"Pues puede hablar", sugerí.
"Odio hablar con las personas", escupió.
"Pero puedo hablar conmigo", dije.
"No me agradas", señaló.
"Bueno, entonces puedo hablar y escuchar a alguien que no le agrade", respondí.
"¿Y tú por qué harías eso por mí?", preguntó de manera seca.
"Número uno, porque es mi jefe y me paga. Número dos, porque a veces uno necesita ser escuchado", tomé una silla y me acerqué. Juntos contemplamos la gran ventana, se veía bonito. Los autos eran diminutos desde esta altura y las personas apenas se veían.
"La gente parece hormiguita", comenté, asombrada por la belleza de la vista.
"Ves cosas bonitas de pequeñas cosas", murmuró, aunque creo que eso fue más para sí mismo. Pero asentí porque era la verdad. Me gustaba ver lo bello, el lugar donde nadie lo encontraría. Y en ese instante, dirigí mi vista hacia mi jefe, a pesar de que estaba en ese estado, aún seguía siendo guapo. Tenía el cabello rubio y la piel un poco bronceada. Sus ojos azules resaltaban, esos labios eran un poco gruesos, aunque no tanto. Tenía un cuello largo y llevaba un traje n***o con una corbata roja.
"― ¿Por qué me miras? ―comentó de repente, girando la silla.
― ¿Por qué? ―respondí, mirando hacia otro lado.
― Me tengo que afeitar, ¿me ayudas? ―preguntó.
― ¿Cómo? ―lo miré de mala manera.
― ¿Para qué tiene mano, señor? ―comenté
―. No puedo llegar hasta esta altura. ―Aquello me sorprendió.
― Lo siento ―murmuré apenas.
― No importa. Es decir, las puedo usar para varias cosas, pero no tengo fuerza, no sé si me entiendes.
― Comprendo.
― Entonces, justo ahora me iba a afeitar y se lo iba a pedir a mi empleada, pero ya que estás aquí, ¿te animas? ―preguntó.
― Claro. Está bien ―murmuré.
Juntos fuimos al baño.
― ¡Wow! Tiene muchas cosas para cortarse el pelo y todo ―murmuré al entrar en detalle del baño. Era grande, debajo del lavamanos, el cual también era grande, había unas grandes puertas. Al abrirlas, encontré un montón de máquinas de afeitar, y ni hablar de distintos objetos.
― ¿Esto para qué sirve? ―pregunté curiosa, sosteniendo entre mis manos un objeto puntiagudo.
― Para las patillas ―respondió. Dejé el objeto donde estaba y sostuve otro.
― ¿Y este? ―pregunté.
― Para los vellos de la nariz y también de la oreja.
― Oh, qué interesante ―murmuré, con una mueca de asco―. ¿Y estos cerillos?
Tomé la maquinita de afeitar. A veces ayudaba a Genaro afeitarse, aunque últimamente ni siquiera nos tocábamos, y una pequeña cercanía ya era demasiado, un logro.
― Ponte esto de la máquina ―le dije, y lo afeité. Su cabello poco a poco comenzó a caer. Solo la toalla que puse debajo de su cuello y el cabello, tan dorado que a veces ni siquiera se podía ver.
― ¿Por qué es tan rubio, señor? ―pregunté, y él sonrió.
― Mis padres son italianos y también tengo descendencia sueca."
"― Tiene algunos mechones medios colorados ―murmuré, y después añadí― Colorado, hijo de...
― Me acaba de insultar ―interrumpió.
― Usted no sabe, a los colorados hay que insultarlos para que no te pegue la mala suerte ―comenté.
―sí lo sé, pero yo no soy colorado.
― Pero tiene algunos mechones de ese color. Entonces, por las dudas, no vaya a ser que me pegue la mala suerte ―murmuré. Como ayer, puso los ojos en blanco con disimulo.
― Lo insulté ―se giró.
― Oye, ¿protesté acaso? ―me encogí de hombros divertida, mirándolo con inocencia, como fingiendo que no estaba haciendo nada malo. Volvió a girarse mientras yo terminaba con mi trabajo.
―Sería muy guapo sin barba, a decir verdad. Tiene la piel muy suave, y en un par de ocasiones, incluso pude rozar privilegiadamente sus labios con mis dedos. Aquello se sintió extrañamente bien.
― ¿Tiene novia? ―pregunté curiosa cuando salíamos de la oficina.
― Tengo 10 novias ―murmuró divertido.
― ¿En serio? ―lo miré mal. ― ¿O no? ―pregunté mientras avanzaba junto a él.
― Las personas, huyen con la idea de tener que cuidarme de por vida ―comentó con una sonrisa, y siguió avanzando.
― Oiga, usted más rápido que yo. Por favor, deténgase ―protesté.
― Lo que pasa es que tú eres muy lenta ―se rió.
― ¿De verdad piensa usted eso? ―pregunté, y él se encogió más.
― No me interesa saber lo que piensan. Por eso prefiero estar solo.
― Pues la verdad es que yo pienso igual ―comenté, suspirando.