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El chico nuevo: Un oscuro secreto será revelado.

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Alice siempre creyó que el amor era un refugio seguro, hasta que conoció a Alex, un enigma andante con una oscuridad que desafía toda razón. Sus sentimientos florecen entre secretos inconfesables y un peligro latente que acecha en las sombras. Pero la devoción de Alice se pone a prueba cuando descubre la verdad: Alex es mucho más de lo que aparenta, un ser atrapado entre el hambre insaciable y el deseo de protegerla, incluso de sí mismo.En un mundo donde la traición duele más que cualquier mordida y los secretos se vuelven cadenas, Alex lucha por controlar el monstruo dentro de él, mientras Alice busca respuestas que solo parecen hundirla más en un abismo de oscuridad y pasión. Cuando viejos enemigos resurgen y nuevos aliados aparecen con sus propios intereses, ambos deberán decidir si su amor es lo suficientemente fuerte para sobrevivir a la muerte... y lo que hay más allá.Pero a veces, el verdadero peligro no radica en los monstruos que acechan en la oscuridad, sino en los sentimientos que laten con fuerza, incluso cuando el amor se convierte en un arma de doble filo.¿Hasta dónde llegarías por un amor condenado desde el principio?

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El chico nuevo
Estoy frente al espejo, observándome con detenimiento. Mi cabello n***o cae en una cascada lisa y brillante, enmarcando mis ojos azul oscuro, delineados con precisión. Mi cuerpo, esculpido y firme, refleja la imagen de una de las chicas más deseadas del instituto. Pero no cualquiera puede estar a mi lado. No cualquiera es digno de mí. Mi reputación debe permanecer intacta. Soy la hija de uno de los empresarios más poderosos de Los Ángeles, y cada paso que doy es observado, cada error puede convertirse en un escándalo. Las vacaciones han terminado, y con ellas, la Alice ingenua que solía ser. Aquella niña crédula que creyó cada mentira que su novio le decía se ha quedado atrás. Hoy es el primer día de clases, y debo verme más impresionante que nunca. Me acomodo la camisa blanca de botones y aliso la falda azul marino, que cae justo por encima de mis rodillas. El blazer a juego añade el toque final al uniforme. Leticia, mi estilista, pasa las últimas ondas en mi cabello, dándole volumen y movimiento. —Perfecta —susurro con satisfacción antes de tomar mi teléfono y escribirle a Mónica, mi mejor amiga. "Nos vemos en la entrada del insti. Necesito hacer mi entrada triunfal. Este año promete." Su respuesta llega en segundos: "¡Obvio, mi Alice! Este año es nuestro. Haz una súper entrada, que el imbécil de Rodrigo sepa lo que se perdió." El nombre de Rodrigo es un puñal directo al estómago. Mi exnovio. Un año juntos para que todo terminara en la peor humillación posible. Lo encontré en el laboratorio, con las manos sobre la cintura de Antho-plástica, su lengua enredada en la de ella. La reina de las cirugías, la que a sus diecisiete ya colecciona retoques como trofeos: nariz, senos, labios... Y aun así, ni con bisturí logra superarme. Este año no seré la misma. Este año, Alice ha renacido. —¿Señorita, ya está lista? —escucho la voz firme de Ramiro, mi chofer, desde el pasillo. Tomo mi bolso Gucci y camino con elegancia hasta el coche. El cuero de los asientos huele a nuevo, a exclusividad. Mientras nos alejamos, saco el teléfono y le escribo a Mónica: "Ya voy en camino." Su respuesta llega al instante: "Yo ya llegué. Estoy en la entrada." Sonrío. Mónica es la persona más noble que conozco, pero también la más obstinada cuando se trata de Cristian. Alto, musculoso, con una sonrisa que hace suspirar a medio instituto... y que, lamentablemente, solo la ve como a una hermanita menor. Ramiro estaciona frente al instituto. Me miro una última vez