5. Enfrentamientos y discusiones

1849 Words
Fui consciente de cómo sus ojos me observaban bajo aquellas largas y gruesas pestañas. No parpadeaba, estaba tan atento a mi presencia, estaba tan decidió a intimidarme cuando abrí la puerta y me plante en su despacho. —No puede despedirla. —Solté de pronto, con el corazón latiéndome en la garganta. Su mandíbula se tensó con tanta fuerza, que pude notar la expresión desencajada de su rostro. Sus manos, estaban cruzadas encima del escritorio de mármol en frente de él. No se movía, no decía absolutamente nada. Simplemente, se limitaba a escudriñarme de arriba hacia abajo, se le había vuelto una muy mala costumbre, porque siempre lograba intimidarme de esa manera, sin embargo; luché contra mí misma para no permitírselo. — ¿No va a decirme nada? —Le cuestioné después de un par de segundos—. No puede despedirla. —Por supuesto que puedo. —Se puso de pie y rodeo el escritorio—. Pero la he enviado a casa de mis hermanos. Su impresionante figura, me obligó a retroceder unos torpes pasos. Tragué toda la resequedad que se había formado en mi garganta, y dejé que la rabia hablara por sí misma. — ¿Cuánto tiempo ha trabajado para ti? —Las palabras salieron de mi boca sin que pudiera detenerlas y él, con su risa burlona, sabía a donde quería llegar. Lo noté cuando negó y saboreó sus labios. —El suficiente para saber que no debe estar hablando demás. En ese momento, sentí como la puerta detrás de nosotros se abría. Amelia entró en silencio, pero la preocupación bailaba en sus ojos. —Amelia, retírate. —Le ordenó, pero sus ojos estaban clavados en los míos. —Amelia, quédate. —Le sostuve la mirada por un tiempo que ni yo creí posible. No estaba bajando la cabeza, no esta vez y no sabía que se sentía correcto y que no. —Niña Ariel, yo... — ¿Cómo te atreves a cuestionar mis órdenes? —¿Cómo se atreve usted a ser un energúmeno? —Tú no eres absolutamente nadie para decirme que hacer con la servidumbre. —Escupió enojado, severamente enojado. —Si la corre, me largo yo también. Se dedicó a acercarse hacia mí. Retrocedí la misma cantidad de pasos que el daba, hasta que la pared se interpuso en mi camino. Estaba en medio de ella y un Máximo que se las arreglaba para lucir despreocupado y tratando de acorralarme con sus brazos. — ¿Y a dónde vas a irte? ¿Vas a regresar a la casa de la mujer que te vendió? —Sus labios se movían cuidadosamente al mismo tiempo que mi corazón se quebrantaba. —Oh, Dios... —Pude escuchar como la voz de Amelia se quebrantaba, tanto como yo. ¿Cuántas veces más iba a recordármelo? Las lágrimas, comenzaron a nublar mi vista y la aparté. No iba a demostrarle cuanto me afectaba, no quería derrumbarme delante de él, no iba a darle el gusto de hacerme pequeña en medio de sus brazos, sin embargo; tenía que hacer un esfuerzo muy grande, mucho más grande. La ansiedad y las ganas de salir corriendo de allí, me aturdieron. Me hicieron temblar en el acto y estaba casi segura, que él estaba a nada de notarlo. No sé qué tanto tiempo transcurrió en ese instante, pero pude sentir como sus manos calientes ahuecaron mi rostro, el escalofrió llegó hasta mi espina dorsal y me reproché a mí misma que me gustara su tacto. Estaba sosteniéndome tan firme, que me obligó a elevar la cabeza hasta llegar a sus ojos y casi, por segundo, creí que estaba leyendo mi alma. Aparté sus manos de tajo, alejándolas lo más lejos posible de mí y rechisté: — ¿Y a usted que lo hace diferente señor Kahler? —Mis piernas se sentían tan temblorosas mientras hablaba—. No veo la diferencia entre quien compra y vende personas. Su rostro palideció. Lo herí, definitivamente lo herí. Lo vi abrir la boca para articular algo, pero simplemente nada salió de ella. Algo tan denso y tormentoso, se cruzó en sus ojos avellanas. Me dedicó una mirada cargada de emociones que no podría reconocer, pero había un hilo de dolor en ella, un hilo que estaba a punto de desprenderse. Toda la estancia se redujo a silencio. Denso Profundo De su boca, no fue capaz de salir nada más, absolutamente nada. Le había callado, le había cerrado la boca como en muchas ocasiones él lo hizo conmigo, tratando de humillarme. Y pese a que no me sentía orgullosa de haberlo herido con mis palabras, no pude detenerme. —Y para que lo sepa, Amelia ni siquiera llegó a decirme algo de esa estúpida historia rota suya. —Niña Ariel, no... —Fue la vocecilla herida de Amelia quien llamó mi atención. Máximo giró sobre su eje y me dio la espalda. —Sal de mi despacho. —Exigió. Y fue lo que hice. Estaba casi segura de que mi corazón perforaría mi pecho en cualquier momento. Él quería correr, correr demasiado lejos y yo, ¿Yo realmente quería correr lejos de Máximo? Una parte de mí no sabía cómo sentirse con lo que acababa de pasar. La euforia se había metido a través de mis venas y no pude hacer nada para detenerla, tanto, que, por un segundo, la otra parte de mí se atrevió a cuestionar si fue realmente bueno que escupiera todas aquellas palabras al señor Kahler. Nunca me había atrevido a retar a alguien. Estaba tan acostumbrada a bajar la cabeza en situaciones como esa, estaba