Hace ocho años en las tierras del reino de Uulen, por un valle rocoso cerca de la frontera con Erdes, a pies de las montañas al sur del reino, caminaba un hombre joven, era alto, rubio y con ojos azules, llevaba puesta una túnica marrón que cubría su cuerpo del cuello hasta las rodillas. Llevaba pantalones negros y botas de cuero, cargaba con un costal lleno de todo tipo de frutas y verduras con su mano derecha y con su otra mano llevaba unas cuantas liebres muertas que probablemente él había casado. El hombre caminaba hacia el sur rumbo a las montañas, mostraba agotamiento con cada paso debido al fuerte sol del medio día que caía sobre él. De pronto, a lo lejos comenzó a observar como un grupo de aves volaba en círculos no muy lejos del suelo, eran unas aves particularmente grandes y con plumaje color n***o. El hombre miró con detalle al suelo y vio que justo bajo el lugar donde volaban yacía un cuerpo tirado en el suelo―Eso es…―dijo y apresuró el paso, cuando estuvo cerca del cuerpo las aves comenzaron a tomar distancia mientras el hombre permanecía atento a cualquier movimiento de las mismas. Se trataba de un chico vestido con túnica y pantalones de lana desgarrados por todos lados, lo único que pudo destacar era su cabello rubio, el resto de su estado era moribundo, su piel estaba reseca y el hombre comenzó a preguntarse cuantos días llevaba allí tirado.
―Pobre…―dijo y vio como de pronto la boca del chico comenzó a moverse pero sin emitir ningún ruido―¿Estas vivo?―dijo e inmediatamente soltó sus cosas y se despojó de su túnica, en un cinturón que llevaba, tenía colgado un par de cuchillos y una clase de recipiente, lo tomó y lo abrió, se agachó y luego tomó al chico en sus brazos y comenzó a derramar el contenido del recipiente en la boca del pequeño con sumo cuidado, de pronto sus resecos labios comenzaron a tomar color, y tras unos minutos el chico comenzó a abrir poco a poco sus ojos, azules como el cielo. “Padre” dijo con esfuerzo el chico y luego volvió a cerrar los ojos―Tu…―dijo tras ver los ojos del pequeño― ¿Qué hace él aquí? ―dijo y de pronto un destello lo golpeó en los ojos, volteó a ver y vio que tirada en el suelo cerca de donde estaba el chico había una peculiar y brillante espada a lo que el hombre se quedó sorprendido―Ya veo…―dijo el hombre y se colocó de pie cargando al pequeño. Tomó sus cosas dejando la túnica allí tirada y luego se agachó un poco para tomar aquella peculiar espada―Vamos chico―dijo y siguió su camino ahora llevando al joven moribundo con él.
Tras subir unos kilómetros de la montaña, el hombre llegó hasta una casa de madera en medio de la nada. Por fuera era simple y pequeña, tenía una puerta también de madera, y una ventana a cada lado también de madera que permanecía cerradas. A unos metros de la misma había rastros de una fogata, donde seguramente preparaba sus alimentos. Entró allí y el interior tampoco era la gran cosa, había una cama en el lado izquierdo de la casa, que no parecía muy cómoda, una silla y mesa de madera en medio del lugar, donde seguramente el hombre se sentaba a comer. En un rincón, había un recipiente de barro lleno de agua y algunos otros utensilios de cocina como recipientes para hervir el agua, también unos cuantos cajones de madera pegados a las paredes, nada destacable. Tras tirar sus cosas cerca de la entrada recostó al chico sobre la cama y luego procedió a despojarlo de sus vestimentas con el mayor cuidado. Una vez completamente desnudo comenzó a tomar trapos de un cajón que estaba en la pared opuesta a la entrada, los remojó en otro recipiente y comenzó a colocar sobre diferentes partes del cuerpo del chico―Con eso debería bastar por ahora―dijo el hombre y procedió a recoger sus cosas, acomodándolas en diferentes lugares de la casa, las frutas y verduras las lavó y luego guardó en diferentes cajones. Tomó las liebres y salió de la casa, una vez afuera se sentó en el suelo y con un cuchillo procedió a sacarles la piel a los animales. Una vez terminado el trabajo guardó la carne en una especie de redes y las colgó en un tendedero fuera de la casa.
Tras todo este proceso tomó los trapos del cuerpo del chico y volvió a hacer lo mismo, colocando algunos en diferentes lugares que antes. El hombre hizo esto un par de veces más en el trascurso del día hasta que finalmente cayó la noche. Tras darse un estirón, se recostó sobre la silla―Bien, buenas noches―dijo mirando al chico aun inconsciente, pero sin duda en mejor estado. Sus ojos se cerraron inmediatamente.
A la mañana siguiente, el chico tras un largo sueño abrió lentamente sus ojos para ver un techo de madera sobre el― ¿Dónde…? ―decía mientras despertaba. De pronto se levantó de golpe sentándose sobre la cama y comenzó a mirar en todas las direcciones― ¿Eh? ¿Qué es esto? ¿Dónde estoy? ―decía desorientado.
―Buenos días, chico―saludó el hombre llamando la atención del chico.
