Valentina tiró las bolsas sobre el sofá que había a un lado de su cama, y después se tiró a dicha cama, suspiró e inconscientemente se puso a pensar en aquel hombre que como había dicho Maya... casi casi que convivía con ella. No, casi no, convivía con ella.
El tiempo había pasado rápido, quizás demasiado, más de 2 meses que habían pasado volando, dos meses que habían convivido el uno con el otro.
Dormían, comían todos juntos y estaban separados era porque tanto él como ella trabajan.
Kaleb que supuestamente se iba a quedar hasta que encontrará un nuevo piso para vivir él sólo, se había mudado prácticamente a su casa y ella para su contradicción se sentía bien con él, ella simplemente se encontraba feliz.
Feliz, como no se había sentido con ningún hombre en mucho tiempo y eso la atemorizaba.
No quería acabar como su padre, casándose para divorciarse o acabar pegándose gritos con su marido.
Ni como su hermano, que se había casado varias veces y cada matrimonio era más corto.
Ella sabía que el matrimonio y la pareja no era para sí misma, lo sabía demasiado bien, estaba en su genes y le daba terror acabar así, a pesar de que sabía que su futuro sería el que ella escribiese.
La puerta se abrió y dio paso a un Kaleb encantadoramente sonriente.
—¡Hola cariño— dijo y se acercó a ella para darle un beso en los labios.
—Hola — contestó ella secamente mientras miraba el techo.
Kaleb la miró confundido, ¿Qué le pasaba ahora?, ¿Por qué estaba así?
Comenzó a quitarse la chaqueta despacio, mientras observaba a la que era su... ¿compañera de cama? bueno fuera lo que fuera, aunque ella no les tenía descripción, él la consideraba mucho más que eso, pero en ese momento no importaba, lo único que importaba era ella, que miraba el techo mientras se acariciaba el estómago cuidadosamente.
Una vez estuvo medio desnudo Se tiró a su lado en la cama y pasó su mano sobre la de ella en su vientre para detener las rítmicas caricias.
—¿Estás bien? — le preguntó cuidadosamente, no quería estropear nada, no quería decir nada importuno.
Valentina soltó un suspiro bastante sonoro y lo miró a él, sus ojos grises la miraban con curiosidad y preocupación una parte ella se estremeció ¡Dios mío, no podía enamorarse de él... no podía!
—Dímelo tú— contestó ella — ¿Hay algo malo?
—No que yo sepa — dijo él rápidamente, aunque después sé quedó pensativo.
Ella rodó sobre la cama y se puso boca abajo, mientras que él giro y se puso del mismo modo, para poder analizar su precioso perfil.
—Vale, Valentina, suéltalo.
—¿El qué?
—Si algo he aprendido en este tiempo que llevamos... no juntos — dijo ironizando las últimas palabras para ella — Es que cuando quieres decir algo te cuesta, das vueltas y rodeos así que suéltalo.
—¿Qué te hace pensar que quiero decir algo?
—Valentina...
—Bien, Kaleb, si hay algo.
—Bien, dilo.
—Kaleb — comenzó y se puso de pie, dejándolo sólo en la cama.
Enseguida él se sentó, para por lo menos aparentar un poco de dignidad, porque tenía la sensación de que aquello que se decía, muy bien no iba a sonar.
—Creo que debemos dejar de acostarnos.
A Kaleb se le antojaba gritar. gritarle a Valentina.
Su boca tenía una mueca de confusión, sus ojos estaban perdidos en la mujer que lo miraba medio y suplicante desde una altura superior, a la mujer que le acaba de decir que su no relación, porque no era una relación estable, sino que solamente era sexo se había acabado.
El sexo había llegado a su fin...
El glorioso sexo se había terminado...
Kaleb la miró a los ojos y vio que ella esperaba una respuesta, pero resultaba que él no tenía ganas de hablar, ni ganas de decirle nada.
No quería.
Se levantó con cuidado lentamente agarrándose al borde de la cama, aquella que habían compartido una y otra vez. Se puso de pie y giró sobre sus talones, sin decir una mísera palabra, Kaleb comenzó a caminar hacia la puerta.
—¿No vas a decir nada? — la voz de ella lo paralizó.
—¿Qué quieres que diga Valentina?
—No lo sé.
—Bien, no lo sé.
Continúo andando hacia la puerta que parecía tan lejos y tan cerca a la vez.
La abrió y salió, después cerró. Valentina suspiró confundida y decepcionada, Kaleb se había ido sin más, sin querer decir nada.
Se tiró sobre la cama y se tapó la cara con almohada.
Escuchó la puerta abrirse y la voz tan conocida saludarla.
—¡Hola cariño!
Kaleb estaba en la puerta mirándola y sonriéndole con una sonrisa devastadora, ella se sintió extraña, confundida y no pudo evitar ese vuelco que le dio el estómago, más no lo comprendía.
—¿Qué haces aquí?
—Llegué de trabajar y vine a verte.
—Kaleb...
—¡Bien! — dijo él borrando de su cara su preciosa sonrisa — Ya veo que no vas a cambiar de opinión, al parecer no puedo transformar el momento.
—¿Qué? — preguntó ella torciendo la boca y él deseó besársela.
—Pensé que quizás si entraba de nuevo me recibirás de mejor forma y este episodio tan trágico que acaba de ocurrir, en el que me has dicho palabras que no consigo analizar correctamente, hubiese quedado borrado, tú no olvidarás y yo hago el ridículo.
Valentina comenzó a reírse ¿Qué más podía hacer?
—Eres todo un payaso.
Él no se rió, no le veía la gracia, ella acaba de... ¿cortar? ¿Romper? ¡Lo que fuese con él! Y ahora se reía.
¡Bien, bravo! ¿Y ahora dónde estaba el chiste?
—Yo no le veo la gracia Valentina — dijo él serio, aún tenía que comprenderla a ella, cosa que no conseguía. — Lo de antes...
—Iba en serio — contestó ella, a pesar de que no lo había dejado terminar de hacerle la pregunta.