tan acostumbrada a hacerme demasiado pequeña ante palabras bruscas y crueles, estaba ya acostumbrada a mantenerme callada, sin embargo, no lo hice y no sabía cómo sentirme al respecto. Moví mis pies fuera del despacho, y cuando por un instante creí que Almita me seguía, tuve que descubrir que no. —Una cosa Ariel, no puedes irte, te guste o no. —Algo dentro de mi pecho, se sacudió con mucha violencia y me giré para encararlo. —Yo... —Quieras o no. —Me interrumpió de tajo, sin darme la oportunidad de decir algo más—. Y tú, Amelia, vuelve a tus quehaceres. Se quedaba... ¿Lo estaba haciendo por mí? Me atreví a pensar por un instante, sin embargo, reprimí el pensamiento. Toda la estancia, se redujo a silencio y por reflejo, vi a Almita desaparecer cabizbaja, dejándome a solas con ese hombre de figura imponente delante de mí. No había dejado de observarme ni siquiera por un pestañeo, y yo, estaba jugando muy duro a sostenerle la mirada pero me estaba costando tanto, estaba a nada de demostrarle que él mandaba, estaba a nada de bajar la cabeza por quien sabe cuántas veces en mi vida. Lo vi tratar de acercarse hasta mí. ¿Qué estaba haciendo? La expresión brusca en su rostro estaba suavizándome y seguía acercándose hacia mí. ¿Por qué seguía haciéndolo? Cada paso, era más temeroso que el otro, y cuanto más cerca estaba, más me temblaban las piernas. Estaba a escasos pasos, estaba a una muy corta distancia, demasiado corta y cuando finalmente se detuvo, creí que mis piernas no iban a sostenerme por mucho más tiempo. —Ariel. —Masculló, su aliento me acarició la espina dorsal. —Señor Kahler. —Inhale de a poco el perfume que emanaba de su impecable traje. El sonido de las puertas del elevador abriéndose, me hizo retroceder de un sobre salto y rápidamente, la expresión apaciguada en su rostro desapareció. —NO QUIERO QUE TE VUELVAS ACERCAR A MIS HIJOS. —El estallido de una voz claramente femenina, estalló en las paredes acristaladas. Máximo paso a través de mí y me giré para observar a detalle, que estaba sucediendo, quien era esa mujer y porque gritaba de aquella manera. Su cabello rubio como el oro en grandes ondas caía como una cascada por encima de sus hombros, fue lo primero que pude ver. Viaje hasta sus ojos, unos tan verdes que hipnotizaban. Nariz respingada y labios carnosos, era definitivamente hermosa... envidiablemente hermosa. — ¿Qué estás haciendo aquí Claire? —La voz claramente enojada de Máximo ni siquiera la hizo retroceder. —No quiero que vuelvas a buscar a los niños, Máximo. Te lo advierto. —Son mis hijos, tanto como tuyos. —Una risa carente de humor, se escapó de sus labios—. No pienso volver a discutir esto contigo. Ella, Claire, batiendo su cabello, imitó su gesto retándolo. —Te recuerdo que no eres su padre biológico. Ni siquiera quisiste adoptarlos. — ¿Estas escuchándote? ¿Realmente quieres que vuelva a recordar por que no pude adoptarlos? —Su rostro palideció. Máximo había tocado algo en ella que la hirió. Pude verlo en sus ojos Aquella mujer, con aire de superioridad observó por encima de su hombro. Conectando sus ojos con los míos. Máximo giró por encima del mismo. — ¿De todos modos quien es ella? —Cuestionó sin dejarme de escudriñarme. —Mi vida personal dejó de ser tu problema cuando dejamos de vivir juntos. La situación se volvió tan tenso, que me vi en la necesidad de subir a la segunda planta, sin embargo, sus gritos se escuchaban por todo el ático. Se escupían palabras agresivas e hirientes, ellos estaban a la misma altura. —Si tanto quieres pelear por ellos, lo haremos en un tribunal. Escuché las puertas del elevador abrirse. —Si así lo quieres, nos veremos en un tribunal. Un momento después, las puertas se cerraron. Todo a mí alrededor se convirtió en silencio durante segundos, tal vez minutos, hasta el instante que el caos en la planta de abajo, se desató. Me sobresalté en mi lugar cuando objetos comenzaron a estrellarse contra el suelo, uno a uno, nada cedía, nada se detenía. Era como si una guerra estuviese llevándose a cabo. ¿Debía hacer algo? Iba a lastimarse a sí mismo si no se detenía. El enfrentamiento con esa mujer había sacado lo peor de sí mismo y no sabía si quería lidiar con eso después de la discusión que él y yo tuvimos, sin embargo, ya estaba caminando escaleras abajo para dar marcha atrás. Cuando pise el último escalón, pude verlo. Su cabello estaba vuelto un completo desastre y su corbata no tenía forma alguna. Su pecho subía y bajaba agitadamente, sus ojos, estaban perdidos en la nada. —Máximo. —Mi voz era un hilo tan delgado, que estaba a punto de romperse. Su cabeza fue elevada en mi dirección, y cuando sus ojos llegaron a los míos, todo el peso de mi estómago se hundió. Lucia herido, apagado, destrozado. Sus ojos avellanas estaban rojos, y no podía decir si se trataba de ira o tristeza, tal vez era una mezcla entre amos. Lo único que sabía era que estaba roto y lo único que quería hacer era correr y abrazarlo. —Déjame solo, por favor. —Evitó el contacto visual conmigo y se dedicó a darle su mirada a una Sídney que brillaba.
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