó a responder, sabía de su humor inconstante, no quería ser un punching bag. Estaba perdida donde quiera que fuera. El vacío dentro de ella que sentía era enorme, había crecido en una casa alegre, llena de vida. Toda su familia era evangélica y las enseñanzas la hicieron creer que Dios nunca la abandonaría, pero se sentía abandonada en ese preciso momento. El virus se llevó a cada uno de los suyos, primero fue el padre, luego el hermano, y finalmente la madre, eso destrozó el corazón y la felicidad de Lia. Oró a los cielos para que tuviera el mismo destino que su familia en varias ocasiones, pero Dios no la escuchó, no había nada más para ella en la tierra. Solo quería dormir por el resto de su vida. Cerró los ojos, Klaus podría matarla; sería un acto de misericordia, era mejor que esa sensación de nada. -¿Eres una de las prostitutas de Otto? Ella abrió los ojos. -No soy prostituta de él, ni de nadie más. Aún débil, respondió. Klaus no la quería, aún más si ella se había acostado con su padre. Notó que ella se incomodaba al mirarlo desnudo, pero él no se incomodaba, no conocía el pudor. Klaus salió, solía hacerlo por la propiedad, tenía un jeep y dos caballos. Una piscina que él mismo limpiaba. Y no quería una mujer en su sagrado y sombrío refugio.
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