T R E S

1207 Words
—¡Sigo sin creer que tengas tantos! —Ella, Penélope, gritaba conmocionada seguramente frente a su ordenador. —No creo que eso sea especialmente bueno... —Comenté yo, también frente a la pantalla, mientras que con la boca abierta y ambos ojos abiertos como platos contemplaba los que serían “mis pretendientes” Ese día se ponía interesante, comencé con los humos bajos, deprimida por falta de dinero, hasta llegar a tener quince personas, en un perfil que ni siquiera yo había creado, pero que estaban allí. En cinco minutos, cinco minutos que ni Penélope, ni yo, podíamos creer. Suspiré sonoramente, estaba cansada, agotada o algo mucho peor. Tenía un momento de esos en los que solo quieres tumbarte, meterte en la cama y no salir hasta haber pasado una semana, un mes o un año. En ese momento, llevaba una cómoda bata, fina y rosa, que un día compré en un mercadillo, y eran las voces de telenovela las que me hacían compañía. —El número cinco no está mal. —Habló Penélope, despertándome de mi sueño. Me dirigí hacia el número cinco, estaba bastante bien, sus fotos eran básicamente en barcos, islas y aviones, con ropa cara, muy muy cara, y con otras chicas junto a él. —No sé, ¿cuarenta años? —Soné poco convencida. —No es que me importe pero, no querría pasar de los... —¿Treinta y cinco? —Sugirió ella. —Sí, supongo. —¿Y sí...? —¿Penélope? Cuelgo un momento, tengo una llamada pérdida. Antes de oír su respuesta, colgué y recibí una nueva llamada. Un número desconocido apareció en mi pantalla, que enseguida me limité a ignorar, pero el sonido era insistente aunque el número cambiaba. Al tercer número y cuarta llamada me rendí, y decidí contestar. —¿Hola? —Dije, atenta a la voz que me esperaba al otro lado. —Hola, esto... Soy Travis Müller y... Hice memoria, su nombre se me hacía conocido, y pronto lo supe, realmente era el chico, ese chico que nos hizo a Penélope y a mí matarnos de risa. —¡Oh! ¿Tú no eres el que no está casado? —Me burlé, riendo sonoramente. —Exacto. —Afirmó él sin el mínimo apuro, soltando un suspiro. —Pero ahora en serio, ¿estás casado? —Me limité a preguntar de forma seria, si era para lo que yo creía, no iba a permitir que nadie me usara como amante para engañar a su familia. No, eso nunca lo permitiría. —¡No, no, en serio no! —Su loca y desesperada respuesta me hizo sonreír. —Entiendo, yo soy Amanda Fischer. —Al fin estuve dispuesta a presentarme formalmente. —Encantada de conocerlo señor Travis Müller, no en serio, no casado. —Dije, tomándome la libertad de poder bromear. —¿Y qué quieres? —¿Te gustaría ir a tomar un café algún día de estos? —Una vez su pregunta llegó a mí, vi de nuevo el número, y sostuve el portátil entre mis piernas, para así poder ver mejor su perfil. Era un hombre guapo, de apenas unos veintisiete años, rubio y de ojos azules, y por lo que pude ver en su perfil, era empresario. Le gustaban los niños, y en todas sus fotos aparecía con una persona distinta, de gran importancia. ¿Realmente quería que alguien así invadiese mi vida? —Mira Travis... Parece que realmente quieres ir a tomar ese café, pero puedo asegurarte que yo no soy lo que tú quieres. —Le afirmé. —No soy alguien que mantenga la boca cerrada fácilmente, protesto y digo lo que pienso, quizás demasiado. No trabajo, estudio, pero no me gustan los lujos innecesarios, no quiero más dinero del cual pueda gastar, y por supuesto, no quiero ser la niñita mimada de nadie. Lo entiendes, ¿verdad? —La línea, de repente, se llenó de silencio, un silencio supulcral que se extendió un par de minutos. —Lo entiendo, de verdad. Pero es por eso mismo que deseo verte. —En ese momento él me dejó con las palabras atascadas en la garganta. Aún con todo lo que le había soltado, él estaba dispuesto a verme. —Te mantendré informada. —Y sucesivamente colgó. Suspiré con la vista perdida en algún punto del suelo de baldosas. El móvil vibró sobre mi mano, y con urgencia lo atendí. Era un mensaje, de esos mismos dígitos que me habían dejado extremadamente colgada con la protesta en la boca. Agendé el número como “Travis/Empresario” y leí su mensaje detenidamente. —A las cinco y media, en el café al lado del gran edificio Müller, te estaré esperando allí. Miré el reloj de pared que hace poco había colgado, sus manecillas consiguieron alterarme. Salté del sofá con el móvil en la palma de mi mano derecha, mientras corría hacia mi minúscula habitación, vestirme para una cita con un extraño millonario, y así intentar pagar los estudios que yo tanto ansiaba. Miré rendida mi armario, estaba en la misma encrucijada que al principio de la mañana, no tenía ni una mísera de ropa formal. O tan siquiera ¿sexy? Sacudí la cabeza, no pensaba ir sexy, no pensaba ir demasiado arreglada, iría tal y como yo soy. Cogí mis vaqueros oscuros favoritos, rotos en ambas de las rodillas, coloqué una camiseta color blanco y encima de esta una chaqueta vaquera negra, normal. Miré la hora en mi móvil, las cinco menos cuarto. Busqué unos zapatos, y me puse las primeras deportivas que cogí. Un gorro n***o de lana que mi tía María me había mandado desde España, y con el bolso y las llaves ya todo estaba listo. Salí corriendo por las escaleras, la hora se adelantaba a mí y el reloj hacía TIC TAC. Al llegar a la transitada calle, en unos minutos conseguí un taxi decente el cual me llevara hasta donde le pedí, pero su expresión fue de sorpresa al nombrar el edificio Müller. —¿Es una urgencia? —Preguntó. ¿Realmente era una urgencia? —Tengo una reunión. —Me limité a decir. El señor de mediana edad se sorprendió, miró al frente, y con una seriedad increíble, dijo. —Ahora mismo estará allí señorita. —Pisó el acelerador, iba considerablemente rápido, pero lo permitido según la seguridad. En ese momento lo pensé mejor, quizás me había confundido con alguien importante, y si eso era así, no se sentía tan mal. Disfruté la sensación del viaje, fueron veinte tres minutos y treinta segundos exactos, llegué allí con casi cinco minutos de adelanto. ¡Sí que se sentía bien tener algo que hacer! Hacía demasiado tiempo que no salía a tomar un café, y esta vez había conseguido superarme. En el tramo al café, busqué a la persona causante de mi cita. ¡Era nada más y nada menos que Travis Müller! Sí, eso yo ya lo sabía, sabía que era empresario, pero no el empresario. El chico de veintisiete años responsable de la empresa de comunicaciones más importante de Alemania, el chico considerado soltero del año, por dos años seguidos, y además de todo eso, era alguien humilde, a quien le gustaba recaudar y donar a causas mayores que todos nosotros, quien no presumía en redes de lo que tenía ni de lo que daba. Era simplemente un muchacho que había triunfado en la vida, tanto o más de lo que yo desearía triunfar. Pero tras todo eso, se me hacía bastante conocido, personalmente hablando.
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