Deseo

1993 Words
Al día siguiente, intenté enterrar todo lo que había sucedido, ahogar el recuerdo de haberme entregado a un hombre que me dejó en claro que su corazón estaba roto, sellado y cubierto de cicatrices imposibles de sanar. Alex no quería volver a enamorarse, y yo me sentía como una idiota por haber creído que podría ser diferente conmigo. El teléfono comenzó a sonar insistentemente. Su nombre apareció en la pantalla una y otra vez, pero mi orgullo herido me impedía responder. Las lágrimas querían volver, pero las ahogué. Ignoré la llamada, y unos minutos después, el timbre de un mensaje rompió el silencio: "Perdóname, Alice. Necesito que hablemos. No quiero que malinterpretes mis palabras. " Leí y releí el mensaje con el corazón acelerado, mis emociones desbordándose. ¿Malinterpretar? ¿Creía que era una tonta? Las palabras resonaban en mi mente como un eco que no podía apagar. "Te entendí perfectamente, Alex. ¿Qué te hace pensar que estoy confundida? No soy una niña ingenua." Quise responder con furia, pero me contuve. Decidí que no me quedaría en casa a llorar por Alex. Ya había derramado demasiadas lágrimas por Rodrigo en el pasado, y no pensaba repetir la historia. Abrí mi chat con Mónica y la invité a comer. Dos horas después, estábamos recorriendo el centro comercial, buscando un restaurante que calmara nuestra hambre y, con suerte, distrajera mi corazón roto. El centro comercial estaba abarrotado. Gente de todas las edades caminaba apresurada entre vitrinas, las risas de los niños se mezclaban con el bullicio de conversaciones ajenas, y las parejas entrelazaban manos como si el amor fuera algo sencillo, algo eterno. Para mí, todo ese ajetreo no era más que un recordatorio cruel de que el mundo seguía girando, sin detenerse a considerar mi tormenta interna. —¡Mira, Alice! ¡Ese vestido es precioso! —exclamó Mónica, emocionada, señalando una vitrina. Mi mirada siguió su dedo y se posó en la prenda. Era etéreo, delicado, casi irreal. Un vestido sacado de un sueño. Antes de darme cuenta, ya estaba corriendo detrás de Mónica hacia la tienda. —Quiero probármelo —le dije a la dependienta con una emoción que hacía tiempo no sentía. —Por supuesto, señorita —respondió ella con una sonrisa, entregándome la prenda con suavidad. Entré al probador y me deshice de mi ropa con rapidez. Deslicé el vestido sobre mi piel, y algo en mí cambió. Como si, por un instante, todo el dolor, toda la tristeza, hubieran quedado fuera, atrapados en el reflejo opaco del espejo. Me observé. Me recordé hermosa. Salí del probador, y Mónica me recibió con la boca entreabierta. —¡Alice! Te ves espectacular —dijo emocionada, casi gritando. Di una vuelta frente a ella, dejando que la tela fluyera con cada movimiento. El delicado tejido blanco con detalles rosados caía de manera impecable, y los encajes finamente trabajados en los bordes le daban un aire etéreo. Me sentí ligera, casi como si flotara. Pero al girar, mis ojos chocaron de lleno con los de Alex. Estaba allí, de pie detrás de un maniquí, observándome con una intensidad que me dejó sin aire. Mi expresión se endureció de inmediato. Mónica notó mi reacción y volteó. —¡Aleeex! —gritó ella, emocionada al reconocerlo. Alex se acercó con una calma que contrastaba con el caos que provocaba en mi interior. Puso un brazo sobre el hombro de Mónica, pero sus ojos estaban clavados en mí. —Mónica, ¿puedes decirle a tu amiga que se ve hermosa? —dijo con voz suave, pero firme. —Alex, querido, ella ya lo sabe —respondió Mónica, divertida. Sentí un nudo en la garganta, pero lo escondí tras una máscara de crueldad que no era propia de mí. —¿Qué haces aquí, becado? —solté con sarcasmo, disparando palabras como si fueran balas. Alex alzó una ceja, aparentemente imperturbable. —Estaba de paso y vi a Mónica. Me acerqué para asegurarme