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1274 Words
La oscuridad era absoluta en el sótano donde Helena Moretti y sus hijos estaban confinados. El lugar apestaba a humedad y desesperación, un espacio reducido donde apenas entraba la luz a través de una rejilla oxidada en la parte superior de la pared. No había muebles, ni mantas, solo el suelo de piedra fría que se clavaba en la piel como agujas de hielo. Helena estaba sentada contra la pared, su cuerpo débil y estremecido por la fiebre que la consumía lentamente. Sus labios resecos y partidos no habían probado agua en todo el día, y su piel pálida estaba cubierta de un sudor pegajoso. Pero no podía rendirse. Sus tres hijos dependían de ella. Su hijo mayor, un niño de diez años, estaba acurrucado contra su pecho, su respiración débil y entrecortada. Sus dos hijas, una de siete y la otra de cuatro, estaban abrazadas la una a la otra, con los ojos abiertos por el miedo, sus cuerpos temblando no solo por el hambre, sino por el terror de no saber si saldrían vivas de aquel infierno. —“Mamá… tengo hambre…”. Susurró la más pequeña, su voz apenas un hilo de sonido. Helena apretó los dientes, conteniendo el nudo de angustia que amenazaba con ahogarla. No podía permitirse llorar. No podía dejar que la vieran derrotada. Con las fuerzas que le quedaban, acarició el cabello enmarañado de su hija y le besó la frente con ternura. —“Lo sé, mi amor… lo sé… Aguanta un poco más”. Susurró con voz ronca, sintiendo cómo su garganta ardía por la sed. Las paredes de piedra parecían cerrarse sobre ellas, la desesperación creciendo con cada hora que pasaba. No había sonido alguno fuera de ese lugar, como si el mundo entero las hubiera olvidado. La familia Moretti las había encerrado ahí como castigo porque el último diseño de Helena no les había complacido. Un capricho. Un simple error y ahora sus hijos estaban pagando el precio. La fiebre la mareaba, sus párpados se sentían pesados, pero se obligó a mantenerse despierta. Si ella se rendía, sus hijos quedarían solos. Y no iba a permitirlo. En contraste con la miseria del sótano, la mansión de los Moretti resplandecía con el brillo de candelabros de cristal y el tintineo de copas de vino. La gran mesa de caoba estaba repleta de exquisitos manjares: carnes finamente asadas, frutas frescas y postres bañados en chocolate. La familia Moretti disfrutaba de su opulenta cena sin la más mínima preocupación, conversando entre risas y brindis sobre sus recientes inversiones y alianzas comerciales. —“El próximo acuerdo con los franceses nos dará el monopolio del mercado textil en la región”. Comentó Lorenzo Moretti con satisfacción, cortando un pedazo de carne tierna y llevándolo a su boca. —“Siempre y cuando Helena aprenda a diseñar algo digno de nuestra marca”. Respondió su esposa con desdén, provocando la risa burlona de los presentes. —“Si no aprende por las buenas, aprenderá por las malas”. Agregó otro de los familiares con sorna, alzando su copa. “Como siempre ha sido”. Pero entonces, todas las luces de la mansión se apagaron de golpe. El estruendo de la oscuridad fue inmediato. Los candelabros se extinguieron, las velas parpadearon antes de sumirse en la negrura total. Un silencio absoluto se extendió por la sala, tan espeso como la niebla que comenzaba a filtrarse por los ventanales abiertos. —“¿Qué demonios…?”. Murmuró Lorenzo, poniéndose de pie con el ceño fruncido. Un disparo resonó en la mansión, seguido por un grito ahogado. Luego otro. Y otro. El caos se apoderó de la sala. Los miembros de la familia intentaron moverse, pero la negrura les impedía ver más allá de sus propias manos. Algo, o alguien, se movía entre ellos. Rápido. Silencioso. Letal. —“¡Nos están atacando!”. Rugió uno de los Moretti, buscando su arma, pero antes de que pudiera reaccionar, su cuerpo se desplomó con un impacto certero en el pecho. No hubo compasión. No hubo advertencias. Uno a uno, los Moretti fueron cayendo bajo la sombra de una fuerza imparable que se deslizaba entre ellos como un depredador acechando a su presa. Lorenzo intentó huir, tropezando con los restos de la mesa y arrastrándose en la oscuridad, pero una mano fuerte lo sujetó del cuello y lo estrelló contra el suelo con b********d. Gael Bianchi había llegado. El golpe le arrancó un gruñido de dolor a Lorenzo, pero no tuvo tiempo de reaccionar antes de que un puño se estrellara contra su rostro. Luego otro. Y otro más. —“Esto es por Helena”. Gruñó Gael antes de seguir descargando su furia, golpe tras golpe, sin la más mínima intención de detenerse. Mientras tanto, en las sombras, las últimas balas silenciaban los gritos de los Moretti. Lorenzo, ensangrentado y sin fuerzas para moverse, jadeó en el suelo mientras el peso de la derrota lo aplastaba. Su rostro estaba hinchado por los golpes de Gael, su respiración entrecortada por el dolor. Fue entonces cuando el sonido de unos tacones resonó en la habitación. Luana había llegado. Vestida de n***o, con su expresión imperturbable, se acercó con calma, sus ojos fríos como el acero. Sin decir una palabra, sacó una carpeta gruesa y la dejó caer frente a Lorenzo. Las hojas se esparcieron a su alrededor, revelando pruebas detalladas de los crímenes de los Moretti: registros de torturas, transacciones ilícitas, nombres de personas que habían desaparecido bajo sus órdenes. Lorenzo alzó la vista con dificultad, intentando leer la intención en su rostro, pero Luana no le concedió ninguna emoción. Solo una mirada firme y letal. Sin necesidad de pronunciar una sola palabra, hizo un leve gesto con la cabeza. De inmediato, sus hombres comenzaron a derramar combustible por toda la mansión. El olor a gasolina impregnó el aire, mezclándose con la sangre y el terror. —“Busquen a Helena”. Ordenó con voz firme. Minutos después, un grito de furia resonó en la mansión. Gael había encontrado a su hermana. Cuando abrió la puerta del sótano, la imagen lo golpeó con más fuerza que cualquier bala. Helena, pálida y febril, apenas sostenía en sus brazos a sus hijos, que yacían débiles contra su cuerpo. La miseria del encierro estaba grabada en su piel, en sus ojos vidriosos, en la desesperación latente que apenas podía ocultar. —“Helena…”. Susurró Gael, sintiendo una ira incontenible arder en su interior. Por primera vez en días, Helena reconoció la voz de su hermano. Sus ojos, llenos de agotamiento, lo buscaron entre la penumbra y, al encontrarlo, toda la tensión de su cuerpo cedió. Había aguantado demasiado. Había resistido más de lo que cualquier persona podría. Pero ahora, con su hermano frente a ella, con la certeza de que estaban a salvo, su cuerpo ya no pudo más. Su respiración tembló y, antes de poder decir una palabra, cayó desmayada. Gael la atrapó antes de que tocara el suelo, su corazón latiendo con furia desbocada. Sentía un impulso animal de regresar y acabar con Lorenzo con sus propias manos, de destrozarlo hasta que no quedara nada de él. Pero en ese instante, su hermana era más importante. Levantó el rostro y encontró la mirada de Luana observándolo desde la distancia, impasible como siempre. Gael apretó los dientes y rugió con voz ronca: —“¡Llévenla al hospital, ahora!”. Sus hombres asintieron y desaparecieron en las sombras, dejando a Lorenzo en el suelo, rodeado de sus pecados y de su inminente final.
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