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1158 Words
Luana salió del bar con pasos firmes, el aire nocturno era fresco contra su piel. Mientras caminaba, su mente trabajaba sin descanso. Eduardo no tardaría en moverse. Era cruel, despiadado y jamás olvidaba una afrenta. Buscaría venganza con toda la furia de un hombre humillado. Pero Luana no tenía intención de esperarlo sin prepararse . Necesitaba un plan. No solo para sobrevivir a Eduardo, sino para adelantarse a él y acabar con lo que quedaba de su influencia. Su familia era la cuarta más poderosa de la ciudad, un imperio con recursos, pero también con demasiados enemigos esperando su caída. Luana podía aprovechar esa debilidad, pero necesitaba algo más que simples maniobras desde las sombras. Necesitaba poder real, una estructura sólida que la protegiera mientras desmantelaba a Eduardo pieza por pieza. Crear una empresa anónima era el primer paso. Un frente legítimo que le permitiera moverse sin levantar sospechas. No podía ser Luana, la exesposa traicionada, debía convertirse en algo más. Usaría un seudónimo, una identidad nueva, intocable. Desde ahí, podría absorber los negocios de Eduardo, arrebatarle a sus aliados y redirigir su propia ruina contra él. Se aseguraría de que cada golpe que intentara darle a ella terminara debilitándolo aún más. Su mente entonces viajó a Helena. Si lograba consolidar su nueva empresa, también podría ayudarla. Su historia de sufrimiento no sería una más entre los escombros de su venganza. La había dejado atrás por mucho tiempo, pero ya no más. Helena tenía que ser salvada antes de que fuera demasiado tarde. Pero sus pensamientos fueron abruptamente interrumpidos. Un sonido en el callejón a su derecha la sacó de su planificación. Un murmullo bajo, seguido de un quejido sofocado. Sus ojos se entrecerraron mientras se deslizaba en la sombra, observando con cautela la escena ante ella. Tres hombres rodeaban a otro que parecía drogado, apenas podía mantenerse en pie. Lo empujaban contra la pared con burlas y empellones, mientras uno de ellos hablaba con tono amenazante. —Jamás debiste meterte con nuestro jefe —dijo uno de ellos, su voz cargada de burla y desprecio. Luana se mantuvo en silencio, analizando cada detalle. El hombre acorralado apenas podía reaccionar, su mirada perdida y su cuerpo tambaleante indicaban que no estaba en condiciones de defenderse. Los otros tres parecían estar disfrutando de la situación, especialmente cuando uno de ellos se rió entre dientes y murmuró algo que captó su atención. —El futuro señor Belmont no es más que un imbécil —se mofó uno de los agresores, pateando al hombre en el estómago. Belmont. El apellido hizo que su mente se activara de inmediato. No recordaba haberlo visto en la historia que conocía. ¿Quién era este hombre? ¿Y por qué lo llamaban así? Antes de que pudiera seguir analizando la situación, el hombre intentó reaccionar. Con movimientos torpes, levantó un brazo para apartar a uno de sus agresores y lanzó un débil intento de golpe que apenas rozó el rostro del atacante. Su resistencia solo provocó una risa cruel de los otros dos, y antes de que pudiera hacer algo más, uno de los agresores sacó un cuchillo y, sin titubeos, lo hundió en su pierna. Un grito desgarrador rompió la quietud de la noche, haciéndolo caer de rodillas mientras su sangre manchaba el pavimento. Luana sintió una punzada de curiosidad, pero también de determinación. No recordaba a nadie con ese apellido en la historia que conocía, y eso le bastaba para tomar una decisión. Sin dudarlo, sacó su pistola del abrigo y, con movimientos precisos, disparó tres veces. Cada bala encontró su objetivo, y los atacantes cayeron al suelo antes de siquiera darse cuenta de lo que había pasado. El eco de los disparos aún flotaba en el aire cuando Luana se acercó al hombre herido. Sus ojos se encontraron con los de él, llenos de sorpresa y dolor. Sin embargo, ella no mostró compasión ni miedo. Solo curiosidad. Luana apareció frente al hombre y, justo cuando abrió la boca para hablar, él se desplomó. Un suspiro de irritación escapó de sus labios. —Genial —murmuró con fastidio. Sabía que su cuerpo era débil, y cargar a un hombre que claramente era más grande que ella sería imposible. Maldijo su propia fragilidad mientras buscaba una alternativa. Con esfuerzo, lo agarró por los brazos y comenzó a arrastrarlo hacia su auto, su respiración volviéndose pesada con cada metro recorrido. Sus músculos protestaban, pero no se detuvo . Cada paso hacia su vehículo le recordaba cuánto odiaba su nueva condición. Finalmente, con un último esfuerzo, logró abrir la puerta trasera y, con un empujón torpe, lo hizo caer dentro del asiento. Todavía no sabía quién era él, pero el apellido Belmont era suficiente para despertar su interés. No iba a dejarlo morir sin obtener respuestas. Antes de llevarlo a algún lugar seguro, condujo hasta una farmacia cercana. Compró vendas, desinfectante y otros suministros básicos. No era la primera vez que tenía que tratar una herida; su vida anterior como asesina le había dado conocimientos suficientes para lidiar con situaciones como esta. No podía llevarlo a un hospital, no sin antes obtener respuestas. Tendría que hacerlo todo por su cuenta. -------------------- Sebastián despertó con un dolor punzante en la pierna y la mente envuelta en un pesado letargo. La sensación de algo áspero rozando su piel le indicó que había sido vendado, pero aún podía sentir el calor de la herida reciente. Un ligero mareo lo obligó a parpadear varias veces antes de reconocer su entorno: un auto en movimiento, el sonido del motor vibrando en el fondo. Giró la cabeza con dificultad y encontró a una mujer en el asiento del conductor. Su expresión era de fastidio, y en cuanto notó que estaba despierto, dejó escapar un resoplido. —Ya era hora —dijo Luana sin apartar la vista del camino—. Pensé que tendría que dejarte en un basurero si seguías desmayado. Sebastián intentó incorporarse, pero el dolor en su pierna lo hizo gruñir y caer de nuevo contra el asiento. Su cuerpo aún estaba aturdido, pero su mente comenzaba a recordar los eventos previos. —¿Quién…? —Su voz sonó ronca, y tuvo que tragar saliva antes de continuar—. ¿Quién eres? Luana ladeó la cabeza, echándole una mirada fugaz. —La persona que te salvó tu puta vida—respondió con sequedad—. Aunque, para ser honesta, lo hice más por curiosidad que por misericordia. Sebastián frunció el ceño. Sus recuerdos eran borrosos, pero recordaba a los hombres que lo habían acorralado, la navaja hundiéndose en su pierna, y luego… disparos. Miró sus vendajes improvisados y luego volvió la vista hacia la mujer. —¿Fuiste tú? —preguntó con incredulidad. —¿Esperabas a un ángel de la guarda? —Luana soltó una risa sarcástica, decirle que solo lo salvo por curiosidad, no era una buena idea, por lo tanto tenia que fingir ser buena samaritana.
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