CAPÍTULO 10

1231 Words
El molesto sonido del teléfono perforó su cerebro y dando un salto se incorporó en la cama. —Dígame — su voz ronca por el sueño le resultó extraña. —Valentina, soy Maya. Rápidamente sintió el sueño y la pesadez apoderarse de su cuerpo, soltando un suspiro se dejó caer un poco hacía atrás, y se apoyó en las almohadas de la cama. —Hola Maya — dijo muy débilmente. —¿Te he despertado?, ¡Oh lo siento cariño, no sabía que dormías! — exclamó la cobriza a través de la línea. —No grites — pidió Valentina —Bueno, perdón, ¿Tienes resaca? ¿Saliste de fiesta ayer? Es la una y media, no pensaba que estuvieses durmiendo a esta hora. —La una y media — preguntó asombrada y abrió los ojos rápidamente . —Sí, pero bueno, da igual, sigue durmiendo tú que puedes, sólo te llamaba para saber cómo iba todo. —Mmm… como siempre. —¿Y mi hermano?. Valentina reaccionó. Y busco alrededor a Kaleb, se descubrió sola en la cama, y una especie de decepción se apoderó de su cuerpo. Pero no debía de sentir nada por el estilo. —No sé. —¿Qué? ¡Ya voy! —gritó Maya, hablando con otra persona — Tengo que colgar Valentina, después te llamo. —No hace falta, no soy una cría. —Lo sé, pero bueno, ¡Voy, voy! Me tengo que ir. Hasta luego. —Maya… —¡Ah, una cosa!, Te llamaba para decirte que me voy a retrasar una semana más. —¿Qué? — pi, pi, pi, el sonido de línea cortada sonaba en su oído. Valentina se quitó el auricular de la oreja, y miró el teléfono como si fuera algo extraño. Después colgó, ¡Maldita sea! Pensó. ¿Cómo se iba a retrasar una semana más? ¿Cómo se atreve a dejarla una semana sola, con aquel hombre que le había hecho el amor toda la noche?. Ese hombre que la había dejado tan cansada que le había dado la una y media de la tarde durmiendo. ¡Dios santo! ¿Y dónde estaba ese hombre? —Al fín se levantó la dormilona — la voz risueña, y sensual de Kaleb la hizo incorporarse en la cama. La sábana cayó destapándola — Bueno… si me recibes así, me olvido del almuerzo, y vuelvo a la cama contigo. Valentina miró hacia abajo, y vio sus pechos con sus pezones erguidos para él desnudos. Enseguida se tapó. —Mmm.. —¿No vas a decir nada más… uhm… con más sentido? —Buenas tardes… —¡Y tan buenas! — dijo acercándose a ella con una sonrisa picarona en la boca. ¿Qué tal has dormido castaña? Sin poder evitar una tonta sonrisa apareció en su rostro, mientras él lo acariciaba. —Bien — contestó con la sonrisa aún dibujada. —Así me gusta, que sonrías… Él se inclinó sobre ella, y acarició los labios de Vale con los suyos. Ella suspiró. —Kaleb… —¿Mmm…? — murmuró bajo, sensual, que la hizo estremecerse. — Me llamo Maya. —Mmm… lo sé. —¿Lo sabes? — preguntó sorprendida. —Ajá… fui a coger el teléfono antes que tú, para que no te despertaras, pero cuando descolgué estaba mi hermana diciendo que era ella. —¿Me has espiado? —¡No! — contestó él riendo por la voz con sorpresa de ella — ¿Habéis hablado de mí? — preguntó con curiosidad y divertido. —Pues no… —¿Segura? —Me preguntó por ti... —dijo ella. —¿Y? —Se tuvo que ir.. —Uhm... —Es la verdad... —Claro. —¡Oye que es cierto! — se defendió ella. —¿Y quién ha dicho lo contrario? — preguntó él enarcando una ceja. —Tú... —Yo no he dicho nada... pequeña, así que no digas cosas que no he dicho. Valentina se dio vuelta en el colchón y se puso de lado. —No tengo ganas de discutir — dijo — voy a seguir durmiendo. Kaleb tuvo que morderse el labio para no reírse a carcajada limpia, ella no estaba enfadada ¿No se daba cuenta de que mentía fatal? Su expresión corporal lo decía todo. Estaba indignada e incómoda. En parte se sentía bien, pero se sentía extraña. Y no sabía cómo enfrentar aquello. Cosa que Kaleb no entendía en absoluto. Habían pasado una noche muy placentera, el MUY debería ponerse con mayúsculas. Aquella mujer era increíble, y él había disfrutado como un crío. Mentira, como un crío no... como un buen adulto. El sexo había sido increíble más que eso. Pasó el dedo por la espalda de Anastasia, siguiendo la señal de la columna vertebral. —Bueno — murmuró mientras su dedo descendía — si quieres dormir, me iré yo solo a comerme el almuerzo que estoy preparando. Las tripas de Vale crujieron, y ella se sonrojó, Kaleb volvió a morderse el labio, e ignoró el ruido. Su dedo continuó, descendiendo hasta llegar a la parte baja de su espalda y después de detenerse unos segundos, volvió a comenzar el camino, esta vez hacia arriba. Una vez llegó al cuello, se inclinó sobre ella, y le besó el hombro, acercó su boca al cuello de ella y subió hasta alcanzar su oreja. —Duerme bien muñequita. — susurró. Y levantándose, la dejó sola saliendo por la puerta. Valentina oyó la puerta cerrarse y se giró hacia ella, estaba sola en la habitación. ¡La había dejado sola! Bueno, ¿Y ella que le había dicho? Que, quería seguir durmiendo ¿No? Entonces, ¿de qué se quejaba?. Aún podía sentir la caricia de su dedo recorriendo la columna vertebral. Su cuerpo se estremecía ante el solo pensamiento de Kaleb tocándola, por muy breve que fuera ese contacto. Aquel hombre la hacía temblar. Cerró los ojos e intentó dormir, de pronto tenía calor. Buscó los bordes de la sabana, y sacó los pies por los extremos. Ya no tenía calor. Pero se sentía incómoda, y comenzó a girar sobre su inmensa cama. Tan grande que se sentía sola. Cerró los ojos de nuevo y apretó los puños, aferrándose a la almohada cuando la imagen sonriente de Kaleb apareció ante ella. —Te odio — refunfuñó. Mentira... —Cállate — gritó para sí misma. Volvió a girar sobre el colchón intentando conciliar el sueño, algo que parecía imposible en ese momento. Harta de todo, harta de Kaleb, harta de sí misma, retiró las sábanas y se incorporó en la cama. El estómago le crujió de nuevo y tuvo que reconocer que tenía demasiada hambre como para dormirse sin más. Y es que era normal, después de todo el ejercicio practicado, que estuviera hambrienta. Al levantarse algunos músculos internos se quejaron, y ella sonrió ante el recuerdo de la noche pasada. Se metió en la ducha, y al salir se vistió con unos simples pantalones cortos y una camiseta. Aún descalza y con el pelo húmedo cepillado, salió a la cocina para picar algo. Se detuvo de pronto al ver a Kaleb en la mesa, puesta para dos. El estómago le volvió a gruñir ante el olor de la lasaña que le golpeó en la nariz. —Siéntate — le dijo con una enorme sonrisa en los labios. — Te estaba esperando.
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