Me dedico a trabajar con lo que ya tengo porque no amanecí con mucha creatividad para sacar fotos nuevas, subo algunas ediciones a la página y me pongo en contacto con los medios de comunicación para presentarme como el nuevo enlace de la compañía. Casi a las cinco de la tarde cierro la oficina.
Hoy es viernes y el cuerpo lo sabe, sabe que debe volver a casa para encerrarse como una aburrida de mierda sin vida social.
Pero me rehuso.
Y no me interesa no tener amigos porque me largaré a un bar para tomar agua saborizada yo sola, regresaré con la abuela antes de las doce y dormiré. Después de todo ya es fin de semana y podré descansar mañana hasta tarde si me desvelo mucho.
Me encuentro con mi supervisora de camino al ascensor, ella es publicista y su oficina queda al final del pasillo. Para ser sólo un año mayor que yo es bastante estricta y fastidiosa, fue ella quien me recibió en el área de redes cuando llegué y aunque desbordó amabilidad y simpatía de entrada la verdad es que luego me llenó de puras críticas, hasta que otros compañeros expresaron su aprobación y conformidad hacia el primer post que hice para la página y ella dejó de molestar.
No me cae mal, pero me parece que es una lagartija que se arrastra por el suelo de los jefes buscando aprobación.
Pero en fin, quién soy yo para juzgar si apenas la conozco.
Camina en mi dirección y una vez que llega a mi lado se detiene.
—Hola, Jaden.
—Hola. —Soy amable en muy pocas ocasiones, y esta es una de ellas.
—¿Qué tal todo hoy?
Lleva un traje de chaqueta y falda rosa. Es muy elegante a la hora de vestir.
—Bien, excelente.
—Qué bueno, compañera. —Camina a mi lado, de regreso al inicio del pasillo y me confunde— ¿Qué harás ahorita?
Frente al elevador hay tres personas esperando la llegada del cubículo. Dos hombres y una mujer.
—Tenía planeado ir tomar agua saborizada conmigo misma.
No inventaré hoy porque el medidor de glucosa me indicó en la mañana una subida leve de azúcar.
Ella se ríe.
Nos detenemos a un lado de los demás.
—Ellos son: Esteban, Edward y Celine —Me señala a los sujetos a nuestro lado. Una mujer de tez morena y largo cabello n***o ondulado me regala una sonrisa cuando la presentan, a su mano derecha hay un chico de lentes pálido que asiente hacia mí y a su izquierda un trigueño fornido de un metro ochenta y tanto—. Iremos a la cueva del oso, no sé si quieras venir con nosotros, será algo muy tranquilo.
Evalúo mis opciones, ir a beber agua sola es tan deprimente como no tener ni un centavo en el bolsillo, pero salir con mi supervisora y tres compañeros más es diferente, es una buena oportunidad para hacer amigos o para acercarme a ella y ganármela.
Al ver mi silencio, Miranda, mi supervisora, vuelve a hablar:
—Consideramos invitarte porque eres nueva y no conoces nada acá... Sólo queremos ser amables.
Los observo, los demás chicos no parecen tan mayores, no deben pasar de los treinta.
Asiento.
—Bien, de acuerdo. Iré con ustedes.
Todos sonríen animados.
Esta es mi oportunidad para hacer amigos neoyorkinos. Me agrada que todos seamos contemporáneos, nada de viejos aburridos, limitadores y retrógrados; somos una generación joven de mente abierta que sabe divertirse, espero.
Salimos muy pronto de la torre, la cueva del oso queda a sólo cuatro cuadras, es un bar restaurante algo costoso.
Por suerte siempre he sido una chica independiente que ama el dinero, así que desde que tengo una cámara profesional trabajo haciendo sesiones de fotos, es eso lo que me ha permitido traer mi propio dinero ahorrado para moverme en la ciudad.
Mis padres dejaron de mantenerme hace mucho tiempo después de una acalorada discusión donde les grité que no quería su dinero. A los veinte años.
Desde entonces me las he ingeniado para conseguir dinero, y no me quejo. La fotografía me ha dado ropa, celular, zapatos y comida.
Nos sentamos en las mesas del centro del local, frente a un pequeño escenario donde reposan algunos instrumentos. Hay cinco chicos haciendo una prueba de sonido.
Me parece cool la música en vivo.
