Luana miró por la ventana del auto mientras el vehículo se adentraba en una propiedad que estaba lejos de lo que cualquiera consideraría "discreta". La entrada estaba flanqueada por enormes pilares de mármol, y el camino de adoquines los guiaba a una imponente mansión iluminada por elegantes lámparas de pared. La estructura en sí era impresionante, con grandes ventanales y balcones detalladamente decorados.
Apenas el auto se detuvo, Luana se giró lentamente hacia Sebastián, arqueando una ceja con evidente incredulidad.
—¿Esto es lo que llamas discreto? —espetó, cruzando los brazos sobre su pecho.
Sebastián, que parecía divertido con su reacción, se encogió de hombros con tranquilidad.
—Es la casa más pequeña que poseo —respondió con naturalidad.
Luana exhaló, masajeándose las sienes. No esperaba que su refugio fuera un sótano lúgubre, pero tampoco una mansión que gritaba opulencia. Antes de que pudiera replicar, la puerta del auto se abrió y varios sirvientes se alinearon junto a la entrada.
Las miradas se posaron en Luana de inmediato. Había sorpresa en sus rostros, algunos incluso parecían perplejos al verla. Murmullos discretos recorrieron la fila de empleados mientras intercambiaban miradas significativas entre ellos.
Luana, incómoda con la repentina atención, apoyó una mano en su cadera y miró de reojo a Sebastián.
—Déjame adivinar, ¿también es raro que traigas "invitadas" aquí?
Sebastián sonrió levemente, pero no respondió de inmediato. En cambio, caminó hacia la entrada con la seguridad de alguien acostumbrado a que todo girara a su alrededor.
—Más bien, nunca traigo a nadie aquí —dijo finalmente, sin mirarla.
Luana frunció el ceño y, con los dedos tamborileando sobre su cadera, decidió que ya había tenido suficiente de las evasivas de Sebastián.
—No soy estúpida, Belmont —dijo con voz firme, clavando su mirada en él—. Estás ocultando algo. Aprovechaste la situación para traerme aquí, pero no creo que haya sido solo para devolverme el favor.
Sebastián dejó escapar una leve sonrisa, como si le divirtiera su perspicacia, pero no respondió de inmediato. En cambio, caminó lentamente hacia la entrada, sus pasos resonando en la piedra.
—Digamos que tenerte aquí me resulta... conveniente —admitió finalmente, sin voltear a verla—. Pero no te preocupes, no tengo intención de hacerte daño. De hecho, esto también me beneficia.
Luana entrecerró los ojos, su instinto le decía que había algo más detrás de sus palabras.
—¿Y qué significa eso exactamente? —preguntó con suspicacia.
Sebastián se detuvo frente a la puerta de la mansión y la miró directamente por primera vez desde que llegaron.
—Tengo 28 años, Luana. Y mi abuelo ha estado presionándome para que me case. Quiere asegurar el linaje, consolidar las alianzas familiares. Para él, mi matrimonio es una estrategia más en su juego de poder.
Luana soltó una risa seca.
—¿Y qué? ¿Me trajiste aquí porque parezco una candidata adecuada? —preguntó con una mezcla de incredulidad y burla.
Sebastián se encogió de hombros con una sonrisa tranquila.
—Digamos que eres una opción interesante.
Luana cruzó los brazos y lo miró con dureza.
—No sé qué te hace pensar que me interesaría participar en este juego familiar tuyo.
Sebastián ladeó la cabeza y la observó con atención.
—Porque no eres estúpida. Sabes que estar aquí te da una ventaja. Estás huyendo de ese tal Eduardo y necesitas tiempo. Si mi abuelo cree que hay algo entre nosotros, podrías ganar más que solo refugio. Podrías ganar protección.
Luana mordió el interior de su mejilla. No le gustaba que alguien la leyera tan bien, pero tampoco podía negar que había algo de lógica en sus palabras. Lo que menos quería era quedar atrapada en otro matrimonio que no deseaba, pero si podía usar esta situación a su favor, valía la pena considerarlo.
—No me has convencido aún —murmuró, cruzando los brazos.
Sebastián sonrió con diversión.
—No te estoy pidiendo que decidas ahora. Solo quiero que pienses en ello.
Luana soltó un suspiro y lo miró fijamente.
—Bien. Pero si voy a quedarme aquí, habrá condiciones.
Sebastián levantó una ceja, divertido.
—Adelante.
—Primero, quiero que adelantes el proceso de divorcio con Eduardo —dijo con firmeza—. No puedo moverme con libertad si sigo atada legalmente a él.
Sebastián asintió lentamente.
—Eso se puede arreglar. ¿Algo más?
—Sí. No quiero que me uses como una herramienta para tus juegos familiares sin mi consentimiento. Si tu abuelo me ve como tu futura esposa, lo mínimo que puedes hacer es asegurarte de que no tenga expectativas equivocadas.
Sebastián sonrió de lado.
—No planeo venderte como un trofeo, Luana. Pero si quieres asegurarte de que todo esté claro, podemos poner ciertas reglas. Aunque dudo que mi abuelo acepte un "no" tan fácilmente.
