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847 Words
Al llegar, suspiré y permitieron mi ingreso. Para mi sorpresa, encontré a Camilo con una chica en su regazo, una de las que había asustado hace unos minutos. "Puedes retirarte, Cintia", dijo. "Me llamo Isabella", murmuró. "Como sea, vete", comentó. Lo observé con intriga. "¿Entonces usted es el típico jefe que se acuesta con los empleados?", pregunté. Él refunfuñó. "¿Terminaste lo que te pedí?", dijo. "Sí, jefe. Ya tengo la placa", respondí. "¿Pero ella es empleada?", comenté con sorna. Ella puso los ojos en blanco. "Solamente me acuesto con Cintia", dijo, refiriéndose a Isabella, suspirando contuve la risa. "Como sea, te dejé una carpeta desorganizada. Pásala a digital, odio los papeles, me estresan", ordenó. "Enseguida, señor Camilo", respondí. De repente, me detuvo. "¿Necesitas algo más?", pregunté, confundida. Casi ruedo los ojos, pero me contuve. "Siento que te conozco de algún lado", dijo. "Lo dudo. Personas como usted no se cruzan en la vida con personas como yo", comenté antes de salir por la puerta y sentarme en el escritorio. Literalmente estaba sentada sobre el escritorio, con la espalda apoyada, y me relajé. Decidí tomarme las cosas con más calma. Siempre y cuando fuera eficiente, Camilo no tendría problemas. "Señorita, por favor, bájese de la mesa", me sorprendió escuchar a alguien. No me había percatado de que mi jefe había salido de su oficina para llegar hasta mí. "Dios mío, ¿en qué momento apareció?", pregunté aterrada, sintiendo un nudo en el pecho. "¿Está cómoda ahora mismo?", preguntó. "No, esta silla rechina, es incómoda y tiene un resorte abajo clavándome la espalda", respondí. "Lo lamento, señor". diálogo: "Necesito que me acompañes a un lugar", comentó, avanzando con su silla de ruedas eléctrica. "¿Claro que necesita?", pregunté, siguiéndolo. "¿Tengo que comprarme un traje y necesitas acompañarme?", dijo. "¿Por qué tengo que acompañarlo?", pregunté. "Porque las secretarias acompañan a sus jefes sin cuestionar", respondió. "Lo lamento, señor", dije mientras subíamos en el ascensor, la música irritante me hacía rodar los ojos. "Yo también odio la música del ascensor", comentó Camilo, coincidíamos en eso. Atravesamos el pórtico y finalmente llegamos al exterior, sin saber bien a dónde íbamos, pero él sí. "¿Es eléctrica o a combustible?", pregunté. Y el me miró. "¿Piensas que estoy en una silla con combustible?", negué. "Lo lamento, no es a combustible", se corrigió. "No eres tan inteligente a veces, chica demonio", murmuró Camilo encogiéndose de hombros. "Estoy usando zapatos altos y me están doliendo los pies", dije. Camilo propuso que me sentara en su regazo. "¿Estás bromeando?", pregunté. "Súbete", murmuró, y aunque dudé de cómo agarrarme, finalmente lo hice. Por unos instantes, nuestros ojos se encontraron y sentí una extraña sensación de familiaridad. "Ves, no es tan difícil", dijo al llegar a una exclusiva tienda Honda, un lugar inesperado para gastar. "¿Por qué gastar dinero aquí? Todo es muy costoso", protesté. "Porque tengo dinero", comentó encogiéndose de hombros mientras se acercaba a una chica. Diálogo: "Necesito que vista esta mujer, tiene ropa horrorosa y me espanta la oficina", murmuró, y lo miré molesta. "Disculpa, ¿dijiste que compraríamos ropa para ti?", pregunté. "Mentí", comentó con una sonrisa triunfante mientras se dirigía a la salida, lo que me enfureció más. "Señor, ¿cómo me la pagará?", pensé en vengarme. Me arrastraron hacia el mostrador. Odiaba comprar ropa; era una de las cosas que más detestaba. Además, nunca tenía dinero para ello y cambiar de prendas era irritante. Me hablaban del cabello cada vez que me probaba algo. Cuando encontraron la primera ropa, me sorprendí. Parecía otra persona: cintura marcada, enormes caderas. Todo por un vestido n***o elegante con un cierre delantero. Frente a mi jefe, su sonrisa cínica se desvaneció. Salí del lugar con rabia, cargada de bolsas y el señor aún fruncido. Caí en una emboscada tendida por mi propio jefe. Lo miré mal y él sonrió inocentemente, pero ya decidía comprar unas zapatillas elegantes y cómodas. Regresé a mi escritorio y me senté. La ropa tenía un poder sorprendente de cambio. Me sentía bonita, algo que no ocurría desde hace tiempo. En el baño, miré mi nueva imagen. Sabía que a mi jefe no le gustaría la idea de comprarme ropa, pero ya me daba igual. Finalmente, a las 4 de la tarde, pude liberarme de mi jefe malhumorado. Aunque yo también tenía un amor por los perros. Cuando llegué a la oficina, dije: "Jefe, ¿ya me puedo ir?" pregunté intentando ser amable. "Sí, podés irte", comentó seriamente, lo vi muy serio. En ese instante, retrocedí y lo observé. "¿Le pasa algo?" pregunté confundida. Tenía el rostro hacia abajo y ni se le veía triste. Estaba junto a la gran ventana de la oficina, que ofrecía una espectacular vista hacia toda la ciudad. No pude evitar acercarme y mirarlo. "No me pasa nada", comentó con desgano, aún mirando la ciudad. "Cuando me siento así, prefiero hacer algo", comenté, y me miró con intriga. "No puedo hacer mucho", dijo.
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