de que era ella, y entonces te vi... girando en ese vestido. El aire en la tienda pareció volverse más denso. —Alex, vamos a comer. ¿Te anotas? —dijo Mónica, rompiendo la tensión con su ligereza habitual. Él sonrió ligeramente y asintió. —Sí, tengo hambre. Las acompañó. No sabía si estar enojada o feliz, frustrada o aliviada de verlo. Mis emociones eran un torbellino, y me sentía atrapada en el ojo de la tormenta, sin saber cómo comportarme. Mi mente decía una cosa, pero mi cuerpo reaccionaba de otra manera. Con un esfuerzo consciente, decidí ignorar a Alex y volví a girarme hacia el espejo. —Me lo llevo —dije a la dependienta, sin apartar la vista de mi reflejo. —Se lo lleva puesto. Quiétele los pines de seguridad y las etiquetas —intervino Alex con un tono autoritario que hizo que mi piel se erizara. Actuó como si tuviera todo el derecho de decidir por mí, y antes de que pudiera detenerlo, sacó su billetera y le entregó una tarjeta a la dependienta. La chica dudó por un segundo, pero luego tomó la tarjeta y se retiró. —Disculpa... Yo puedo comprarme este vestido. No necesito que lo pagues tú — espeté, tratando de mantener la calma, aunque mi voz temblaba por la indignación. —Lo pago yo porque me gusta cómo se te ve —respondió con una seguridad irritante, como si eso justificara su acción. —Además, disfruto más yo al poder vértelo puesto. —¡Pero qué te has creído! —exclamé, sintiendo cómo el calor subía a mis mejillas. Quería gritarle, pero bajé la voz, consciente de las miradas a nuestro alrededor. — Acabas de arruinarme el vestido. Alex me miró, claramente confundido. —¿Por qué lo arruiné? Antes de que pudiera responder, Mónica soltó una carcajada divertida. —Porque ahora, cada vez que se ponga el vestido, se acordará de ti —dijo burlona, disfrutando de la tensión entre nosotros. La dependienta regresó, retiró los pines de seguridad y las etiquetas con cuidado, y me entregó una bolsa para guardar mi ropa. —Amiga, te ves hermosa. Cualquier hombre babearía por ti —comentó Mónica, lanzándole una mirada rápida a Alex. Sonreí levemente por su cumplido, pero la sonrisa se desvaneció tan pronto como mis ojos se cruzaron con los de Alex. Su mirada era intensa, casi desconcertante, y me recordó sus palabras de la noche anterior: "No quiero volver a enamorarme." La punzada en mi pecho fue inevitable. —Vayamos a comer. Tengo hambre —dije, adelantándome para evitar seguir enredándome en sus ojos. Caminamos hasta un restaurante cercano. El ambiente era acogedor, con luces cálidas y el murmullo constante de conversaciones alrededor. Un mesero se acercó para tomar nuestros pedidos. —Un salmón en salsa de naranja con una ensalada César —dije sin mirar a nadie. Alex pidió una picanha, y Mónica eligió una pasta con camarones. Durante la comida, ellos conversaban animadamente sobre clases y tareas, mientras yo prefería centrarme en mi plato. Sus risas y comentarios parecían tan ajenos a mi estado de ánimo que sentí como si estuviera en un lugar completamente distinto. Al terminar nuestras comidas, Alex soltó de repente: —¿Qué hacemos ahora? Lo miré con incredulidad. ¿Y esta confianza? pensé, pero no dije nada. —No sé, pero yo me voy —respondí con firmeza, dirigiéndome a Mónica. —No, no, no... ¡Vayamos al cine! Hay una película que quiero ver desde hace días —dijo Mónica emocionada, ignorando mi resistencia. —Pues vayamos —dijo Alex, tan casual como siempre. Suspiré, agotada por la dinámica entre ellos. —Bueno, que les vaya bonito. Yo me voy a mi casa. —¡Vamooos, Alice! Tú también querías ver esa película. ¡Anda, di que sí! —Mónica se aferró a mi brazo, tirando de mí como una niña pequeña. Sus ojos suplicantes brillaban, y su voz se convirtió en un canto constante de persuasión. —Mónica... —comencé a decir, pero ella no me dejó terminar. —Por faaaavor, Alice. ¡Sé