El amanecer trajo consigo una sorpresa inesperada para Luana. Apenas bajó las escaleras de la mansión, encontró a Sebastián esperándola en la sala, recargado con total tranquilidad sobre el escritorio. En sus manos sostenía una carpeta de documentos, que dejó sobre la mesa con un gesto casual.
—Aquí tienes —dijo con indiferencia—. Tu divorcio está finalizado.
Luana se detuvo en seco, observando los papeles con el ceño fruncido. Con pasos calculados, se acercó y los tomó, hojeándolos con rapidez. Cada hoja confirmaba lo que Sebastián acababa de decir. Su matrimonio con Emiliano ya no existía, sin juicios ni trámites engorrosos. Era oficial.
—¿Cómo lo hiciste tan rápido? —preguntó sin levantar la vista, su tono cargado de suspicacia.
Sebastián se encogió de hombros con arrogancia.
—Tengo recursos, Luana. Y, además, Emiliano no está en posición de negarse a nada en este momento.
Luana dejó escapar un leve suspiro. No esperaba que su divorcio fuera un proceso sencillo, pero Sebastián lo había hecho parecer un simple trámite burocrático. Cerró la carpeta y la colocó sobre la mesa con un movimiento firme.
—Voy a necesitar una secretaria —dijo de repente, cruzando los brazos.
Sebastián arqueó una ceja y esbozó una sonrisa entretenida.
—¿Y cuándo piensas pedírmelo con modales, futura señora Belmont?
Luana entrecerró los ojos y lo fulminó con la mirada.
—No te equivoques. Me acabo de divorciar hace minutos, no voy a meterme en otro matrimonio.
Sebastián soltó una carcajada baja, disfrutando de la tensión en su expresión.
—Oh, Luana… Si piensas que este matrimonio es negociable, temo decepcionarte. Ya me encargué de borrar cualquier rastro legal de tu matrimonio con Emiliano. Ante la ley, nunca existió. Así que, oficialmente, solo tienes un camino: el que te lleva directamente a convertirte en mi esposa.
Luana sintió su paciencia desvanecerse. Se apoyó en la mesa y le sostuvo la mirada con firmeza.
—Entonces, supongo que te encanta perder el tiempo.
Sebastián apoyó los codos sobre la mesa y la miró con intensidad.
—No, me encanta jugar cuando sé que voy a ganar.
Luana lo miró atentamente, intentando descifrar sus verdaderas intenciones. Antes de que pudiera responder, la puerta del despacho se abrió y un hombre trajeado ingresó con una carpeta en la mano.
—Señor Belmont, el acuerdo está listo —anunció con tono profesional, extendiéndole el documento.
Sebastián tomó la carpeta sin apartar la vista de Luana y la deslizó sobre la mesa frente a ella.
—¿Qué es esto? —preguntó Luana con recelo.
—Tu empresa —respondió Sebastián con simpleza—. Un edificio de oficinas completamente amueblado, con el alquiler pagado por un año y un capital inicial de 200 millones. Considera esto como mi inversión en ti.
Luana tomó los documentos y los revisó con atención. Todo estaba ahí, en orden, legalmente a su nombre. Alzó la mirada, desconfiada.
—¿Y qué esperas a cambio?
Sebastián esbozó una sonrisa ladeada, inclinándose ligeramente hacia ella.
—Ya lo sabes.
Sebastián se recostó contra su silla, con una confianza desbordante reflejada en su mirada. Con el contrato de la empresa en manos de Luana y su divorcio oficialmente concluido, sabía que tenía la ventaja.
—Podemos hacer esto fácil o difícil —dijo con serenidad—. Podemos ir al registro civil o, si lo prefieres, podemos ir directamente a la alcoba.
Luana sintió su sangre hervir al instante. Sus dedos se crisparon alrededor de los documentos mientras lo fulminaba con la mirada.
—Si quieres conservar tu maldita lengua, te sugiero que pienses mejor antes de hablarme así —espetó, su voz gélida.
Sebastián no se inmutó. Al contrario, su sonrisa solo se ensanchó, disfrutando de su reacción.
—Solo estoy siendo práctico, querida —respondió con calma—. Si vamos al registro civil ahora, todo quedará sellado antes de que se te ocurra cambiar de opinión.
Luana apretó la mandíbula, conteniendo el deseo de lanzarle algo en la cara. Sabía que no tenía salida, al menos no una que no complicara su situación. Exhaló con furia antes de responder.
—Bien. Vamos al maldito registro civil. Pero no creas que esto significa que has ganado algo, Sebastián.
Él soltó una carcajada baja, poniéndose de pie con una tranquilidad exasperante.
—Oh, Luana… ya veremos.
Luana subio a su habitación con pasos firmes, pero la ira aún ardía en su interior. Cada fibra de su ser le exigía destrozarlo, demostrarle que no podía controlarla. Pero no podía. Su maldito cuerpo era demasiado débil. Si hubiera tenido su fuerza de antes, ya lo habría puesto en su lugar con facilidad.
