Observo a August con desconfianza, pero sin dejarme ver débil, por lo que me cruzo de brazos a la altura de mi pecho y entonces alzo una ceja en su dirección. —Pensé que estabas en la cárcel, August —digo con un tono despectivo. El hombre frente a mi muerde su labio inferior y entonces suspira derrotado. —Solo estaba bebido, Ema, por eso actué de esa forma… —ladea su rostro y entonces me dedica una mirada cargada de arrepentimiento, una que jamás en todos estos años había visto en él. —Ema, creo que lo mejor es que nos vayamos —dice Jaede al ponerse de pie y detenerse a mi lado con una actitud protectora. —Por favor, dame un minuto para proponerte algo —pide al juntar sus manos en una señal de súplica—. Pueden entrar ambas a mi oficina, pues no les haré nada, lo prometo, solo quiero

