― ¿Y tus padres qué piensan de ti? ―preguntó, mirándome con intriga.
― ¿Por qué le importa lo que mis padres piensen de mí?
― Por ejemplo, de mí. Estaba siempre orgulloso hasta que tuve el accidente y ahora soy el pobre lisiado."
"― Eso es cruel.
―Puede ser, es la realidad ―murmuró con medio suspiro.
― Yo no tengo padres, por suerte, y en realidad nunca los tuve ―dije. ― La vida no es igual para todos, al parecer ―comenté, encogiéndome de hombros.
― Por eso usted tiene mucho dinero pero está en silla de ruedas, y yo soy pobre pero al menos camino ―apunté.
― Touché ―respondió.
Era verdad, muchas veces la vida no era justa con nadie, y otras veces era demasiado desigual. Había personas que nacían con todo ofrecido de la mano, mientras que había niños como yo, que ni siquiera tenían un pan para comer en el día. Ni hablar de los maltratos que a veces se recibían en los orfanatos, a veces borrados en la memoria pero fijos en el inconsciente, generando temores que uno llevaba de adulto. Me había transformado en una persona fría, solitaria y deshonesta. Era obvio, era una ladrona profesional o al menos lo había sido. Sabía exactamente cómo distraer a una persona, pero ya no lo hacía. No quería terminar en la cárcel, y tenía la esperanza de conseguir mi sueño.
― Nos vemos mañana ―dijo mi jefe una vez que salió del ascensor, mientras yo caminaba lentamente hacia la salida. Parecía un caracol, pero estaba cansada.
― ¿Vamos juntas a caminar? ―propuso Karina, muy saltarina a mi lado. Me olvidé de mencionar a Karina, una señora con el cabello siempre amarrado en un rodete, de estrecha cintura pero anchas caderas, un poco gordita, pero muy simpática."
Tenía pecas en el rostro y unas gafas redondas que la hacían ver bastante juvenil. Avanzamos fuera de la ciudad y me dio calor. Este vestido ajustado que me había comprado el jefe me estaba sofocando.
― El jefe siempre hace lo mismo. Cuando contrata a alguien, le compra ropa. A mí también me llegó así que no te dé pena ―comenté.
― ¿Por qué hace eso? ¿Para que todos parezcamos divinos en la empresa? ―pregunté.
― No lo sé, pero siempre lo hace y hay que aprovechar ―respondió.
― Pues tengo ropa para 10 años más o menos ―bromeé, sosteniendo las bolsas entre mis manos.
― ¿Estás casada? ―preguntó curiosa.
Suspiré. ― Es complicado ―respondí mientras tomaba la bicicleta entre mis manos. Yo la llevaba mientras caminaba junto con Karina.
― Ya estoy casada y tengo dos hijos por mi cuenta ―suspiró.
― ¿Qué edad tienes? ―pregunté curiosa.
― 35.
― Qué lindo, debe ser bonito tener una familia ―murmuré.
― Lo es, aunque a veces también es agotador. Casi no veo a los niños en el día, intento estar con ellos, pero a veces siento que no es suficiente, que los he dejado de lado.
― Claro que no, tú trabajas para darles lo mejor. Algunas personas los abandonan. Eso sí es ser mal padre.
― ¿Tú piensas eso? ―preguntó con inseguridad.
― No te preocupes. Si te sientes mal madre por dejarlos solos, eso quiere decir que eres una buena madre.
― Gracias por decir eso. La verdad es que no tengo tantas amistades como para hablar de esto ―murmuró pensativa. Le di una palmada en el hombro amistosa.
Había colocado las bolsas colgadas en las manijas de la bicicleta y algunas las había unido en una gran bolsa para que no me estorbara. También coloqué una en el canasto.
― Bueno, me iré a casa ―comenté, y ella asintió.
― Ahí está mi esposo enfrente. Nos vemos mañana ―comentó, saludando. Yo saludé a los niños y comencé a pedalear. Después de 20 minutos, finalmente llegué.
Ingresé la bicicleta después de subir por la rampa, un poco agotadora. Colgué la bicicleta y llevé las bolsas a la habitación. Él no estaba, quizás estaba con su amante."
"Estaba buscando un trabajo decente, la verdad es que no lo sabía y me daba igual. Finalmente, me fui a bañar con el agua fría de siempre. Al salir envuelta en una toalla, la puerta se abrió y entró Género con una gran sonrisa.