que te mueres por verla! No hagas que te ruegue más. Miré a Alex, quien parecía disfrutar de la escena, y luego a Mónica, que no iba a rendirse. Suspiré profundamente. —Está bien... pero solo porque ya no quiero escucharte suplicar. Mónica gritó emocionada y me abrazó como si hubiera ganado una gran batalla. Alex sonrió, pero no dijo nada. Y yo... solo me preguntaba si estaba cometiendo un error al alargar este día con él. Decidimos ver Mala Influencia, esa película que todos comentaban y que tanto Mónica como yo queríamos disfrutar. Después de comprar palomitas, entramos a la sala, y como si fuera casualidad, Alex se las arregló para que yo quedara en medio, atrapada entre él y Mónica. La película comenzó, pero la verdadera distracción estaba justo a mi lado. Sentía su mirada, discreta pero constante, como si esperara un movimiento de mi parte. Traté de concentrarme en la pantalla, pero entonces lo sentí: su mano, apenas rozando mi pierna. Fue un toque sutil, casi como si dudara. —¿Qué haces? —le susurré, mi voz apenas un hilo de aire. Alex no respondió. Mantuvo la mirada fija en la pantalla, pero sus dedos comenzaron a moverse lentamente, trazando círculos sobre mi piel. Mi cuerpo reaccionó de inmediato, y sentí cómo un calor subía desde mi vientre, inundándome de una mezcla peligrosa de nerviosismo y deseo. Intenté apartarme, pero su mano subió un poco más, firme, como si supiera exactamente lo que hacía. Mi respiración se volvió irregular, y mi corazón golpeaba con tanta fuerza que estaba segura de que él podía escucharlo. —¿De verdad quieres que pare? —susurró, apenas moviendo los labios, su voz ronca y cargada de intención. Sus palabras hicieron que mi piel se erizara. Quería decir que sí, quería pedirle que parara, pero las palabras no salieron. No podía negar que su toque, su proximidad, estaban derrumbando cualquier muro que hubiera intentado construir. Bajé la mirada y me encontré con su mano, peligrosamente cerca de mi muslo, reclamando un espacio que no estaba segura de querer recuperar. Coloqué la bolsa con mi ropa sobre mis piernas, como si eso pudiera ocultar lo que estaba sucediendo entre nosotros, pero Alex solo se inclinó un poco más hacia mí. Sentí su aliento cálido en mi cuello, y un escalofrío recorrió mi cuerpo. —Eres insoportable —murmuré, intentando sonar molesta, aunque mi voz temblaba. Él sonrió, esa sonrisa lenta y cargada de algo oscuro y embriagador. —Y tú eres hermosa cuando te dejas llevar —susurró, acercándose aún más. No supe en qué momento sucedió, pero de pronto, sus labios estaban sobre los míos. Fue un beso intenso, cargado de una necesidad primitiva que me robó el aliento. Su mano, que antes solo rozaba mi piel, ahora apretaba suavemente mi pierna, mientras yo cedía por completo a su control. La sala estaba oscura, pero para mí no había nadie más que él. Su cercanía me envolvía, y el deseo que había tratado de reprimir durante días explotó en ese instante. Su boca era firme, su tacto delicado pero decidido, y cada movimiento suyo parecía diseñado para dejarme sin escapatoria. —Alice... —susurró contra mis labios, su voz cargada de algo que no supe identificar, pero que me estremeció. Ese momento era peligroso, intenso y tan adictivo que no quería que terminara. Mi respiración agitada me advirtió que debía controlar mi deseo. Alex provocaba una explosión de emociones que amenazaban con salirse de control. Me separé de él y me acomodé en mi asiento, intentando recuperar la compostura. Alex hizo lo mismo, pero con una sonrisa de victoria dibujada en el rostro. El resto de la película se convirtió en un borrón. No logré concentrarme ni un segundo más. Alex aprovechaba cada oportunidad para rozar mis manos, buscando contacto como un juego silencioso entre los dos.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD