GRETA —Debo decir que me sorprende que haya querido hablar el día de hoy —menciona aquella estúpida psicóloga con la que la jueza me había enviado a cumplir sentencia. Le sonrío y finjo que me sentía conmovida por la sarta de mentiras que le había dicho, entre ellas, que mi difunto marido era un abusivo, cuando yo sabía perfectamente que nunca fue así, pero necesitaba que ella me viera como una pobre anciana víctima de las situaciones que la vida me había puesto. —A veces solo se necesita sacar de adentro todo lo que se lleva acumulado por años —susurro y entonces seco mis lágrimas de cocodrilo. La mujer me extiende un pañuelo y yo lo tomo para secarme los ojos—. ¿Cree usted que soy una persona inestable? —cuestiono con doble intención. —¿Por qué lo pregunta? —Es que hoy por la maña