Luana lo miró con escepticismo.
—Eso es problema tuyo. Yo solo quiero salir de este desastre con la menor cantidad de cicatrices posibles.
Luana apretó los labios, observándolo con recelo. No confiaba en él, pero tampoco podía negar que la oferta de un refugio era demasiado tentadora como para rechazarla. No era solo por comodidad, sino por estrategia.
Mientras caminaba detrás de Sebastián, su mente repasaba los motivos por los cuales había aceptado su propuesta. Sabía que Eduardo no tardaría en intentar localizarla, y aunque podía moverse en las sombras, tarde o temprano necesitaría una base segura desde donde operar. Además, estar en una de las propiedades de Sebastián le daba la oportunidad de vigilarlo de cerca. Si él tenía sus propios planes, ella estaría lista para descubrirlos.
Aún así, el hecho de que los sirvientes la observaran con tanto interés le daba un mal presentimiento.
Sebastián la guió a través de la mansión hasta su despacho, una habitación amplia con paredes cubiertas de estanterías llenas de libros y una gran ventana con vista a los jardines. Un escritorio de caoba dominaba el centro de la sala, y Sebastián tomó asiento tras él, indicándole con un gesto que hiciera lo mismo.
Luana no perdió el tiempo.
—Si voy a quedarme aquí y a seguir este teatro, quiero algo más que solo protección —dijo con firmeza, acomodándose en la silla—. Necesito un lugar donde pueda establecer mi propia empresa y acceso a ciertos recursos de tu red.
Sebastián entrelazó los dedos sobre el escritorio y la observó con interés.
—¿Qué tipo de empresa? —preguntó con genuina curiosidad.
Luana lo miró con frialdad y cruzó una pierna sobre la otra.
—Eso no es asunto tuyo, Belmont. Solo necesito el espacio y los recursos, lo que haga con ellos es mi problema.
Sebastián sonrió con diversión.
—Interesante. Puedo proporcionarte eso, siempre y cuando respetes ciertas reglas.
Luana lo miró con escepticismo.
—¿Qué tipo de reglas?
Sebastián se inclinó ligeramente hacia adelante, sus ojos afilados.
—Dormiremos en la misma habitación. Y consumaremos el matrimonio.
El silencio cayó pesadamente entre ellos. Luana lo miró con una mezcla de incredulidad y burla.
—¿Hablas en serio? —preguntó, arqueando una ceja—. Hay muchas maneras de hacer que esto parezca real sin necesidad de llevarlo tan lejos. No soy una niña ingenua, Sebastián. Sé jugar mi papel, pero no voy a convertirme en algo que no soy solo para cumplir con las expectativas de tu abuelo.
—Mi abuelo no es idiota —respondió Sebastián con calma—. Si va a creer que este matrimonio es real, necesita pruebas. No bastará con solo compartir un techo, Luana.
Luana soltó una risa seca.
—Si piensas que voy a acostarme contigo por conveniencia, estás delirando. Puedes buscarte otra mujer si necesitas "pruebas" para tu abuelo. Tal vez alguna de esas que ya están acostumbradas a este tipo de acuerdos familiares.
Sebastián no se inmutó ante su respuesta.
—No voy a poder hacer eso. No importa el motivo, si estamos casados, no tomaré a otra mujer. No es algo que tome a la ligera. En mi mundo, Luana, el matrimonio no es solo un papel que se firma y se olvida. Significa lealtad, compromiso, incluso si empezó como un simple trato.
Luana lo fulminó con la mirada, apoyando ambas manos sobre el escritorio.
—Tendrás tu teatro, Belmont, pero no esperes que me convierta en tu esposa de verdad. Todo tiene un límite. Y créeme, si intentas cruzarlo, lo haré insoportable para ti.
Sebastián esbozó una sonrisa lenta.
—Todo el mundo tiene necesidades en este mundo, Luana. Y tarde o temprano, tú también tendrás las tuyas —respondió con una sonrisa calculada—. No espero que lo admitas ahora, pero el tiempo nos dará la razón a uno de los dos.
Luana apretó los dientes, sintiendo un calor abrasador de furia recorrer su cuerpo.
—Eres un maldito ególatra, Belmont. Un hombre podrido en su propia arrogancia —espetó con desprecio—. ¿Realmente crees que voy a caer en tu jueguito como una idiota desesperada? Ni en tus mejores sueños.
Sin esperar respuesta, se puso de pie con un movimiento brusco y salió de la habitación, cerrando la puerta con más fuerza de la necesaria.
Sebastián, sin embargo, no se inmutó. Su sonrisa solo se amplió, apoyando un codo en el escritorio mientras observaba la puerta por donde Luana había desaparecido.
—Serás mía —murmuró para sí mismo, disfrutando del desafío que ella representaba.
Dentro de él, algo nuevo comenzaba a crecer. No era solo interés ni simple curiosidad; era una creciente obsesión. Luana era distinta a cualquier persona que hubiera conocido, una mujer que no se doblegaba ante el poder ni la presión. No se trataba solo de su juego familiar ni de la conveniencia del matrimonio.