Su mente trabajando frenéticamente. Odiaba esta sensación de impotencia, de depender de la astucia en lugar de la fuerza. No iba a permitir que esta debilidad la definiera. Si Sebastián creía que tenía el control, se aseguraría de demostrarle lo contrario, aunque tuviera que hacerlo a su manera.
Si él pensaba que iba a dominarla, estaba completamente equivocado.
El registro civil fue un trámite rápido, casi demasiado fácil. Luana pudo ver con claridad lo que significaba el poder de Sebastián. No hubo preguntas, no hubo demoras, solo documentos listos para firmar y empleados que no se atrevían a mirarlo a los ojos. Todo estaba arreglado de antemano, como si fuera un simple trámite burocrático más en la larga lista de favores que podía comprar.
Cuando salieron del edificio, la brisa matutina golpeó su rostro con fuerza. Miró de reojo a Sebastián, quien tenía esa expresión serena y segura de siempre, como si nada de esto significara el más mínimo esfuerzo para él.
—Espero que no estés esperando una luna de miel —espetó con frialdad.
Sebastián soltó una risa baja.
—Oh, querida, la paciencia es una virtud.
Antes de que Luana pudiera responder, Sebastián se inclinó ligeramente y le plantó un beso en la mejilla con deliberada lentitud. La burla en su gesto era evidente.
Luana intentó empujarlo con furia, pero su cuerpo débil no le permitió moverlo ni un centímetro. La frustración se acumuló dentro de ella, haciéndola apretar los puños con fuerza. Odiaba sentirse así, odiaba que Sebastián viera su impotencia.
—Maldito seas —escupió entre dientes, su mirada ardiendo de rabia.
Sebastián sonrió con satisfacción, observándola como si su furia fuera solo un juego que le divertía.
—Oh, Luana, aún no entiendes—murmuró con una sonrisa burlona antes de girarse con calma y caminar hacia el auto.
Luana apretó los dientes, sintiendo su irritación crecer con cada palabra suya. No podía permitir que él creyera que tenía el control absoluto. Aunque en ese momento, la balanza estuviera inclinada a su favor, encontraría la forma de equilibrarla. Suspirando y siguió a Sebastian.
El viaje en auto fue silencioso, pero no por falta de tensión. Sebastián manejaba con su expresión serena de siempre, mientras Luana mantenía la mirada fija en la ventana, aún intentando calmar su enojo.
Cuando el auto se detuvo, Luana frunció el ceño al ver el imponente edificio frente a ella. No era simplemente una oficina; era una torre empresarial de aspecto moderno y lujoso.
—¿Qué es esto? —preguntó, sin ocultar su sospecha.
Sebastián salió del auto y abrió la puerta para ella con una sonrisa despreocupada.
—Tu nuevo reino —respondió con simpleza.
Luana miró el edificio con una mezcla de asombro y molestia. No deseaba algo tan ostentoso, prefería un lugar más discreto y funcional, pero eso era algo que a Sebastián poco le importaba. Para él, todo debía ser grandioso, imponente, como si el exceso de lujo fuera una norma incuestionable.
Al entrar en el edificio, un hombre trajeado ya los esperaba en el vestíbulo. Llevaba una carpeta en la mano y un sobre sellado.
—Señor Belmont, todo está listo —anunció con voz formal antes de girarse hacia Luana—. Señora Belmont, aquí tiene la documentación de su cuenta bancaria. El capital inicial de 200 millones ha sido depositado. También encontrará en este contrato la propiedad de este edificio, completamente amueblado y con el alquiler cubierto por un año.
Luana tomó los documentos sin decir nada y los revisó con la misma minuciosidad que antes. Todo estaba en orden. No era un simple gesto de generosidad de Sebastián, esto era una inversión en ella. Pero, ¿por qué tanta confianza?
Antes de que pudiera hacer otra pregunta, otra persona entró en la sala. Una mujer joven, de cabello oscuro y gafas elegantes, con una actitud profesional y discreta.
—Señora Belmont, mi nombre es Victoria Moreau. Seré su secretaria y me encargaré de gestionar todo lo que necesite para que su empresa funcione sin problemas.
Luana la observó de arriba abajo. No esperaba que Sebastián cumpliera con su petición tan rápido, y menos que seleccionara a alguien con tanta presencia profesional.
—Espero que seas eficiente, Victoria —dijo Luana con frialdad.
Victoria inclinó levemente la cabeza, sin inmutarse.
—Siempre lo soy, señora.
Sebastián sonrió con diversión ante el intercambio.
—Bueno, ahora tienes todo lo que pediste, Luana. Espero que lo aproveches.
Luana cerró la carpeta con un chasquido y lo miró fijamente.
—Eso ya lo sé - Aunque en ese momento, la balanza estuviera inclinada a su favor, encontraría la forma de equilibrarla. Y cuando lo hiciera, Sebastián se daría cuenta de que había subestimado a la mujer con la que acababa de casarse.