en el espejo, retoco el brillo labial y acomodo mi cabello con una precisión casi quirúrgica. Cuando abro la puerta y bajo del coche, el silencio se siente en el aire. Todas las miradas se posan en mí. Mónica aparece a mi lado, impecable como siempre. Nos damos dos besos al aire, sin tocarnos. Caminamos juntas por la entrada con la seguridad de dos reinas desfilando en la alfombra roja. Y ahí está él. Rodrigo. Apoyado contra la pared, con esa mirada de arrepentimiento que no me dice nada. Hace un gesto como si quisiera acercarse, pero lo fulmino con la mirada antes de seguir de largo sin siquiera dignarme a reconocer su existencia. —Eso estuvo genial, my friend —murmura Mónica, conteniendo la risa. —Lo quiero lejos. No soporto ni verlo. Abro mi casillero y guardo mi bolso. Unas carcajadas estridentes me sacan de mi ensimismamiento. Es el grupo de Anthonella, riéndose de algo... o de alguien. Entonces, ella se gira y camina hacia mí con sus secuaces pisándole los talones. Su sonrisa es tan venenosa como su personalidad. —Me contaron que estuviste en París. Espero que lo hayas disfrutado... Yo disfruté bastante de Rodri en tu ausencia. Su voz gotea veneno. Sabe lo que está haciendo, sabe dónde golpear. Me pongo de pie, lista para devolverle el golpe con palabras que la dejen en el suelo, pero justo en ese instante, la profesora entra al aula. —Hola, chicos. ¿Cómo están? ¿Qué tal esas vacaciones? —¡Bien! —respondemos todos al unísono. Anthonella me lanza una mirada de victoria antes de regresar a su asiento, como si hubiera ganado algo. Respiro hondo, contando hasta diez, controlando las ganas de arrancarle esas extensiones de mala calidad. Este año, nadie me humillará. La miss se coloca frente a la clase antes de decir: —Hoy tenemos un nuevo compañero. Se llama Alex. La profesora le hace una seña y el chico entra al salón. Quedo atontada al verlo. Alrededor se escuchan susurros —El guapetón parece ser becado —Dice Marlene una de mis compañeras de clase. —Eso que importa si está listo para comérselo, y chuparse los dedos —Responde Sofía, generando risas a su alrededor. Alex es alto, con hombros anchos y una expresión seria que parece tallada en piedra. Su ropa ajustada deja claro que debajo hay puro músculo. Cuando levanta la mirada, sus ojos verdes se clavan en los míos. Trago saliva. Es como si el aire se hubiera detenido. Por alguna razón, bajo la mirada. ¿Por qué demonios hice eso? Vuelvo a subir la vista a Alex, pero ya está viendo para otro lado. —Puedes sentarte detrás de Mónica —dice la profesora. Lo veo dirigirse a su lugar con pasos firmes. Su mirada vuelve a encontrarse con la mía por un segundo, y siento un calor extraño en las mejillas. "¿Qué me pasa?" Pienso mientras intento concentrarme en la clase. Cuando suena el timbre, Antho-plástica se acerca al nuevo como un halcón. —Hola, Alex. Soy Anthonella, pero puedes llamarme Antho. Si quieres, te enseño el insti... y te conozco un poco más. —Dice coqueteando con él. Alex la mira con el mismo gesto serio, pero no dice nada. Luego, sin previo aviso, su mirada se posa en mí. Siento un nudo en el estómago y el corazón se me acelera. "¿Qué es esto? ¿Un ataque cardíaco?", me pregunto, alarmada. Me levanto rápido y salgo del salón, seguida de Mónica. —¿Qué te pasa? —pregunta ella, preocupada. Antes de que pueda responder, veo a Alex salir del salón, ignorando por completo a Anthonella. Él camina hacia los casilleros, seguido de cerca por una Antho visiblemente irritada. —Te rechazó el nuevo —me burlo. —¿Y a ti qué te importa? —responde molesta. —Creo que todavía quedan hombres inmunes al plástico. Anthonella se bate el pelo y se va, mientras yo me río con Mónica. Pero mi felicidad dura poco, porque una voz que conozco demasiado bien rompe el momento. —Alice, ¿podemos hablar un momento? —escucho decir a Rodrigo. Cristian llega con