El sonido del metal golpeando el suelo resonó en el gimnasio cuando Luana dejó caer la pesa de 2.5 kg con un suspiro de frustración. Sus brazos temblaban levemente, traicionándola. Cerró los ojos por un momento, tratando de controlar la rabia que hervía en su interior. Era ridículo que algo tan insignificante como una pesa le causara tantos problemas. En su vida anterior, había sido fuerte, letal. Ahora, su cuerpo era débil, ineficaz, una burla de lo que alguna vez fue.
—Interesante escena —comentó una voz masculina detrás de ella.
Luana giró bruscamente, con el ceño fruncido. Sebastián estaba apoyado contra el marco de la puerta, observándola con esa maldita sonrisa de diversión que parecía reservar solo para ella. Vestía un traje impecable, oscuro, con el nudo de su corbata perfectamente ajustado. Su presencia irradiaba confianza y poder, como si cada habitación en la que entrara automáticamente le perteneciera.
—¿Tienes algo mejor que hacer que espiarme? —bufó Luana, volviendo la vista a la pesa que aún yacía en el suelo.
Sebastián avanzó unos pasos, con una tranquilidad exasperante.
—No es espionaje cuando la puerta está abierta —replicó con una sonrisa ladeada—. Pero me sorprende verte aquí. ¿Acaso mi esposa finalmente decidió hacer algo útil con su tiempo?
Luana apretó los dientes, ignorando la provocación.
—Estoy entrenando —respondió con frialdad.
—Oh, claro —Sebastián arqueó una ceja, echando un vistazo a la pesa en el suelo—. ¿Y cómo va eso?
Luana sintió el calor subirle al rostro, pero se negó a darle el placer de una respuesta.
—¿Qué quieres, Sebastián? —espetó, cambiando el tema.
Él metió las manos en los bolsillos de su pantalón y la observó con una calma peligrosa.
—Voy a una fiesta.
Luana soltó un bufido sarcástico.
—Bien por ti. Diviértete.
—Pensé en invitarte —continuó, ignorando su tono indiferente—, pero no te preocupes, no es necesario que te expongas en público. No todavía.
Luana parpadeó, procesando sus palabras. Entre la sorpresa y la desconfianza, cruzó los brazos y lo miró fijamente.
—¿No es necesario? —repitió lentamente.
Sebastián inclinó levemente la cabeza, evaluando su reacción.
—Por ahora, prefiero mantenerte lejos de ciertos círculos. Ya llegará el momento en el que tendrás que enfrentarte a la sociedad —dijo con tranquilidad—. Pero esta noche, puedes quedarte aquí y seguir frustrándote con una pesa de dos kilos y medio.
Luana sintió cómo la rabia la atravesaba como un rayo. Se enderezó con determinación y sin apartar la mirada de Sebastián, tomó la pesa del suelo con ambas manos. Sus músculos protestaron, pero se obligó a levantarla, con la mandíbula apretada y los ojos fijos en él. La mantuvo en alto por unos segundos antes de soltarla de golpe, con un ruido seco contra el piso.
—No necesito tu permiso para aparecer en público —espetó.
Sebastián sonrió con calma, como si la provocación le divirtiera. Luego, antes de que Luana pudiera reaccionar, acortó la distancia entre ellos en un solo movimiento y, sin previo aviso, la sujetó suavemente por la muñeca, atrayéndola hacia él.
—¿Sabes? Me gusta verte enojada —murmuró con diversión, inclinándose apenas.
Luana abrió la boca para replicar, pero antes de que pudiera hacerlo, Sebastián se inclinó y le robó un beso fugaz. No fue un roce tímido ni una caricia contenida, sino una declaración de dominio. Un beso que no pedía permiso, que no daba tregua.
Luana se quedó inmóvil por una fracción de segundo antes de reaccionar. Sin pensarlo, levantó la mano y lo empujó con fuerza, liberándose de su agarre. Sus ojos brillaban con furia y vergüenza, su respiración alterada.
—¡Eres un maldito arrogante! —espetó, sintiendo su rostro arder de indignación.
Sebastián se llevó los dedos a los labios con una sonrisa cargada de autosuficiencia.
