Sebastián parpadeó varias veces, su mente aún nublada por el dolor y la confusión. Sus labios estaban resecos, y su voz salió rasposa cuando finalmente habló.
—¿Dónde demonios estoy? —murmuró, entrecerrando los ojos mientras intentaba ubicarse.
Luana, sin apartar la vista de la carretera, resopló con fastidio antes de girar apenas el rostro hacia él.
—Esa es mi pregunta muy estúpida —dijo en tono seco—. ¿Quién mierda eres y por qué intentaban matarte?
Sebastián frunció el ceño. Su cuerpo aún dolía y la desconfianza era evidente en sus ojos.
—Por lo visto eso te interesa más de lo que debería.
Luana, por su parte, mantenía una expresión serena, aunque su mirada no dejaba de analizar cada uno de los movimientos del hombre.
Luana lo observó de reojo, evaluándolo. No tenía idea de quién era, pero el apellido que había escuchado antes de intervenir la tenía intrigada.
—Belmont —murmuró—. ¿Ese es un raro apellido?
Sebastián la miró con cautela. Había algo en su actitud que le indicaba que no era simplemente una buena samaritana.
—Parece que ya sabes mi Apellido—respondió con voz ronca—. Lo que no sé es quién eres tú.
Luana curvó ligeramente los labios en una sonrisa que no llegó a sus ojos.
—Digamos que soy alguien con la que tienes una deuda —dijo, encogiéndose de hombros.
Sebastián bufó, moviendo con dificultad su pierna herida.
—Sí, bueno… supongo que no se puede negar eso.
Luana desvió la vista de la carretera por un segundo, estudiando su expresión.
—Dime, ¿quiénes eran esos tipos? Parecían bastante decididos a hacerte desaparecer.
Luana entrecerró los ojos y miró por el espejo retrovisor. Un par de luces seguían su auto a la distancia, demasiado persistentes para ser una coincidencia. Su cuerpo se tensó de inmediato.
—Nos están siguiendo —murmuró, con una calma calculada.
Sebastián apenas reaccionó. En lugar de mostrar preocupación, apoyó la cabeza contra el asiento y cerró los ojos por un momento, como si aquello no fuera más que un inconveniente menor.
—No son enemigos —dijo con tranquilidad—. Es mi gente. Parece que al fin me localizaron.
Luana lo miró con el ceño fruncido, sin relajar su postura.
—¿Tu gente? —preguntó con escepticismo.
Sebastián sonrió con cierta diversión, aunque su expresión seguía reflejando el agotamiento.
—Sí. No tenía claro cuánto tardarían, pero al menos sé que no voy a morir desangrado en este auto.
Luana apretó los labios, sin confiar del todo en sus palabras, pero viendo que no tenía sentido seguir con la discusión, redujo la velocidad del auto hasta detenerse en el costado del camino. Las luces del vehículo que los seguía también se desaceleraron, manteniendo una distancia prudente.
—Si es tu gente, preséntate —dijo Luana, entrecerrando los ojos mientras lo observaba con atención.
Sebastián abrió la puerta del auto con esfuerzo, bajando con movimientos algo torpes debido a su herida. Luana salió tras él, manteniendo su postura firme. Justo en ese momento, Sebastián se detuvo y la observó detenidamente.
El aire fresco golpeó su rostro y, por primera vez desde que despertó, miró bien a la mujer que lo había salvado. Era hermosa, aunque de una manera discreta, sin adornos innecesarios. Su cabello enmarcaba un rostro que, a simple vista, parecía frágil. Su complexión delgada y la expresión de hastío en sus ojos le daban la impresión de que el viento podría arrastrarla con facilidad. Pero algo en ella le decía que eso era solo una ilusión. Había una dureza oculta en su mirada, una fuerza que no encajaba con su apariencia.
Y, sin embargo, al verla así, parada bajo la tenue luz de la carretera, sintió un impulso inesperado: la necesidad de protegerla. No entendía por qué, pero algo en su fragilidad aparente lo llevó a ese pensamiento antes de que pudiera reprimirlo. Se enderezó con dificultad y miró a los hombres que habían salido de los vehículos que los seguían. Exhaló con resignación antes de girarse hacia Luana.
—Sebastián Belmont —dijo finalmente, con voz firme, mirándola directamente a los ojos—. Y parece que ahora te debo algo.
Luana no respondió de inmediato. En su mente aún resonaba aquel apellido, sin encajar del todo en la historia que recordaba. No le gustaban las incógnitas, y menos cuando estaban relacionadas con alguien que evidentemente estaba en una guerra interna. Antes de que pudiera decir algo, el sonido del teléfono rompió la tensión del momento. Luana sacó el móvil del bolsillo y entrecerró los ojos al ver el nombre en la pantalla. Eduardo.
Un escalofrío de ira le recorrió la espalda, pero su expresión permaneció neutral cuando contestó.
—Vaya, qué sorpresa —dijo con frialdad, Luana sabia que iba a llamarla, pero no esperaba que sea tan rapido.
La risa de Eduardo llegó a través del altavoz, baja y venenosa.
—¿De verdad creíste que podías humillarme y salir ilesa, Luana? —su voz estaba cargada de odio—. Te voy a encontrar. Y cuando lo haga, te haré rogar por tu vida.
Luana apoyó una mano en su cadera, manteniendo la mirada fija en Sebastián, quien la observaba con una mezcla de curiosidad y desconfianza.
—Lo siento, Eduardo, pero tengo la agenda ocupada —replicó con sorna—. ¿Podrías llamar más tarde?
—Disfruta el tiempo que te queda —gruñó Eduardo—. Porque pronto no tendrás ninguno.
La llamada se cortó. Luana suspiró y guardó el teléfono, como si aquella amenaza fuera poco más que una molestia menor. Miró a Sebastián y arqueó una ceja.
—¿Quién era ese? —preguntó con naturalidad, aunque su tono llevaba un matiz de sospecha.
Luana resopló con fastidio y no se molestó en ocultar la verdad.
—Mi esposo… o mejor dicho, estamos en proceso de divorcio —respondió, deslizando el teléfono de vuelta en su bolsillo.
Sebastián levantó una ceja.
—Vaya, eso explica su entusiasmo por matarte —murmuró con ironía—. ¿Cómo se llama?
Luana lo miró fijamente, como si evaluara si darle esa información o no. Finalmente, soltó un suspiro.
—Eduardo.
Sebastián asintió lentamente, como si memorizara el nombre, y luego esbozó una sonrisa ligera.
—Bueno, me salvaste la vida, así que supongo que te debo una. Pide lo que quieras.
Luana cruzó los brazos, su expresión aún inescrutable.
Sebastián asintió lentamente y soltó un suspiro antes de hablar.
—No necesito favores, Belmont —respondió con indiferencia—. Pero sí necesito tiempo.
—Tiempo, ¿eh? —murmuró, como si estuviera evaluando algo en su cabeza—. Déjame adivinar, tu "esposo" te quiere muerta y necesitas un lugar donde esconderte hasta que puedas contraatacar.
Luana chasqueó la lengua, molesta de que hubiera captado la situación con tanta facilidad.
—Algo así —admitió—. No puedo permitirme bajar la guardia, y menos ahora.
—Está bien. Tengo varias residencias, una de ellas bastante discreta. Puedes quedarte ahí por un tiempo.
Luana arqueó una ceja.
—¿Así de fácil?
Sebastián sonrió con diversión.
—Digamos que prefiero tener a la persona que me salvó cerca en lugar de dejarla vagando por ahí sin protección. Y, para ser sincero, me intrigas.