él, me saluda con un gesto de la mano y coloca su brazo alrededor de los hombros de Mónica. —Hola, baby. Te invito un refresco —dice Cristian, llevándose a Mónica con él. Me quedo sola con Rodrigo. Lo último que quiero. —¿Qué quieres, Rodrigo? No tengo tiempo que perder contigo —digo mientras observo cómo Mónica y Cristian se alejan. —Nena, te extraño. No hay un solo día en que no me arrepienta de lo que pasó entre nosotros. —Primero: no me digas "nena". Segundo: no me interesa nada que tenga que ver contigo. Así que date la vuelta y desaparece. —Digo volteando los ojos. Intento darme la vuelta para largarme, pero Rodrigo me toma del brazo con fuerza y, antes de que pueda reaccionar, me jala bruscamente hacia él, sujetándome por la cintura. —Suéltame de una buena vez —gruño, forcejeando para zafarme. —¡No! No hasta que me perdones y regreses conmigo. —¡Suéltame! —grito más fuerte, sintiendo cómo la rabia me hierve la sangre. Entonces, una voz profunda y amenazante retumba detrás de nosotros. —¡Suéltala! Me giro un poco, y allí está Alex, con el rostro endurecido y una mirada fría que parece atravesar a Rodrigo como una daga. —No te metas, becado —gruñe Rodrigo, soltando una risa sarcástica. —Te lo advierto por última vez: suéltala —repite Alex, con un tono que no deja espacio para negociaciones. Rodrigo finalmente me suelta, aunque no sin lanzarme una mirada cargada de dureza. Me aparto de él rápidamente, mientras los dos chicos se enfrentan con la mirada, como si fuera una especie de duelo silencioso. Rodrigo entrecierra los ojos, clavando su mirada en Alex. —No sabes con quién te acabas de meter —advierte, su voz un murmullo tenso que esconde amenaza. Alex ni siquiera parpadea. Su postura es firme, imponente, como si cada músculo de su cuerpo estuviera preparado para cualquier cosa. Su mirada verde es un filo helado que corta el aire entre ellos. —No necesito saberlo —responde, su tono bajo pero letal—. Lo único que sé es que si vuelves a tocarla, no habrá próxima advertencia. Rodrigo esboza una sonrisa torcida, como si la idea de un desafío le divirtiera. Se inclina apenas hacia Alex, reduciendo la distancia, y baja la voz. —Tú no tienes idea de quién soy ni de lo que puedo hacer. Alex se mantiene impasible, pero hay algo en su mirada que hace que el aire se sienta más pesado. —Intenta tocarla y lo descubriré —responde Alex con una calma que hiela la sangre. El silencio entre ellos es un duelo invisible. Ninguno retrocede. Ninguno cede. Hasta que, con un bufido, Rodrigo da un paso atrás y me lanza una última mirada cargada de resentimiento. —Esto no termina aquí. Se da la vuelta y se aleja con pasos duros, dejando un rastro de furia en el aire. Mi corazón late a mil por hora. Miro a Alex, que sigue observando a Rodrigo con una expresión indescifrable. —Gracias —murmuro, apenas encontrando mi voz. Él gira la cabeza y me mira, su intensidad todavía presente en sus ojos. —No deberías andar con patanes. — dice, antes de dar media vuelta y marcharse sin más. Me quedo ahí, con el pulso acelerado y la certeza de que algo acaba de cambiar. Y una sola pregunta en mi mente: ¿Quién demonios es Alex? Confundida y todavía con la adrenalina corriendo por mis venas, regreso al salón. Algunos alumnos ya están acomodándose en sus lugares, y yo me dejo caer en mi asiento, tratando de calmar mi mente. Pero mi corazón sigue martillando en mi pecho, y la imagen de Alex y su mirada implacable se graba en mi cabeza. Anthonella entra al salón batiendo su cabello, seguida de sus inseparables sombras, Sofía y Laura. Sus risas falsas llenan el aire mientras desfilan como si fueran las reinas del lugar. Aprieto los dientes y ruedo los ojos. No las soporto. —Me gusta el chico nuevo —dice Anthonella, jugueteando con un mechón de su cabello, como si fuera un gran anuncio. —Ew, es becado. ¿Te volviste