Sensibilidad

922 Words
La propiedad estaba llena de césped y arena en varios puntos, era lo único bueno que su padre había hecho por él, era un césped artificial, no acumulaba agua y podía ser lavado con una manguera a presión. Había costado una fortuna, pero eso garantizaba que los pies de Klaus permanecieran intactos; si pisaba un clavo, una piedra afilada o algo parecido, no lo sentía. Debido al síndrome, solo notaba las heridas cuando veía la sangre o en el momento del baño, y con el césped podía andar descalzo mientras tomaba el sol, pero usaba botas para montar a caballo e ir al establo. Tenía el diagnóstico de bipolaridad, aunque sospechaba que el origen real de la desorganización de sus funciones neurológicas no estaba allí. Creía que la irritación constante, la ausencia de empatía y los pensamientos oscuros tenían relación con el síndrome de Riley-Day, una condición poco frecuente y escasamente estudiada. Esa rareza hizo que, en las clínicas por las que pasó, lo aislaran en una habitación vacía, sin cama ni mobiliario, y que en muchas ocasiones recurrieran a una camisa de fuerza para evitar que se hiciera daño. Las personas que no padecían el síndrome de Riley Day aprendían a no golpear la rodilla en la cama, a no tocar la estufa por el calor, pero él no sentía nada de eso. Y los médicos no sabían cómo tratarlo; un niño en medio de todo esto y sin apoyo familiar enloquecería, y eso fue lo que le sucedió. Klaus había pasado dos años enteros sin decir una palabra; los médicos entraban en la sala, verificaban que estaba bien y salían. Las enfermeras dejaban su comida en la alfombra y se iban; quitaron la televisión porque Klaus la descolgaba de la pared y se la lanzaba a ellos; como el dolor no existía, no había manera de hacerlo cooperar; los otros pacientes podían ser controlados por el miedo al dolor, pero no él. Era como una fiera acorralada; su nombre hacía referencia a la Navidad, al buen anciano, pero no había una sola partícula buena dentro de él, solo podredumbre, revuelta y pensamientos nebulosos. Una rabia que lo hacía gritar cuando llovía; volvió a casa caminando, era la actividad física diaria que hacía; a pesar de que la patologia que había desarrollado lo hacía bien. No necesitaba ninguna medicación para que el cuerpo funcionara, pero la mente sí; después de innumerables medicamentos y pruebas, lo único que mantenía su mente más humana era la marihuana, pura, farmacéutica y con receta médica; de lo contrario, caía en la oscuridad, y en esos momentos era capaz de cualquier cosa. Encontró a la mujer en el mismo lugar. No la miró, se deshizo de la bermuda que llevaba y la arrojó al sofá; después de tomar una ducha fría, se sentó a comer una porción de verduras, no tenían sabor, pero era lo que lo mantenía en pie. ____ Lia observó al hombre frente a ella; él tenía odio, no sabía de quién o de qué, pero su expresión era feroz, no sabía qué hacer. -¿Vas a quedarte? -No tengo otra opción. -No voy a tener una mujer bajo mi techo si no puedo follármela. Lia abrió la boca en estado de shock; no era ese el acuerdo con Otto, solo necesitaba cuidar de la casa, cocinar y no dejarlo sin los medicamentos. Ella tartamudeó. -No voy a la cama contigo. -Ni aunque quisieras, no hay una sola cama aquí; puedo acostarme de pie, para mí no hace diferencia. Los ojos de ella se llenaron de lágrimas, Klaus estaba fascinado por esa sensación, nunca había llorado, había gritado, sufrido y pedido la muerte en algunas ocasiones, fue doloroso en su alma cuando murió su madre, pero sus ojos se negaban a humedecerse. -No soy una prostitut@ y no puedes obligarme -Estás sola, dentro de mi lugar, ni siquiera sabes el código de acceso, si quisiera tenerte ahora, no podrías evitarlo. -Me dijeron que estabas loco, pero no hasta ese punto. -No estoy loco, si lo estuviera sería más fácil, los locos son controlables y tienen sentimientos, yo no siento nada, ni siquiera dolor. Entonces los rumores sobre el síndrome eran verdaderos, la empleada más vieja de Otto contaba, pero ella hablaba de Klaus como un demonio en piel humana. A pesar de haber sido criada en la iglesia, Lia sabía que los demonios no existían, pero tal vez estaba equivocada y lo descubriera en los brazos de Klaus. Él había sido tratado como un animal desde que murió su madre, sin cariño, sin cuidados y alejado de la sociedad, se acostumbró a no ver a nadie durante días, semanas, meses, hasta que un año o dos no hicieran diferencia para él. La soledad no le incomodaba, muy por el contrario. Para saciar el hambre hizo un acuerdo con un establecimiento que ofrecía comidas, el repartidor del restaurante dejaba la caja con la comida en la puerta, se iba, ya el padre aparecía cada mes de diciembre. Klaus sospechaba que él esperaba encontrarlo muerto, tal vez la chica bonita de cabello oscuro fuera una trampa, si la violaba y la mataba, sería condenado a la pena de muerte. Nadie con un poco de dignidad dejaría a una mujer sola con él, pero Otto parecía no importarle. -¿Puedo tomar un baño? -El último cuarto del pasillo. Lia pasó junto a él temblando, el miedo podía ser peor que el hecho consumado, un poco más y la chica se lanzaría de un acantilado.
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