Muy pronto el bar se llena y todos ordenan cervezas menos yo. Descubro que Celine y Edward salen desde hace un año, que Esteban está divorciado y que Miranda es una niña fresa de Manhattan. Yo también les cuento algunas cosas sobre mí, omitiendo que soy diabética insulino dependiente desde hace dos años, odio esa cara de la moneda en donde mi vida ha tenido drásticos cambios. Sólo les hablo de mi espíritu aventurero, que soy demasiado arriesgada y que me encanta meterme en problemas, ellos parecen fascinados con eso. También hablamos sobre nuestros experimentos sexuales y terminamos riendo cuando descubrimos que yo he sido la única en hacer un trío.
Soy desinhibida, me gusta explorar cosas nuevas porque la vida hay que vivirla.
A veces creo que en mi vida pasada fui hombre, mi manera de ver el mundo me hace sospecharlo.
—Soy libre. —hablo— Y la vida es una sola.
Todos están de acuerdo con ello.
—¿Tienes algún mantra que quieras compartir con nosotros? —Pregunta Celine, encantada— Es que eres asombrosa.
—Sí, debes tener uno. —Sigue Miranda.
El único mantra que tengo son mis amigos empujándome a hacer cosas malas. Y también mi lado irracional.
—No necesitan un mantra para divertirse. Sólo debes pensar en lo que no pasaría si decides no hacer nada y evitar hacerte preguntas como: ¿Qué habría pasado si yo...? ¿Entienden?
Todos parecen asombrados, y eso me lleva a la conclusión de que o son muy idiotas, de esa gente fresa aburrida que no hace nada o se están haciendo los santos.
No es mi problema porque a mí sólo me importa mi vida y lo que yo haga, pero a decir verdad me causa algo de risa.
No creo que encajemos del todo, soy más de juntarme con dañados y personas de mente abierta que les guste experimentar.
La conversación toma otro rumbo cuando se toca el tema familiar y llega por fin un punto en común para todos, que somos hijos del divorcio. Celine comenta lo mucho que le afectó la separación de sus padres, por lo que veo es la única del resto de mis compañeros de bebida que recuerda con tanto dolor ese acontecimiento.
A mí no me afectó cuando papá se fue de la casa, tal vez porque estaba demasiado ocupada inyectándome heroína como para pensar en algo más que no fuese el limbo astral al que te llevan las drogas.
Me levanto de la silla para ir al baño, tanta agua sabor a lima y una vejiga pequeña no son para nada una buena combinación. Así que si no voy al baño cuando apenas siento ganas de orinar me puedo mear encima.
Y no, gracias. No me apetece mojarme los pantalones hoy.
Tan pronto termina mi visita al baño me acerco a la barra para pedir más agua, en esta oportunidad cambio de sabor y me animo con la de fresa. La banda está por arrancar a tocar, hay muchas personas frente al escenario esperando el inicio de la presentación, la agrupación tiene bastante fanaticada para ser unos pobres desconocidos.
Vuelvo a la mesa con mis compañeros de trabajo. Me gusta el ambiente del lugar, es retro, iluminado por luces giratorias, afiches de Nirvana, The Beatles, Guns N' Roses, Queen y Elton John en las paredes y una rocola en la esquina al lado de la barra.
Celine y Edward tontean entre ellos, Esteban habla sobre su negocio online de venta de ropa variada y Miranda lo escucha con atención, ya está algo ebria. Yo mientras tanto saco mi cámara de la cartera y comienzo a tomar fotos del lugar, si consigo a una buena modelo podría obtener un trabajo fenomenal con este ambiente ochentoso.
Estoy fascinada.
Quizás porque mil novecientos ochenta es mi año favorito, y si pudiera viajar en el tiempo lo haría sólo para vivir en esa época.
Mantengo la mirada fija en cada enfoque que hago del lugar y tomo varias fotografías de la rocola, capturo también a dos chicos sobre el escenario.
El sujeto de cabello blanco teñido es atractivo, se le contraen los antebrazos mientras serpentea algunos acordes en el bajo.
Entonces enfoco al rubio de cabello largo a la altura de los hombros con flequillo, y me aparto la cámara del rostro cuando comienza a tocar las teclas de un pequeño piano. Sus dedos se mueven con agilidad, luce muy excitado mientras lo hace, sonríe satisfecho.
—Saquemos una fotografía grupal. —Se anima Miranda.