― ¿Eh? ―dijo volteando a verlo― ¿¡Quién eres tú!?―dijo levantándose rápidamente de la cama― ¿Dónde está…? ―dijo buscando por el lugar.
―Hablas de eso―dijo apuntando a la espada que yacía recostada en un rincón―dijo y el chico inmediatamente corrió hacia el lugar para tomarla, luego la apuntó hacia el hombre.
― ¡No te muevas! ¡No tienes idea de lo que esto puede hacer! ―amenazó al hombre mientras sus ojos reflejaban un fuerte miedo del que el hombre se percató.
―Pobre chico…―dijo en voz baja algo melancólico.
― ¿Qué? ¿¡Que fue lo que dijiste!?―preguntó el chico aun tembloroso. El hombre soltó un suspiro y luego habló.
―Escúchame mocoso. Primero que nada, no me amenaces mientras vas en pelotas ¡Date tu lugar! ―dijo dejando al chico confundido.
― ¿Pelotas…? ―dijo mirándose a sí mismo― ¿¡Eh!?―exclamó al percatarse e inmediatamente soltó su espada y cubrió sus partes― ¿¡Por qué!? ¿¡Porque estoy desnudo!? ¿Qué fue lo que hiciste? ―no dejaba de quejarse imaginándose los peores escenarios. El hombre inmediatamente estalló en carcajadas― ¡No te rías, descarado! ―reclamó el joven.
―Lo siento, lo siento―decía apagando su risa―Solo cálmate por favor, no voy a hacerte daño―dijo y se levantó de la silla, caminó hasta el cajón y sacó una muda de ropa, un pantalón azul y una camisa amarilla―Toma, vístete―dijo lanzando la ropa sobre la cama, luego salió del lugar dejando solo al pequeño. El chico asintió y tras calmarse un poco procedió a vestirse, una vez listo salió de la casa y encontró al hombre sentado frente a una fogata, moviendo con una paleta el contenido de una vasija que estaba sobre el fuego, llena de agua y verduras picadas.
―Oiga…―decía el pequeño algo nervioso por la escena de antes― ¿Quién eres tú? ―dijo y el hombre volteó a mirarlo sin decir nada― ¿Cómo fue que llegué aquí? ―preguntó y tampoco recibió respuesta lo que terminó por enfadarlo― ¡Oye, di algo! ―reclamó y el hombre se puso de pie levantando la vasija con un pañuelo a lo que el chico retrocedió asustado.
―Luego responderé tus preguntas, por ahora ven aquí y come algo―dijo entrando de vuelta a la casa, el chico asintió y lo siguió. El chico se sentó en la silla de madera y el hombre sacó un plato y lo colocó sobre la mesa, luego vertió lo que había cocinado antes―Es sopa, come―dijo y tomó una cuchara y procedió a comer a toda prisa sin importarle lo caliente que estaba―No comas tan rápido…―dijo el hombre al observarlo. Tras unos minutos sin decir nada el hombre habló― ¿Cuál es tu nombre? ―preguntó el hombre seriamente.
―Yo…no creo que deba…―dudaba el chico.
―Soy Lectro, ¿Cuál es tu nombre? ―preguntó tras revelar su nombre lo que indicó al chico que podía confiar en él.
―Soy Kenny, todos me llaman Ken―se presentó el chico.
―Bien, escucha Kenny, alguna vez viví en la ciudadela de Uulen, esa espada que llevas no es cualquier arma ¿No es así? ―dijo y el chico asintió comenzando a confiar en el hombre―Entonces lo sabes, bien, por favor cuéntame, ¿Qué paso en Uulen? ―preguntó sin más. Tras pensarlo un poco el chico finalmente procedió a contarle al hombre lo ocurrido. Tras contarle todo con sumo detalle el hombre se puso a pensar un buen rato―Vaya situación―dijo tras mucho pensar―Entonces tu padre era el protector actual―dijo y el chico asintió―Ya, y luego va y manda a su hijo solo por el mundo con tal arma, vaya hombre―dijo y el chico le miró enfadado.
― ¡Mi padre confía en mí! ―reclamó al hombre.
―Sí, si―dijo colocándose de pie y caminó hasta la puerta―Escucha mocoso, puedo ayudarte si así lo deseas―propuso el hombre.
― ¿Ayudarme? ―dijo confundido.
―Sí, con eso de allí―dijo apuntando a la espada―Te lo dije ¿No? Alguna viví en la ciudadela, todos los guerreros de Uulen son entrenados para poder usar esa espada―reveló el hombre.
― ¿Eh? ¿Perteneciste a la guardia de Uulen? ¿Y qué pasó? ―preguntó con gran curiosidad.
―Me retiré hace doce años tras sufrir una grave herida―reveló el hombre―Pero, estoy en forma y puedo ayudarte ¿Qué me dices? ―preguntó una vez más.
― ¡Si! ¡Ayúdeme por favor! ―pidió con gran emoción.
―Está decidido entonces, comenzaremos mañana, aun debes recuperar tus fuerzas, así que descansa por hoy―dijo y el chico asintió.