En cuanto salgo del edificio me permito respirar el aire frío de Nueva York, de inmediato me siento mejor. Tanta tensión me tenía al borde de un ACV. Ya es de noche y las luces del tránsito vehicular me encandilan un poco. Consigo un taxi rápido y verificando que mi grabadora sigue guardada en la cartera emprendo el viaje a casa. Siento que todo es fantasía, quizá por la presión que manejé con el magnate allá arriba en su oficina. O, porque aún no soy capáz de creer que me pasé de la raya en su máxima expresión. La abuela Marsella me recibe como siempre, esta vez preparó una tortilla asada de berenjena. La devoro muy rápido y me excuso con ella para ir a editar mi formato. Tengo material exclusivo y muy bueno aunque algo incompleto teniendo en cuenta lo que pidieron realmente. Pero es