Volteo a verlos sólo cuando el rubio deja de tocar, pero no puedo evitar que mis ojos vuelvan a posarse en el chico de cabello amarillo que se ríe de algo, luego le da una palmada en la espalda al chico del bajo.
—¿Ya terminaste de babear?
Reacciono.
El comentario de Celine hace que en la mesa todos empiecen a aullar con bromas. Me río.
—Vamos a sacarnos la jodida foto. —Corto el rollo.
Activo el temporizador de la cámara, dejándola del lado de la mesa en el que estoy sentada. Camino rápido al frente, el flash se dispara justo cuando posamos todos abrazados y sonrientes.
Hacemos varias capturas hasta que creo que es suficiente y me devuelvo a mi asiento.
—Nos pasas todas las fotos. —Me dice Esteban.
Asiento.
Rápidamente intercambio mi número de celular con todos.
Bebo dos vasos más de agua antes de volver al baño por segunda vez. Extraño ingerir alcohol, tenía una resistencia increíble cuando vivía a todo dar.
Las drogas sí me noquean.
Hace unos meses durante la fiesta de cumpleaños de mi mejor amiga me tragué una pastilla de LSD por error, terminé bailando desnuda sobre una mesa, y amanecí en la cama con un desconocido.
Luego de eso ingresé al hospital de emergencia.
Quería matar al desgraciado que me dio esa mierda, casi me mata.
Cuando regreso a la mesa ya la banda está explotando su talento sobre el escenario con una pieza de rock suave que me atrapa de inmediato, suenan genial. Mis ojos caen en el pianista y vocalista una vez más, el rubio canta con tanta potencia que me siento hechizada. Se me eriza la piel.
—¿Vas a coquetearle? —Ese que habla es Edward.
Por supuesto que sí.
—Se llama Cy. —Comenta Celine— Es bastante popular aquí, su banda va en ascenso.
La ropa de cuero se le aprieta al cuerpo y fantaseo con la idea de arrancársela con los dientes.
Basta, Jay. Detente, no seas perra.
—No me interesa. —Respondo muy tranquila. Dejo de mirar al muchacho de cabellos de oro para ver a Miranda quien no deja de sonreír con sus ojos puestos en mí— Es en serio, no me interesa.
—Perfecto, entonces yo sí le voy a coquetear.
Todos se ríen, menos yo.
—Claro, adelante. Es todo tuyo.
Miranda aplaude divertida y me guiña el ojo.
El chico al que ahora sé que llaman Cy da las gracias cuando terminan la canción, todos gritan y aplauden como locos. Le regalo una sonrisa a Celine cuando me mira con cara de que estoy loca por dejarle a Miranda el camino libre.
La verdad me da igual.
El tal Cy es lindo, pero tampoco voy a iniciar una pelea de gatas por eso. Por ahora me voy a enfocar en papi Aaron, que es más importante.
Follar con el jefe sexy es la fantasía número uno de cualquier mujer, cuando quiera follar con un rockero buscaré a otro rubio que vista de cuero n***o.
Las baquetas del baterista resuenan tres veces antes de que arranquen con otra canción, esta vez una más movida que me revuelve los recuerdos.
La voz de Cy se escucha ronca al principio, al ritmo de la pieza. La melodía me hace retroceder en el tiempo, y vuelvo a cuando era una mocosa de trece años fanática de Kiss que vestía como gótica. Mamá me dejó vivir esa etapa con tranquilidad, muy al contrario de mi padre que se preocupaba demasiado pensando que después me cortaría los antebrazos como los emos estúpidos del colegio.
Fue justo después de pasar esa etapa, tal vez un par de meses después, cuando conseguí a mamá llorando desolada en su habitación, me confesó una verdad que luego Paúl me confirmó.
Fue algo doloroso que con el tiempo dejé de recordar tanto y darle importancia.
Pero hoy, justo ahora, esa banda, específicamente esa canción, me hace recordar que no conozco a mi verdadero padre, porque fue un hijo de puta que abandonó a mamá cuando más lo necesitaba.
-—¿Sabes qué? —Habla Miranda, la veo acojonarse— Me da pena. Te lo dejo a ti.
Me río.
—De acuerdo.
Todos se ríen.
Bueno... Jefe o rockero, el que llegue primero.
¡Qué empiece la diversión!
Gracias, Nueva York.