― Debe ser los nervios. Bueno, tenemos que inventar algo de cómo nos conocimos, y no podemos decir que yo era su secretaria, sería un poco raro.
― Sí, muy raro. Tenemos que inventar otra cosa. A menos que alguno de sus familiares trabaje aquí ―dijo.
― No, para nada. Ninguno trabaja en esta empresa, ni las pizcas. Son unos desgraciados ―dije.
― Eso es bueno. Bueno, entonces sí podemos inventar una historia de amor ―propuso.
― ¿Historia de amor? ―pregunté tartamudeante, y me reí.
― Exactamente. Tenemos que inventar algo de cómo nos conocimos. ¿Qué te parece algo así: usted iba al hospital, y... ―comencé a sugerir.
― Yo no voy a hospitales, no puedo caminar ―interrumpió, mirándome mal.
― Bueno, entonces esa no es buena idea. ¿Qué tal si usted le gustaba caminar en una plaza? ―sugerí.
― No puedo caminar ―comentó.
― Tiene razón, lo siento. Entonces podría ser que yo soy su secretaria, pero yo tuve que dejar ese subsecretaría. Aun así, lo visitaba constantemente, me preocupaba por usted... No sé por qué lo estoy tuteando, ¿por qué te estoy tuteando? ―pregunté. Él se encogió de hombros, acercándose a mí. Entonces tomé una silla y me senté.
― Nos vamos así... Entonces, yo lo visitaba todos los días. Te traía algo que te gustara, ¿qué te gusta? ―pregunté.
― Me gusta el chocolate blanco ―respondió.
― De acuerdo, te traía todos los días chocolate blanco, y venía a verte. Salíamos a la plaza que está frente a la empresa y caminábamos. ¿Eso no es romántico? ―pregunté.
― No lo sé, supongo ―respondió.
― Empecemos a enamorarnos. Yo estaba trabajando en otra empresa y empezamos a salir, algo así de sencillo ―propuse.
― Está bien, me parece una buena idea. Pero tenemos que conocernos, ¿verdad? ―dijo.
― Sí, es verdad. Si no nos conocemos, será muy obvio. ¿Qué edad tienes? ―pregunté.
― Tengo 35 ―respondió.
― Bueno, ahí te puedes aferrar para no olvidarte ―dije con orgullo. Luego, pregunté: ―¿Y tú?
― Tengo 25 ―contestó, y me miró inquieto.
― ¿Es muy joven? ―pregunté con curiosidad.
― No, me da igual ―respondió.
― ¿Tu color favorito? ―pregunté.
― Blanco ―respondió.
― Y el tuyo ―continué.
― El color n***o ―dijo.
― Ya veo ―comenté.
― Dime algo de tu infancia que sea feliz ―sugerí.
― No tengo recuerdos felices de mi infancia ―respondió.
― ¿Podemos decir que eras huérfano? ―pregunté, encogiéndome de hombros y cruzándome de brazos mientras lo miraba.
― No tiene nada de malo, tiene razón. Bueno, entonces yo era huérfana. No voy a ocultar mi pasado, me da igual lo que pienses ―dije.
― Me parece bien. Entonces serás una niña huérfana, empoderada, que consigue un buen trabajo y estudia, y te conocí a ti... Bueno, está bien ―respondió.
― ¿Y por qué te importa tanto la opinión de tu familia? ―pregunté mientras lo acercaba más a mí, tomaba las manijas de la silla de ruedas.
― No me importa ―mintió, mirando hacia otro lado.
― Vaya, así que te importa ―mencioné.
― Eso a ti no te incumbe ―respondió.
― Claro que sí, ahora seremos oficialmente novios ―murmuré con una sonrisa y luego agregué―. Bésame.
― ¿Qué? ―preguntó, mirándome extraño, luego me empujó con el pie.
― Oye, pudiste mover el pie ―señalé.
― Sí, puedo hacerlo, pero apenas ―admitió.