― Conseguí un trabajo ―comentó. Lo miré con una ceja levantada.
― Te felicito ―dije, dándome la vuelta para entrar en mi habitación, pero me interceptó y me abrazó.
― Si quieres, puedes renunciar ―dijo Género. Respondí que no iba a renunciar y su sonrisa desapareció.
― ¿Por qué? Si ya conseguí un trabajo que nos puede mantener a los dos ―preguntó.
― Porque yo también quiero trabajar y tener mi dinero ―murmuré molesta, soltándome de su agarre. Odiaba que él solo quisiera hacer lo que le convenía, sobre todo después de haberme engañado con otra mujer. No quería tener que soportarlo unos días más solo para poder irme de allí. Guardé las bolsas y avancé hacia la cocina.
― ¿Te compraste ropa? ―preguntó curioso.
― Mi jefe me compró un conjunto que ni te cuento ―dije, mientras comenzaba a recalentar un poco de comida que había quedado del freezer.
― ¿Y eso por qué? ―preguntó Género.
― Yo qué sé, le compra ropa a los empleados nuevos ―respondí.
― ¿No será que estás teniendo algo con tu jefe? ―preguntó, ofendiéndome.
― Es paralítico ―murmuré. Él se encogió de hombros.
― ¿Y eso qué tiene que ver? Solamente le debe servir el bicho ―dijo, siendo desagradable.
― ¿Puedes dejar de ser tan grosero un momento? ―pregunté. Mariel se encogió de hombros."
"― No lamento, ahora eres una señorita de oficina ―dijo.
― ¿Y tú dónde vas a empezar a trabajar? ―pregunté.
― Voy a trabajar de mozo en un bar ―respondió.
― Entonces no nos veremos en todo el día ―comenté, y en parte eso me alegró.
― Algo así. Entro a las 6 ―dijo.
― No salgo hasta las 4 o 5 ―comenté, aunque a veces podría llegar a salir antes. Pero Genaro tenía que saberlo. Sería mejor, estaría sola el resto de la tarde y la noche, no tendría que soportar al imbécil de mi marido. Porque sí, estábamos casados por registro civil, aunque no pareciera. Era una mujer casada, pero eso no estaba en mi currículum. Y sí, lo había ocultado a mi jefe.
Cuando finalmente se fue a trabajar, me sentí aliviada. Podía hacer cosas que me gustaban, ver televisión, escuchar música en una radio bastante vieja y ponerme a bailar mientras limpiaba. Al día siguiente, me levanté renovada, a pesar de que Genaro había llegado cansado hace una hora. No tendría que soportarlo, y eso era genial.
Entré al baño, me duché y me cambié. Me puse un vestido blanco que me había regalado mi jefe y ya estaba lista. Salí, tomé mi bicicleta y empecé a pedalear."
"Llegué sudada. Hoy era uno de esos días húmedos que te hace transpirar, y estaba cansada, haciendo una mueca al sentirme un poco sudada. Pero al entrar al aire fresco del acondicionador, me alivió.
― ¡Wow, vienes muy transpirada! ―comentó Karina.
― Hace mucho calor afuera ―protesté, y Karina sonrió.
― La verdad es que sí. Yo vine en auto y aún así morí ―dijo.
― Ay, Karina, mi marido consiguió trabajo y la verdad es que no me alegra. Y me alegra porque no lo veo, pero me pidió que dejara el mío. Está loco ―murmuré, y ella suspiró, apoyándose en el mostrador.
― ¿Por qué sigues con él? ―preguntó.
― Porque no tengo a dónde ir. Pero cuando cobre mi primera quincena, voy a buscar un departamento ―murmuré, y ella asintió.
― Me parece bien ―comentó. Sonreí mientras me dirigía hacia la oficina, subiendo al ascensor y llegando oficialmente. Al hacerlo, di un golpecito y escuché el típico pitido del otro lado, indicando el ingreso.
Me encontré con mi jefe, quien estaba contra la ventana, cruzado de brazos."
― Bueno, gracias. ¿Cuándo sería esto? ―pregunté.
― Ah, es el dos ―respondió.
― Perdón, eso no son 10 días, ¡son tres días! Tenemos que conocernos, inventar algo de cómo nos conocimos ―comenté, un poco nerviosa.
― Puede decir que es mi secretaria ―propuso.
― Espera, ¿por qué me tuteas de repente? ―pregunté.
― No lo sé, no lo sé ―respondió.