Tuve que hacerle caso, no obstante, estaba caminando en su dirección. Con el corazón latiéndome en la garganta y las manos sudorosas, toqué su espalda. Estaba tan tensa y erguida en una línea recta, pero ante mi tacto, se suavizó, no me rechazó.
—Ariel...
Lo abracé.
Máximo no me miraba ni se movía ante el contacto que estábamos teniendo, yo no pude moverme tampoco. Él, no hacía nada más que quedarse quieto y con cada segundo que pasaba, su cuerpo se destensaba.
Bastante tiempo le tomó darse cuenta de que definitivamente yo lo estaba abrazando, y en medio de él, giró sobre sí mismo y envolvió sus brazos a mi alrededor.
El gesto fue calculador, embriagante y doloroso al mismo tiempo. Estábamos allí de pie, en silencio, abrazados el uno al otro y no supe quién de los dos lo necesitaba más, sin embargo, quise permanecer allí durante un tiempo, muchísimo tal vez.
. . .
No habíamos vuelto a tener ningún tipo de enfrentamiento después de aquella noche, sin embargo, muy poco lo veía, y cuando lo hacía, permanecía distante y ajeno a la realidad.
Las últimas dos semanas, un hombre con un maletín frecuentaba el ático. Se encerraban en el despecho y hablaban por un tiempo prolongado, y cuando salían de allí, la expresión en sus rostros era desanimada. Me temblaba el vientre cada vez que lo veía salir y su mirada se encontraba con la mía afablemente, no obstante, me la retiraba y se volvía a encerrar.
Laura había sido puntual hace dos semanas y desde ese instante, me frecuentaba tres veces por semana, era estilizada y elegante. Su buen gusto por la moda australiana era impecable, pese a que yo todavía no me adaptaba y mis pies no soportaban el tiempo suficientemente unos zapatos de tantos centímetros de altura.
Había comenzado la universidad también; administración de empresas. No había congeniado lo suficiente con mis compañeros de clases, tal vez dos o tres, pero me gustaba mantenerme rodeada de un ambiente tranquilo.
La pila de libros sobre mi cama, hojas dispersadas y lápices pequeños de tanto consumirles la punta, me hicieron suspirar. Tendría mi primera prueba y no conseguía finalizar el quinto ejercicio del libro recomendado por el profesor Garcés; un hombre mexicano que conocía alrededor de cuatro idiomas y era considerablemente estricto.
Casi me rendí al sueño luego que dieran las doce. Amelia entró a mi habitación con una taza de café que le agradecí con una sonrisa.
—Niña Ariel, debería cerrar esos libros y descansar. —Su mano acarició mi cabello.
—Lo haría si pudiera saber cómo resolver este ejercicio. —Di un sorbo largo y dejé que el líquido caliente me relajara—. El profesor de finanzas es muy estricto y necesito sacarle una buena calificación. Me advirtió que no le rindo lo suficiente como el resto de mis compañeros.
—Estoy segura de que eres muy buena.
—No lo suficiente Amelia. Todos mis compañeros vienen de colegios altamente preparados y yo ni siquiera puedo responderle las preguntas que hace en clases. Esa carrera me queda demasiado grande. Tal vez yo no pertenezco allí.
—Oh, mi niña... —La expresión en su rostro se suavizó mientras tomaba el libro entre sus manos—. ¿Por qué no le pides ayuda a Máximo? Él es muy bueno con los números. Estoy segura que te ayudara con mucho gusto.
—No desearía molestarlo.
—Acabo de llevarle un café a su despacho y no lo vi demasiado ocupado. —Su mano frotó mi hombro alentándome—. Anímate, ve.
Mordí el interior de mi mejilla y apreté los ojos con mucha fuerza. Estaba agotada hasta la medula, sin embargo, ya estaba caminando hacia el despacho del señor Kahler con libros en mano.
Tomé el pomo de la puerta entre mis manos y por inercia, me temblaron en el acto. Cuando se trataba de ese hombre tan reservado e imponente, mi cuerpo reaccionaba de forma involuntaria.
Lo giré, y de inmediato lo vi ponerse sobre sus pies y cerrar rápido y bruscamente los cajones de su escritorio. Lucia nervioso, ansioso y cansado al mismo tiempo.
—La próxima vez toca la puerta antes de entrar, Ariel. —Pasó las manos por encima de las hebras desordenada de su cabello y me tendió la mano hacia la silla en frente del escritorio—. ¿En qué puedo ayudarte?
— ¿Está ocupado? —Mordí mi labio inferior mientras avanzaba.
—Para ti nunca estoy ocupado.
Mi corazón se detuvo por un segundo para retomar su marcha con mucha fuerza y tuve que sentarme porque sentí como me temblaban las piernas y temí que el pudiera darse cuenta.
—Tengo problemas con un ejercicio de finanzas. —Coloqué los libros sobre el escritorio—. Creí que tal vez usted podría ayudarme con eso.
