Sus ojos verdes se encontraron con los grises en una batalla de voluntades. Odiaba a Oliver Volkov y odiaba haber olvidado cerrar la puerta con seguro. ¿Por qué ese hombre entraba como Pedro por su casa? No tenía ningún derecho a invadir su espacio.
—Nuestra —la corrigió—. No olvides que sigues viviendo bajo mi techo.
—¿Y acaso eso tiene importancia? —lo miró con rabia—. Usted sabe perfectamente que no tiene nada que hacer aquí… ¡Así que márchese!
—Me iré. Pero si he venido aquí no ha sido por gusto —habló despectivamente, como si el hecho de tener que verla fuera algo que detestaba.
—Entonces vaya al punto. ¿Qué es lo que quiere?—se cruzó de brazos, esperando con impaciencia por su respuesta. Respirar el mismo aire que Oliver Volkov le resultaba demasiado tóxico.
—¿Qué estás tramando? —la acusó sin rodeos—. Sé que esta idea de trabajar en la empresa no ha sido una idea inocente, Adriana. Antes pensaba que sí, pensaba que lo hacías porque realmente querías progresar y surgir. Recuerdo que eras una joven deseosa de evolucionar cuando te conocí. Pero esa Adriana es muy diferente a la que tengo parada frente a mí. Ahora creo que estás haciendo tu último intento por hacer que me arrepienta de mi decisión. Dime, ¿quieres que llore por tu amor y te suplique que no te marches? Te aseguro que no funcionara lo que estás tramando.
—¡Está demente! —negó, mientras lo observaba como si fuera un bicho raro—. Su cara me repugna y sus conjeturas sin sentido me repugnan mucho más. Váyase con Anastasia, seguramente lo está esperando en su habitación, así que quíteme la desdicha de tener que ver su cara por un segundo más—señaló a la puerta, esperando que se fuera de inmediato.
—¿Estoy demente? ¿Realmente crees que lo estoy? Estoy seguro de que no es eso lo que piensas, Adriana —habló con seguridad—. Lo que estás pensando en este momento es en cómo pudiste ser tan torpe para que tu plan se descubriera tan fácilmente—por un instante Adhara se preocupó, pensando que verdaderamente había descubierto su plan de llevar a la empresa a la ruina, pero entonces Oliver dijo—: Quieres darme celos y no funcionará.
—¿Qué?
Esta vez Adhara no pudo ocultar todo su desconcierto, le parecía estúpido lo que acababa de decir.
—Supe que hablaste con Esteban Belov y en vista de nuestro historial, estoy seguro de que lo hiciste para intentar darme celos —parecía no dudar ni un poco de su conclusión—. Es una medida desesperada, Adriana, pero te repito: no funcionará.
Adhara no pudo evitar burlarse. Era la cosa más estúpida que había escuchado en años.
—¿De qué te ríes?
A Oliver no le sentó nada bien su risa. Esto lo irritó demasiado.
—¡Usted es un imbécil, no me queda ninguna duda! —siguió carcajeándose en su cara un rato más.
—¡Basta! —ordenó de malhumor.
Pero la mujer, viendo que esto lo sacaba de sus casillas, continuo riendo, mientras disfrutaba de verlo perder los estribos por primera vez.
—¡Te he dicho que basta!
La risa de Adhara fue apagada cuando, sin previo aviso, Oliver Volkov la lanzó en la cama, haciendo que su espalda chocara con el mullido colchón, mientras su cuerpo grande y pesado se posicionaba encima de ella, inmovilizándola.
Se hizo el silencio en la habitación. Ya su risa dejo de escucharse, ni siquiera podía escuchar su propia respiración. El único sonido que había, como si se tratara de una alarma incesante, era el de los latidos de su corazón, cada vez más erráticos.
—¡Quítese! ¡Quítese de encima! —se desesperó, como si estuviera viviendo la peor de sus pesadillas.
«Este hombre es el asesino de mi hermana… este hombre la hizo infeliz hasta su último día, este hombre la engañó y la humilló. No podía permitir que la tocara», pensó con desesperación, mientras le daba un rodillazo directo a la entrepierna que lo hizo llorar como un niño chiquito.
Oliver se separó con un quejido, mientras se retorcía de dolor. Adhara observó la escena, sin saber exactamente que sentir, por un lado, había satisfacción al saberlo lastimado, pero, por el otro, aún seguía sin procesar lo que había ocurrido hacía un momento.
No le quedaba duda alguna, Oliver Volkov era un infeliz…
[…]
—¿Dónde estabas? —preguntó Anastasia al verlo entrar en la habitación que compartían.
Oliver no respondió de inmediato, se aproximó a la mesita de noche y tomo una copa del whisky que reposaba en la misma.
—¿Seguirás bebiendo así? No te hace bien —se preocupó la mujer al verlo tan sumergido en su mente—. ¿Dime qué te sucede? Quizás pueda ayudarte con eso…—se acercó de forma sugerente.
Oliver se la quedo mirando un momento, antes de negar.
—No estoy de humor para eso.
—¿Por qué? —insistió Anastasia al saberse rechazada. Eso no le sentó para nada bien. Ella era Anastasia Sidorov, la modelo más famosa y cotizada de toda Rusia. No aceptaba un "no" como respuesta.
—Ya te lo dije, no estoy de humor —respondió Oliver más exasperado que antes.
Como la niña mimada que era, Anastasia abandonó la habitación en su mejor intento de hacer un berrinche.
—Muy bien, entonces quédate solo esta noche —dijo cerrando la puerta tras de sí y pensando en lo diferente que era este Oliver, no tenía nada que ver con el Oliver que le había profesado su amor en el pasado y eso hizo que su mente viaja a aquel día en particular…