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1249 Words
Luana se apoyó en el escritorio de su nueva oficina, observando a Victoria con una mirada calculadora. La secretaria mantenía su postura recta, sus manos entrelazadas frente a ella con una expresión neutral, pero sus ojos delataban una curiosidad contenida. —No voy a darte un discurso innecesario —dijo Luana con frialdad—. Solo quiero una cosa de ti: lealtad absoluta. Victoria asintió levemente, sin perder la compostura. —Por supuesto, señora Belmont. Mi trabajo es servirle a usted. Luana ladeó la cabeza, evaluándola con más detalle. —Eso significa que nada de lo que haga o diga aquí llegará a oídos de mi esposo. Quiero que entiendas esto muy bien, Victoria. Si en algún momento descubro que le has informado de algo sin mi autorización… bueno, te aseguro que no será algo que olvidarás fácilmente. Victoria no parpadeó ni titubeó. —Entiendo, señora. Mi lealtad está con usted. Luana sonrió levemente. Le gustaba la respuesta, pero aún quedaba por ver si la mujer era tan confiable como aparentaba. —Bien —dijo, enderezándose—. Comenzaremos de inmediato. Hay mucho por hacer y poco tiempo para distracciones. Victoria inclinó la cabeza en señal de respeto. —Estoy lista para comenzar cuando usted lo desee, señora Belmont. Luana tomó asiento en su nuevo escritorio, sintiendo una leve satisfacción. Había dado el primer paso en asegurar que su empresa fuera suya y de nadie más. Y si todo salía bien, pronto tendría algo más que un simple negocio: tendría control. No perdió tiempo y comenzó su primera investigación. Su objetivo era la familia Moretti, una de las más poderosas de la ciudad, conocida por su crueldad. Helena estaba atrapada en ese lugar y si Luana quería ayudarla, necesitaba conocer cada debilidad de esa familia. —Victoria, necesito un informe detallado sobre la familia Moretti —ordenó, sin levantar la vista de la pantalla de su computadora—. Quiénes son los cabecillas, qué negocios manejan y cualquier punto débil que podamos explotar. Victoria asintió sin dudar. —Me encargaré de inmediato. Luana, sin perder más tiempo, comenzó su propia investigación. Gracias a sus habilidades avanzadas de hackeo, rápidamente accedió a bases de datos gubernamentales, redes encriptadas y registros confidenciales. Su objetivo era claro: encontrar a alguien con el que deseaba la caida de los Moretti como nadie en el mundo. Tardó varios minutos en encontrar el nombre que buscaba: Gael Bianchi, comandante militar del país y hermano de Helena. Sus registros mostraban intentos constantes de interferir en los asuntos de los Moretti, solicitudes rechazadas de investigaciones y un historial de enfrentamientos encubiertos con la familia. Todo indicaba que había intentado salvar a su hermana, pero el poder e influencia de los Moretti lo habían mantenido al margen. Luana anotó su número de contacto en un papel y, sin dudarlo, marcó. El tono sonó varias veces antes de que una voz masculina, fría y directa, respondiera al otro lado de la línea. —¿Quién habla? —preguntó Gael con desconfianza. Luana sonrió levemente. Había esperado esa reacción. —Alguien que puede ayudarte a destruir a los Moretti —respondió con calma. Hubo un breve silencio. Luego, la voz de Gael se endureció. —Si esto es una broma, colgaré ahora mismo —gruñó Gael, su voz cargada de furia—. ¿Quién demonios se cree que es para llamarme con algo así? —No lo es —afirmó Luana, sin inmutarse ante su tono—. Conozco su alcance, sus operaciones y sus debilidades. Sé que los Moretti compraron a tu hermana como si fuera una mercancía, la casaron con Lorenzo Moretti y la han mantenido bajo su control durante años. No solo la convirtieron en su propiedad, sino que también han explotado su talento en el diseño, obligándola a dibujar vestidos de alta costura para su negocio familiar, mientras la amenazan con la vida de sus hijos.. Sé lo que le han hecho a tu hermana. Y también sé que tú, por más que lo intentaste, nunca pudiste sacarla de ahí. El silencio que siguió fue más largo esta vez. La tensión se podía sentir incluso a través del teléfono. —¿Quién eres? —preguntó finalmente, con voz contenida. —No importa quién soy —respondió Luana con frialdad—. Lo que importa es que sé cómo ayudarte a acabar con los Moretti. Pero para eso, necesito algo de ti. Gael respiró hondo, aún desconfiado, pero su tono había cambiado ligeramente. —Te escucho. —Voy a necesitar a personas dispuestas a matar —continuó Luana con calma—. No mercenarios sin control, sino individuos leales, disciplinados y que sepan seguir órdenes. Gente que entienda lo que está en juego y no actúe por codicia, sino por convicción. Gael dejó escapar una risa breve y seca. —¿Crees que no tengo acceso a ese tipo de personas? Si quisiera, podría movilizar a un escuadrón entero para arrasar a esos bastardos. —Pero no lo harás —lo interrumpió Luana—. Porque sabes que sería un s******o directo. Y porque, a diferencia de ti, yo no estoy atada por reglas ni limitaciones. Tú no puedes mancharte las manos, pero yo sí. Así que dime, ¿vas a darme lo que necesito o seguirás esperando un milagro? Hubo un largo silencio. Finalmente, Gael exhaló con pesadez. —Dime tu plan. Luana sonrió con suficiencia. A kilómetros de distancia, en la oficina principal de Imperium Global, Sebastián revisaba algunos documentos cuando su teléfono vibró sobre el escritorio. Al ver el nombre en la pantalla, su expresión se endureció antes de contestar. —Abuelo —saludó con calma, aunque sabía lo que venía a continuación. —Sebastián, muchacho —la voz de Don Aurelio Belmont sonaba firme, pero con un tono de satisfacción genuina—. ¿Por qué demonios tengo que enterarme por otros que mi nieto finalmente ha sentado cabeza? ¿Acaso pensaste que no me alegraría? ¿Que no querría conocer a mi nieta política? Sebastián suspiró, pasando una mano por su cabello con resignación. —No es eso, abuelo. Simplemente todo fue… apresurado. No creí que fuera necesario armar un alboroto por ello. Don Aurelio soltó una carcajada grave. —¡Por supuesto que es necesario! ¡Es un evento importante! No todos los días mi nieto decide casarse. Dime, ¿cuándo voy a conocerla? No me hagas esperar demasiado, Sebastián, sabes que no soy un hombre paciente. Sebastián cerró los ojos por un momento, sabiendo que no tenía escapatoria. —Pronto, abuelo. Organizaré algo. Sebastián necesitaba que su abuelo fuera exigente con el matrimonio. La mentira que le había dicho a Luana sobre la obligación familiar debía mantenerse. Si Don Aurelio no ponía presión, si no reforzaba la idea de que casarse era la única opción aceptable, entonces Luana podría empezar a dudar. Y eso no le convenía en absoluto. —Sabes que espero que esta no sea una simple formalidad, Sebastián —añadió Don Aurelio con un tono más serio—. Un matrimonio no es algo que se deba tomar a la ligera. Sebastián esbozó una sonrisa tensa. —No te preocupes, abuelo. Lo tengo bajo control. —Más te vale —respondió Don Aurelio con satisfacción—. No me hagas esperar demasiado. La llamada se cortó y Sebastián se recargó en su asiento con un suspiro. No era la reacción que esperaba, y en cierto modo, eso complicaba las cosas más de lo que había anticipado.
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