― ¿Y por qué si somos novios tenemos que besarnos? No nos vamos a besar, la primera vez sería raro ―argumenté.
― Entonces, ¿según tú...? ―comentó mientras hacía una mueca.
― Tenemos que practicar, faltan tres días ―respondí encogiéndome de hombros.
Entonces, me acerqué y él suspiró, acercando su rostro al mío. Me besó y fue bastante raro, porque sentí una corriente eléctrica que atravesó toda mi espina dorsal. Me separé rápidamente, sintiéndome confundida.
Lo miré confundida mientras mi corazón latía excesivamente rápido.
― Qué raro ―susurré, y él no dijo nada pero se mordió los labios.
― ¿Entonces ya está? ―preguntó, y respondí:
― Creo que deberíamos ir practicando ―murmuré avergonzada. Para mi sorpresa, él acercó su silla a la mía y me besó de nuevo. Fue uno de los mejores besos de mi vida, tierno, corto pero muy húmedo. Mordí mis labios y mi jefe no dejaba de mirarme. Sus ojos estaban clavados en mí y parecía un sueño.
― Me tengo que ir ―dije de repente.
― Una pregunta, ¿eres soltera, verdad? ―preguntó mientras me alejaba rápidamente.
Mentí. Le mentí a mi jefe, diciéndole que estaba soltera cuando estoy casada. Me siento mal, como una perra. La única persona a quien se lo puedo contar es a Karina, por alguna razón confío en ella.
― ¿Le dijiste que eras soltera? ―preguntó Karina asombrada mientras caminábamos, yo sostenía mi bicicleta.
― No sé por qué lo dije, ni siquiera sé por qué practicamos el beso ―contesté frustrada.
― ¡Ay, por Dios! ¿Cómo se siente besar al jefe? ―preguntó Karina dando saltitos a mi alrededor.
― Creo que bien, solo bien ―respondí nerviosa.
― No, saliste toda roja, algo pasó ―insistió.
― Nos besamos dos veces y la segunda vez me besó él con amor ―confesé, sonrojándome y mordiéndome los labios.
― Eso es increíble, que él te haya besado y te sientas bien. Es decir, fue un buen beso, ¿no? ―preguntó Karina emocionada.
― La verdad es que sí, creo que fue el mejor beso de mi vida ―comenté, haciendo una pausa entre cada oración, y ella sonrió.
― ¿Qué piensas hacer con tu esposo? ―indagó Karina.
― Quiero irme. Me di cuenta de que me está engañando ―confesé con tristeza.
― Es un idiota, se lo merece, lo disfruta ―respondió Karina.
― Gracias, Karina. Confío en ti ―agradecí.
― Y yo también, cariño. No te preocupes. De igual forma, si quieres marcharte, te doy un espacio en mi casa ―ofreció.
― Eso es muy amable, pero buscaré un departamento de verdad ―dije decidida.
― Claro, pero mientras buscas, te digo que tienes un lugar aquí ―insistió Karina.
― Gracias, lo consideraré ―respondí, y ella me dio un abrazo antes de subirse al auto. Mi marido y los niños también me saludaron cuando llegué a casa, como siempre, pedaleando. Genaro estaba viendo televisión cuando lo saludé, y él me respondió igualmente.
"Hola", dije mientras entraba, y Genaro respondió con un asentimiento, sin apartar la vista de la televisión. Me dirigí a la cocina, necesitaba un momento para procesar lo ocurrido con mi jefe. Karina me había ofrecido apoyo, pero no podía evitar sentirme confundida.
Mientras preparaba la cena, mi mente divagaba. Recordaba el beso con mi jefe, cómo sucedió casi sin pensar, pero dejó una sensación extraña en mí. Me preocupaba qué pensarían mis hijos si supieran la verdad. Mi matrimonio ya había perdido la chispa hacía tiempo, pero nunca imaginé estar en una situación como esta.