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1019 Words
El aire nocturno olía a pólvora y peligro. Luana llegó al punto de encuentro con pasos firmes, sus botas resonando sobre el suelo de concreto. La bodega abandonada era el lugar perfecto para una reunión clandestina. En la penumbra, varias figuras esperaban, entre ellas Gael Bianchi y su equipo de operaciones encubiertas. Los hombres la observaron con mezcla de curiosidad y escepticismo. Gael, con su postura firme y sus ojos fríos, se mantuvo en silencio mientras uno de los soldados, un hombre corpulento con una cicatriz en la mejilla, soltaba una risa burlona. —¿Esta es la que va a liderar la misión? —se mofó—. Pensé que necesitábamos a alguien que pudiera sostener un arma sin que le temblara la mano. El eco de un disparo hizo que todos se quedaran en silencio. Luana no dudó un segundo en levantar su pistola y apretar el gatillo. La bala pasó a escasos centímetros de la cabeza del hombre, impactando en la pared detrás de él. El sonido ensordecedor hizo que algunos instintivamente llevaran la mano a sus armas. El hombre tragó saliva, su arrogancia desmoronándose en un instante. Luana bajó el arma con calma, su mirada afilada clavada en él. —¿Alguna otra duda? —preguntó con frialdad. Gael dejó escapar una ligera sonrisa de aprobación, cruzándose de brazos mientras observaba la escena. Nadie se atrevió a responder. —Bien —continuó Luana, girándose hacia todos—. No estoy aquí para jugar ni para demostrar nada. Si alguno de ustedes cree que no puedo liderar esto, pueden largarse ahora mismo. Pero si se quedan, obedecen mis órdenes. No tengo tiempo para egos frágiles ni idiotas que creen que el tamaño de sus músculos los hace invencibles. Nadie se movió. Incluso el soldado que había hablado antes bajó la mirada, avergonzado. Luana sonrió con frialdad y se dirigió a Gael. —Dime que tienes un plan de extracción. Gael asintió lentamente. —Tengo algo mejor. Luana entrecerró los ojos, esperando su explicación, pero antes de que pudiera continuar, ella tomó la palabra con firmeza. —Vamos a exterminarlos a todos —dijo sin rodeos—. No dejaré ningún cabo suelto. Si queremos que esto parezca un accidente, debemos hacerlo bien. La casa será el epicentro de su desgracia. Arreglaremos una fuga de gas, manipularemos las alarmas y provocaremos un incendio que no deje nada en pie. No solo eliminaremos a la familia, sino que también nos quedaremos con sus recursos. Con su red destruida, podré adquirir sus negocios. El grupo guardó silencio. Algunos intercambiaron miradas de sorpresa, pero nadie se atrevió a cuestionarla después de lo que acababan de presenciar. Gael, tras unos segundos de reflexión, asintió con lentitud. —Eso es un plan de exterminio total —comentó con una leve sonrisa—. Me gusta. Luana cruzó los brazos, su mirada fría como el acero. —Si vamos a hacer esto, lo haremos bien. Gael frunció el ceño y la miró fijamente. —¿Y mi hermana? ¿Vas a dejarle algo después de todo lo que ha sufrido? Luana lo observó con una leve sonrisa, como si ya hubiera anticipado la pregunta. —Helena tendrá un puesto en mi empresa —respondió con seguridad—. Ganará bien, lo suficiente para no depender de nadie y construir su propio camino. Pero no tendrá nada que ver con el apellido Moretti. Quiero que se aleje de todo esto y que empiece una nueva vida sin el peso de su familia a cuestas. Gael la miró con intensidad por un momento antes de asentir, aunque su expresión seguía cargada de seriedad. —Mientras mi hermana no tenga nada que ver con los Moretti, no tengo problema en que todo caiga en tus manos. Lo único que me importa es que ella sea libre de esa maldita familia. Pero si Helena quisiera reclamarlo todo, no interferiré. Luana asintió con comprensión. —Si ella quiere recuperar algo, será su decisión. Pero si no, yo sabré qué hacer con cada pieza de su imperio caído. Gael la observó en silencio por un momento más antes de relajarse ligeramente, aceptando la realidad de la situación. Mientras tanto, en la fiesta, el asistente de Sebastián se acercó a él con expresión seria, inclinándose levemente para hablar en voz baja. —Señor, la señora ha salido de la mansión. El ataque contra los Moretti ha comenzado. Alejandro, que estaba cerca, escuchó la declaración y levantó una ceja con incredulidad. —¿Qué demonios significa eso? —preguntó, mirando a Sebastián con curiosidad. Sebastián exhaló lentamente, sin sorpresa en su rostro, y tomó un sorbo de su copa antes de responder con calma. —La familia Moretti no quiso darle algo, y mi esposa es un poco cruel cuando no consigue lo que quiere —murmuró con una sonrisa ladeada. Alejandro entrecerró los ojos y tomó un sorbo de su bebida antes de mirarlo con incredulidad. —¿Y por qué demonios no la detienes? Sebastián exhaló con resignación, apoyándose en la barra con aire despreocupado. —Porque si lo hago, no me dejará dormir con ella. Y créeme, Alejandro, cuando tengas esposa lo entenderás. Alejandro bufó, cruzándose de brazos con una sonrisa escéptica. —No hace ni veinticuatro horas que estás casado, Sebastián. Sebastián se encogió de hombros con suficiencia. —Sí, pero el detalle es que yo estoy casado y tú no. Alejandro giró los ojos con fastidio, apoyando un codo en la barra. —Sinceramente, después de lo que acabo de escuchar, tal vez no quiero conocer a tu esposa. Suena más cruel que tú, y eso ya es decir mucho. Sebastián soltó una risa baja y relajada, agitando el líquido en su copa antes de responder. —Oh, Alejandro, lo ves desde la perspectiva equivocada. Ella solo es un gatito mostrando sus garras. Alejandro arqueó una ceja con escepticismo. —Si esa es tu definición de gatito, entonces prefiero no encontrármela en un callejón oscuro. Sebastián tomó un sorbo de su bebida, su sonrisa manteniéndose intacta. —Créeme, la verdadera bestia solo aparece cuando la subestiman.
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