loca? —responde Laura con una mueca de puro desagrado. —¿Y? No lo quiero para casarme, lo quiero para divertirme un rato. —¿Así como te "divertiste" con Rodrigo? —interviene Sofía, lanzándome una mirada cargada de malicia. —¡Exacto! Pero con Rodrigo sí me podría casar. Las tres sueltan risitas irritantes y continúan con su estúpida conversación, como si el mundo girara en torno a ellas. De repente, Mónica entra al salón con Alex a su lado. Su sonrisa es radiante, imposible de ignorar. Desde el fondo, Anthonella los observa con el ceño fruncido y, con una decisión repentina, se planta frente a Alex. —¿En serio preferiste la compañía de esta perdedora? —su tono ácido es capaz de hacer hervir la sangre de cualquiera. Me levanto de mi asiento, dispuesta a intervenir, pero me detengo al ver lo que sucede. Alex ni siquiera le dedica una mirada. Simplemente la ignora y camina hacia su puesto con una serenidad aplastante, como si su presencia misma hablara por él. La cara de Anthonella es un poema, una mezcla de incredulidad y rabia contenida. Antes de regresar a su lugar, Mónica pasa a su lado y la choca con el hombro de manera deliberada. La expresión de triunfo en su rostro me hace reír para mis adentros. Touché. Mónica se sienta delante de mí, todavía sonriendo como si tuviera un gran secreto. —¿Por qué esa sonrisa de tonta? —le pregunto, entrecerrando los ojos. Algo acaba de pasar, y no me gusta estar fuera del chisme. —La profe Marcela me pidió que le mostrara el colegio al nuevo. Cuando estábamos recorriéndolo, Cris nos vio. Se acercó, me tomó del brazo y me dijo que no quería verme con Alex. ¡Amiga! Primera vez que veo a Cris celoso. Me cruzo de brazos, fingiendo desinterés. —¿Y qué hiciste? —Nada, seguí enseñándole el colegio a Alex. Quería darle a Cris un poco de su propia medicina. —Bien hecho —respondo, asintiendo con aprobación—. Siempre te he dicho que mereces más que ese cavernícola. —Lo hice solo para darle celos. A mí me importa Cris, y sé que este será nuestro año. —Claro, como todos los años —digo con un suspiro exagerado—. Dime, ¿Cuántos litros de lágrimas llevas acumulados por él? ¿Cinco? ¿Seis? —No, este año será diferente, te lo prometo. Ruedo los ojos y dejo el tema por la paz. Mónica es terca y, aunque me gustaría ahorrarle otro desastre amoroso, sé que no escuchará razones. El profesor entra al salón, y la clase transcurre sin incidentes. Pero no puedo evitar que mi mirada se desvíe, de vez en cuando, hacia Alex. Hay algo en él que me inquieta. No es solo su actitud reservada, ni su expresión seria que parece esculpida en mármol. Es algo más. Un aire de indiferencia que no parece forzado, sino genuino. Su atención no titubea ni un segundo; no se distrae, no mira a los lados, no se deja llevar por las risitas de las chicas que lo observan como si fuera una obra de arte en exhibición. Alex es como un personaje sacado de un libro de secretos. Su aura misteriosa lo hace destacar sin siquiera intentarlo. Camina por los pasillos con paso firme, con las manos en los bolsillos o sujetando su bolso con indiferencia, como si todo le diera igual. Su piel es pálida, como si el sol jamás lo hubiera tocado, lo que hace que sus ojos verdes resalten aún más. Pero no es solo su color lo que hipnotiza, sino la sensación de que guardan algo detrás. Un secreto, una historia que nadie conoce. Su cabello, desordenado, pero de manera perfecta, cae sobre su frente con ese aire de "me desperté así" que pocos pueden lograr sin parecer desaliñados. Es atractivo, y lo peor es que no parece importarle. Pero lo que más me llama la atención no es su aspecto, sino su manera de existir en este colegio como si estuviera en otro planeta. No busca compañía, no se une a las conversaciones, no parece interesado en encajar. Es como un acertijo ambulante.

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