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1127 Words
Luana se dejó caer sobre el sofá de su oficina con un suspiro de agotamiento. Había sido un día más ajetreado de lo que esperaba, pero al menos había logrado avanzar con sus planes. Sin embargo, la frustración seguía latente en su interior. Su cuerpo seguía siendo débil, y si quería fortalecerse, necesitaba entrenar cuanto antes. Justo en ese momento, la puerta se abrió sin previo aviso y Sebastián entró con su característico aire de confianza. La observó con una sonrisa ligera antes de cruzar los brazos sobre su pecho. —Parece que alguien tuvo un día difícil —comentó con diversión. Luana le lanzó una mirada cansada, pero no perdió el tiempo con palabras innecesarias. —Quiero instalar un gimnasio en la mansión —dijo directamente, sin rodeos. Sebastián parpadeó por un momento antes de soltar una carcajada baja, claramente divertido. —¿Un gimnasio? —repitió, como si la idea le resultara insólita—. Luana, querida, tenemos un gimnasio exclusivo en la mansión y otro en la oficina. ¿No te habías dado cuenta? Luana frunció el ceño, su orgullo herido por la información que desconocía. —Nadie me dijo nada —respondió, cruzando los brazos con molestia. Sebastián sonrió con arrogancia y se inclinó ligeramente hacia ella. —Quizás deberías explorar más tu nuevo hogar —susurró con diversión—. ¿Quieres que te lleve a verlo ahora? Luana exhaló, manteniendo su expresión neutral, pero internamente maldijo su ignorancia sobre el lugar donde ahora vivía. No iba a darle la satisfacción de parecer sorprendida. —Muéstramelo —ordenó con firmeza. Sebastián sonrió con satisfacción y extendió una mano hacia ella. —Será un placer —dijo con una sonrisa ladeada, pero antes de que ella pudiera levantarse, añadió—. Pero hay una condición. Luana entrecerró los ojos, sospechando lo peor. —¿Qué condición? Sebastián se inclinó ligeramente, su mirada llena de descaro. —Un beso. Luana sintió una punzada de molestia y lo miró con incredulidad. —Eres un desvergonzado. Solo somos esposos en papeles, no hay necesidad de estas tonterías. Sebastián sonrió con diversión, sin inmutarse. —Esposos en papeles o no, el hecho es que seguimos siendo marido y mujer. Y los esposos suelen darse besos, ¿no crees?. Luana apretó los dientes, luchando contra el deseo de golpearlo ahí mismo. Finalmente, chasqueó la lengua y se cruzó de brazos. —Olvídalo. No necesito un guía tan desesperado. Sebastián, lejos de molestarse, se movió con rapidez y se colocó frente a la puerta, bloqueando la salida con una expresión de burla. —Si no aceptas el beso, no te dejo salir —dijo con fingida inocencia. Luana sintió cómo la rabia burbujeaba dentro de ella. Sin pensarlo dos veces, lanzó una patada directa a su entrepierna, pero Sebastián, anticipándolo, atrapó su pierna en el aire con facilidad. Antes de que ella pudiera reaccionar, elevó su pierna más arriba, obligándola a quedar en una posición de equilibrio precario, sosteniéndose solo con la otra pierna. La pose, elegante pero forzada, la hizo parecer una bailarina de ballet a punto de ejecutar un complicado movimiento. —Vaya, Luana —murmuró Sebastián con una sonrisa ladina mientras la observaba detenidamente—. No sabía que eras tan flexible. Eso puede ser… muy útil en ciertas circunstancias. Luana sintió su piel arder de furia y vergüenza. Forcejeó para liberarse, pero Sebastián la mantuvo en su lugar por unos segundos más, disfrutando de su expresión irritada antes de soltarla con suavidad. Sebastián la observó con diversión, inclinándose levemente hacia ella. —Sabes, aún no he recibido mi beso —murmuró con un tono sugerente. Luana apretó los dientes, sintiendo su irritación crecer aún más. Si su cuerpo no hubiera sido tan débil, ya le habría propinado un golpe que lo dejara sin aire. Pero, en lugar de eso, se encontró atrapada en una negociación absurda con un hombre que disfrutaba demasiado de provocarla. —Si crees que voy a ceder tan fácil, estás delirando —espetó. Sebastián sonrió con calma, conociéndola lo suficiente como para saber que, en el fondo, ya estaba resignada —Solo un beso, Luana —susurró—. Después te dejaré ir. Luana exhaló con frustración antes de acercarse lo justo para rozar sus labios contra la comisura de su boca, apenas un contacto fugaz. Rápidamente, se apartó con una mirada fulminante. —Vas a pagar por esto —gruñó, Luana que trato de empujarlo pero sin poder hacerlo - Suéltame. Sebastián, divertido, se pasó la lengua por los labios y negó con la cabeza. —Eso no fue un beso —murmuró con falsa decepción—. Pero te daré una última oportunidad para hacerlo bien… antes de que me vea obligado a hacer valer mis derechos como esposo. Luana lo fulmina con la mirada. —¿Me estás amenazando? Sebastián sonrió con descaro, y la atrajo más hacia el, algo que lo único que provocaba es el enojo de Luana. —Solo estoy recordándote nuestra realidad, querida. Estás atrapada en este matrimonio tanto como yo. Pero no te preocupes… aprenderás a cumplir tu papel. Luana apretó los puños, conteniendo la rabia que amenazaba con hacerla explotar. Si no estuviera en una posición tan desventajosa, ya habría encontrado la forma de ponerlo en su lugar. —Eres un maldito arrogante. Luana frunció el ceño, respirando hondo, tomó una decisión. Si quería un beso, lo tendría, pero a su manera. Se acercó con aparente docilidad y posó sus manos en su pecho, inclinándose hasta que sus labios se encontraron con los de él en un contacto lento, pausado, casi como si fueran una pareja de verdad. Sebastián aún sostenía su pierna en el aire, obligándola a mantener el equilibrio solo con la otra. Su sorpresa inicial se desvaneció cuando correspondió con intensidad, buscando profundizar el beso. Sin embargo, antes de que pudiera hacerlo, sintió un agudo dolor en su labio inferior. Luana había mordido con fuerza, sin piedad, provocándole una pequeña herida de la que brotó un hilo de sangre. —Ah… —Sebastián retrocedió apenas, pero sin soltar su pierna, llevándose una mano a los labios y mirándola con una mezcla de asombro y diversión—. Vaya, querida, si querías morderme, solo tenías que pedirlo. Luana le dedicó una sonrisa llena de burla, sus ojos brillando con desafío, aún sintiendo la presión de su agarre sobre su pierna. —¿Satisfecho ahora? —murmuró con falsa dulzura. Sebastián la observó por unos segundos antes de relamerse los labios, probando la ligera sensación metálica de la sangre. Finalmente, con una sonrisa oscura, bajó lentamente su pierna, liberándola de su agarre. Sebastián la observó por unos segundos antes de relamerse los labios, probando la ligera sensación metálica de la sangre.
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