—Déjame ver lo que tienes.
El instante en el que le tendí las hojas, nuestros dedos se rozaron y como si se hubiese tratado de una descarga eléctrica, me tensé.
Los ojos inyectados se sangre de Máximo, me observaron fijamente desde el otro lado por unos cortos segundos, antes de enfocarse en las hojas que yacían sobre sus manos.
Los segundos transcurrieron en silencio y esta vez era yo quien no dejaba de verlo. Muy pocas eran las veces que tenía ese aspecto desaliñado de él en frente de mí. Su cabello había crecido unos centímetros, algunas hebras casi cubrían sus gruesas cejas oscuras y una fina capa de vello facial estaba comenzando a notarse. Pasó una de sus manos por su cuello y lo giró a ambos lados de sus hombros, mientras podía observar como su corbata estaba ligeramente fuera de lugar, con algunos dos botones sueltos.
Su entrecejo se frunció mientras leía sobre las líneas y la cantidad de números sobre las hojas y garabateaba con un bolígrafo sobre ellas.
Coloqué mi cabello detrás de las orejas y arrugué los dedos de mis pies por el frío que deshacía por toda la estancia.
—Encontré el error. —Finalmente habló después de un par de minutos—. Lo tenías desde el principio del ejercicio, una formula mal proporcionada
Me mostró las hojas rayadas con su letra desordenada y apenas entendible, sin embargo, visualicé el error.
—Solo debes volver a comenzar el ejercicio con la formula general, porque por procedimientos ibas muy bien.
—El profesor Garcés no opina lo mismo. —Susurré lo suficientemente bajo para que no me escuchara, no obstante, lo hizo.
— ¿A qué te refieres?
—No tiene importancia. —Negué con la cabeza, mientras ordenaba los libros y las hojas—. Solo debo poner un poco más de atención a la clase.
— ¿Te sientes a gusto en la universidad?
— A parte de que el profesor de finanzas me humille en clase cada vez que puede por no alcanzar el nivel académico que exige y mis compañeros de clases se burlan por ello, me siento a gusto. —Quise responder.
—Sí, estoy muy agradecida por darme la oportunidad de estudiar señor Kahler.
Sus labios comenzaron a curvarse en una sonrisa que llegó hasta sus ojos y no pude evitar que mi corazón brincara y reaccionara ante sus dientes perfectamente blancos en una línea. Era la primera vez que sonreía y, tenía la sonrisa más hermosa de todo el universo entero.
Me puse de pie, porque el silencio que se había extendido por todo el despacho era casi abrasador. A pasos lentos e inseguros, me acerqué al ventanal que me mostraba todas las luces de los rascacielos más altos e impresionantes de Sidney.
— ¿Ves ese edificio? —Temblé ante la pronta y repentina cercanía de Máximo. Señaló el edificio de vidrios verde oliva que crecía unos cuantos pisos más que otros—. Es mi mejor inversión.
— ¿Su mejor inversión? —Pregunté. Observando como admiraba aquel edificio como un gran tesoro.
—Cuando mi padre murió, me dejó una herencia millonaria a los veintiún años. Estaba a nada de recibirme como ingeniero en sistemas y quería invertir en un negocio multimillonario con mí mejor amigo Charles, él tenía la idea y yo el dinero. Sin embargo, sabía que podíamos fallar y perderlo absolutamente todo. —Una nueva sonrisa adornó sus labios mientras seguía—: actualmente manejo la mejor compañía de software de toda Oceanía.
—He leído su nombre en algunas páginas de Forbes durante las últimas semanas, pero no hay nada acerca de su amigo, Charles.
Suspiró con tristeza, observando a la nada.
—Mi amigo Charles murió hace dos años—Su voz ronca y profunda me acarició. Lucia triste, apagado y culpable.
— ¿Puedo saber lo que pasó?
Se mantuvo en silencio mientras se giraba sobre su eje y son una sonrisa triste, se sentó en uno de los sofás que adornaban en la esquina.
—Charles había perdido el juicio por una mujer. Estaba enamorado como un loco de ella. Nunca la conocí, era una mujer casada y como Charles era ya un empresario reconocido a nivel internacional, la prensa pisaba sus talones. —Sus ojos tristes estaban clavados sobre el suelo—. Mantuvieron su relación tan secreta que ni siquiera yo, su mejor amigo, llegué a conocerla, excepto un día, ella al parecer lo quería dejar y Charles en una rabieta y ebrio, condujo como un loco, tuvo un accidente que le quitó la vida de inmediato. Esa mujer lo había llevado a la perdición.
El hielo se cruzó en sus ojos y herido, tragó duramente, enviando la bilis de su garganta, directamente al estómago.
— ¿Nunca supiste quien fue?
—Sí, dormía todas las noches con ella. Era mi mujer.