—Y tú eres una mujer fascinante cuando pierdes el control, querida.
Luana apretó los puños, sintiendo cómo la rabia le carcomía las entrañas. Odiaba la forma en que él siempre tomaba la iniciativa, como si todo le perteneciera, como si pudiera jugar con ella sin consecuencias.
Sebastián dio un paso atrás y se ajustó las mangas del traje con un movimiento despreocupado.
—Disfruta tu entrenamiento, querida —murmuró con diversión antes de girarse para salir del gimnasio.
Mientras salía de la residencia, su chofer, un hombre de semblante serio y uniforme impecable, lo esperaba junto al auto con la puerta abierta. Sebastián se acomodó la chaqueta y subió sin prisa, cruzando una pierna sobre la otra.
—¿Lista la ruta? —preguntó Sebastián con su tono habitual. Luego, tras un breve silencio, añadió con aparente desinterés—. ¿Alguna novedad sobre Eduardo?
El chofer, sin apartar la vista del camino, respondió con precisión.
—Lo está buscando, señor. Ha preguntado por su paradero en varias ocasiones y ha intentado seguir algunos de sus movimientos. Aún no ha logrado acercarse a ella, pero parece que no tiene intención de rendirse.
Sebastián frunció levemente el ceño, su expresión oscureciéndose.
—Interesante —murmuró—. Luana aún no sabe nada de esto.
—No, señor. No ha mostrado señales de estar al tanto.
Sebastián exhaló con calma, apoyando un codo en la ventanilla mientras su mirada se perdía en la ciudad nocturna.
—Mantenme informado. Si Eduardo hace un movimiento más agresivo, quiero saberlo de inmediato.
El auto se detuvo frente a la lujosa entrada de la fiesta. Apenas puso un pie en el lugar, todas las miradas se posaron en él. Sebastián estaba acostumbrado a ello, a la atención inmediata, a la forma en que la gente se giraba para saludarlo con sonrisas calculadas y comentarios aduladores. Caminó con paso seguro por el amplio salón, su presencia irradiando autoridad y control absoluto.
—Vaya, mira quién ha decidido honrarnos con su presencia —dijo una voz burlona a su derecha.
Sebastián giró levemente la cabeza y encontró a su mejor amigo, Alejandro, con una copa en la mano y una sonrisa divertida en el rostro. Pero su expresión cambió rápidamente cuando notó el leve corte en el labio de Sebastián.
—¿Qué demonios te pasó? —preguntó en voz alta, atrayendo la atención de varias personas cercanas.
Sebastián exhaló con resignación mientras los murmullos comenzaban a extenderse. En lugar de ocultarlo, esbozó una sonrisa de orgullo y pasó la lengua por la pequeña herida.
—Mi esposa —respondió con satisfacción—. La hice enojar.
Hubo un breve silencio antes de que Alejandro soltara una carcajada.
—Entonces, ¿los rumores son ciertos? ¿Por eso no vino? —preguntó con una sonrisa ladina, lo suficientemente alto para que los más cercanos lo escucharan.
Sebastián, lejos de molestarse, se encogió de hombros con tranquilidad.
—Mi esposa tiene un carácter fuerte —comentó con orgullo—. No le agradan los ambientes donde abunda la hipocresía, y seamos sinceros, este lugar está lleno de eso. Probablemente habría terminado golpeando a alguien antes de que la noche terminara.
Alejandro soltó una risa, divertido.
—Ahora tengo aún más ganas de conocerla —comentó con curiosidad—. Me intriga saber qué clase de mujer logró atarte de esta manera.
Sebastián sonrió con diversión, pero su expresión se tornó más oscura por un instante.
—Solo ten cuidado cuando lo hagas —advirtió con un tono ligero pero con un trasfondo serio—. Intentó dejarme sin la posibilidad de tener hijos solo porque no hice lo que quería.
Alejandro parpadeó, sorprendido, antes de soltar una carcajada.
—¡Ja! No me digas que estás exagerando.
Sebastián negó con la cabeza lentamente, inclinándose ligeramente hacia su amigo con una sonrisa ladina.
—No miento, Alejandro. Créeme, si no hubiera reaccionado a tiempo, esta conversación sería muy diferente.