A la hora de almuerzo, Adhara se encontró merodeando la cafetería de la empresa, mientras buscaba un rostro en particular. Volvió a mirar su teléfono celular y visualizo por vigésima vez la foto de Esteban Belov, director de tecnología automotriz.
Se suponía que aquel iba a ser un encuentro casual, había averiguado que solía venir aquí por su café favorito. Ella hacía diez minutos que había recibido su orden, pero no se despegó del mostrador, esperando por la entrada triunfal de Esteban.
Estaba a punto de darse por vencida, cuando lo vio cruzar las puertas de la cafetería. Llevaba una camisa de rayas en tonos grises, mientras su saco estaba colgado de su hombro de manera muy casual. Cabello castaño, ojos marrones y unas cejas pobladas que le daban una apariencia de ferocidad. Seguramente rondaba sus cuarenta y tantos, pero era un hombre bastante apuesto.
Adhara respiró profundamente y se despegó del mostrador finalmente. Sacó su teléfono celular, aparentando revisar sus notificaciones, mientras con su otra mano, sostenía el café hirviente. Un minuto después, Esteban había soltado un jadeo de dolor.
—¡Lo siento! ¡Lo siento! —dijo rápidamente, su tono de voz era preocupado y angustiado, aunque ya sabía con anticipación lo que iba a suceder.
—Oh, no pasa nada. Eres…—la miró por un instante antes de reconocerla—. Adriana—una sonrisa se dibujó en sus labios.
Aquella familiaridad en sus facciones hizo que Adhara se preguntara que tan cercano serían este hombre y su hermana… Parecía haber una expresión de cariño en esas cejas negras y pobladas.
—Hola —contestó, tentativamente. Pensando en que si de alguna manera era cercano a Adriana, entonces esto sería más fácil de lo esperado.
—¿Cómo estás? No esperaba verte de nuevo. Bueno, eh decir... escuché que habías regresado a la empresa, pero… pensé que te dedicarías a evitarme —soltó de forma un poco ansiosa y apenada.
«¿Quién era Esteban Belov en la vida de su hermana?», se preguntó Adhara, tomando como nota mental buscar esa información en su diario. Estaba segura de que Adriana debió escribir por lo menos una página al respecto.
Pero en este momento, sabiendo que no tenía más opción que improvisar, volvió a sonreír.
—Sí, estoy de vuelta —dijo después de un momento, midiendo cada una de sus palabras, no quería cometer un error—. Ha pasado mucho tiempo, así que lo pasado ya no tiene importancia —esperaba que esa respuesta genérica, quitara cualquier duda de la mente de Esteban. En realidad no sabía qué había pasado entre su hermana y él, pero prefería no tocar ese tema.
—¿Estás segura, Adriana? La última vez dijiste que lo mejor era mantenernos lejos. Aún recuerdo cada una de tus palabras —la añoranza empañaba su voz, a pesar de que recordaba ese momento con tristeza. Parecía anhelar que Adriana cambiara de opinión al respecto y ella le daría justamente eso.
—Cambie de parecer, Esteban. ¿Te gustaría tomar un café?—luego, mirando a su camisa empapada, añadió—: De verdad lo siento, no quise derramarte mi café. Permíteme limpiarte, por favor—saco una servilleta que llevaba en el bolsillo previamente preparada y se acercó, pero Esteban retrocedió como si sus manos estuvieran en llamas.
—No —se negó entonces, mirándola con vehemencia—. Te aseguro que no querrás repetir lo que sucedió la última vez que te acercaste así a mí.
Adhara frunció el ceño. «¿De qué estaba hablando?», se preguntó cada vez más intrigada.
—Es solo una servilleta, Esteban, quiero limpiar la mancha—señalo el área salpicada de su camisa.
El hombre se lo pensó por un momento y luego asintió. Adhara ya no se sentía con tanta confianza, pero de igual forma cumplió con su cometido, noto entonces como Esteban crispaba los labios y como parecía respirar de formas más superficial.
—Cambiaste tu perfume —dijo cuando se separó.
—¿Qué? —la sorpresa la invadió al instante.
—Tu perfume antes era más afrutado. Recuerdo que te gustaban de esas fragancias de cereza —mencionó—. Cuando decidiste que ya no querías ser mi amiga, pase mucho tiempo intentando conseguir un perfume similar—su sonrisa se volvió una mueca triste, antes de volver a mirarla—. Adriana, sé que cometí un error, pero tu amistad es algo que siempre voy a valorar.
—Yo no sé qué decir… —susurró dándose cuenta de que la historia entre este hombre y su hermana era más profunda de lo que podría imaginar.
Esa noche, Adhara tomó nuevamente el diario de su hermana, revisando cada título hasta que dio con uno que le llamo la atención: “Nuestra amistad terminó”.
Sintiéndose nuevamente un poco culpable, se dispuso a leer esa página, mientras descubría un poco de lo sucedido entre Esteban y Adriana.
“Me ha confesado que me quiere. Parecía sincero al respecto. Ha sido mi único amigo desde que comencé a trabajar en esta empresa, así que no sé si sea correcto cruzar la línea de la amistad. La verdad es que a pesar de que lo quiero, no puedo olvidar al señor Oliver. Últimamente, ha estado un poco distante, pero me dejo en claro que no tolerara faltas de respeto. Quiero demostrarle que no hay nadie más en mi corazón, así que he decidido cortar con esta amistad.”, Adhara leyó, percatándose de que aquel era un párrafo escrito por su hermana antes de que las cosas salieran mal. Más abajo decía: “Ha sido un desastre. Esteban se puso muy molesto y me dijo que era una tonta si creía que Oliver me tomaba en serio, le he dado una bofetada de la cual me arrepiento, pero sus palabras me hirieron profundamente. Amo a Oliver, así que evidentemente no quiero escuchar algo como eso. Aun así, Esteban se quiso disculpar y… me ha besado. Pero el señor Oliver apareció y le dio un puñetazo. Le he prometido que nunca más me acercaré a él.”
Adhara se sintió exasperada, no entendía por qué ese hombre había insistido tanto en meterse en la vida de su hermana si no la amaba. Hasta parecía que había tenido un ataque de celos.
«Infeliz», pensó con frustración.
—¿Qué estás haciendo?
Un escalofrío le recorrió el cuerpo entero, mientras escuchaba esas palabras provenientes de la voz de Oliver. Se giró enojada, sus ojos ardiendo del coraje que estaba sintiendo en ese preciso instante.
—¿Qué hace en mi habitación? —lo encaró desafiante.