CAPÍTULO 11

1641 Words
 En el 2013. Un par de ruedas que giran a lo largo de una vía de asfalto, el viento que sopla mucho más rápido en el rostro de Dylan agitando su cabello, un pensamiento acaparando todos los sentidos de este motociclista enamorado en una autopista desierta que parece infinita mirándola desde la perspectiva humana, un nombre que estremece su cuerpo desde hace quince años haciendo erizar hasta la fibra más recóndita de su piel.... Rose. Al mismo tiempo en la mansión Trop una despeinada Rose se levantaba un poco tarde para asistir a su compromiso con el trabajo comunitario. Bricando en un sólo pie tratando de entrar en su pantalón mientras cepillaba sus dientes al mismo tiempo cayendo al suelo luego de perder el equilibrio, su agenda era un completo desastre al igual que su vida. A pesar de los innumerables lujos que podía tener, siempre sentía un enorme vacío que el dinero jamás a podido cubrir. Obviamente era muy placentero los viajes en crucero, las fiestas privadas en su yate, los automóviles último modelo, y pare usted de contar las miles de decadencias más de las cuales podía presumir esta hermosa pelirroja además de una belleza impresionante. Pero cuando las luces se apagaban, las personas se iban, y el champán dejaba de producir burbujas, era justamente cuando ella lograba sentir ese sentimiento de estar incompleta, esa impresión inquietante de necesitar el amor de una persona real, besar unos labios que sí la quemaran, acariciar una piel que se estremeciera con sus caricias. De momento son cosas que parecen no tener importancia, aún así, cuando crees tenerlo todo, pero sientes no tener nada, esas cosas insignificantes comienzan a cobrar una importancia abismal. Aún más cuando vives al lado de una persona que te hace sentir completamente en soledad. — ¿Apresurada? — preguntó Alex Trop recostándose del marco de la puerta. — Estoy realmente retrasada para llegar a tiempo a la cita de trabajo comunitario — finalmente colocándose el pantalón tirada sobre el suelo — te lo dije pantalón estúpido, aquí mando yo. — ¿No has olvidado que día es hoy, cierto? — Eh.... ¿viernes? — ¡Viernes 12 de Noviembre Rose! — ¡Ah si claro! — dijo Rose sarcásticamente — el cumpleaños de tu ex. — Ya lo hemos hablado mil veces Rose, ella es solamente una buena amiga. Además su padre es un socio directo de mi padre, debo asistir a su fiesta de cumpleaños, qué, dicho sea de paso es la celebración más gran de toda la ciudad, todo mundo estará allí. Así qué te quiero representable para la ocasión, debes estar a la altura para representar de manera digna tu papel como mi novia. — No te preocupes Alex, así será — aseguró — tú solo debes preocuparte por llevarle un lindo regalo a tu querida ex. — no tengo tiempo para esto — expresó disponiéndose a marcharse. — ¡Alex! — ¿Ahora que quieres? — expresó con apatía. — ¿Qué harías por mí? — ¿Qué haría de qué o qué? — respondió extrañado — habla claramente que no te entiendo una palabra. — Bueno es decir... ¿qué harías por mí?, por mi amor, para salvarme cuando más necesite de tí. — Es la pregunta más estúpida que he escuchado en mi vida, por favor madura de una vez por todas Rose, no tienes quince años, ya eres toda una adulta. Por pensamientos tan imbéciles es qué estás metida en ese trabajo comunitario — gritó abandonado la habitación. — Sí, tienes razón — murmuró para sí misma estando cabizbaja. En 1940. Era tiempos oscuros dónde la ignorancia reinaba campante alrededor de todo el mundo, observar a millones de personas matarse salvajemente contra otros millones de seres humanos más era mucho más común que presenciar a un hombre proclamar su amor por otro, simplemente la homosexualidad estaba prohibida. — ¿Qué mierda te pasa? — gritó Ken Adams lleno de rabia empujando bruscamente a su sargento — ¿te has vuelto completamente loco? — Si le dices a alguien en el campamento juro por Dios que te mató con mis propias manos. — ¿Crees que seré tan estúpido para decir que un hombre trató se besarme? — Suena horrible si lo dices así, solo.. Por favor no lo veas así. — ¿Entonces como esperas que lo vea? — Es algo muy difícil de explicar Ken, la primera vez que te ví no lo noté, pero a medida que te fui conociendo, esa entrega, ese espíritu inquebrantable, ese amor por tu hija. Ken, para mí no es fácil decir esto, pero creo que me enamoré de tí. — Solamente alejate de mí — respondió despectivamente siguiendo su camino. — ¡Ken! , ¡vuelve aquí! , ¡es una orden! — gritó fallidamente puesto que sin importar que dijera, Ken jamás detuvo su andar. En Londres un fontanero salía feliz y complacido de la casa de Ken Adams luego de un servicio especial en el cual se vió ampliamente favorecido. Una enorme sonrisa en su rostro representaba esa victoria moral sobre el precio de su trabajo, al mismo tiempo Isabel también salía de su casa acompañándole con una extraña mueca entre tristeza y decepción. Claramente no fue lo que ella esperaba, pero en su errado pensamiento trataba de convencerse a sí misma que debía acostumbrarse puesto que se hizo a la idea qué su esposo no regresaría con vida de esa feroz guerra. — Esperaré con ansias a que su tubería vuelva a presentar fallas, fue todo un ... placer, hacer negocios con usted — expresó el fontanero Dann con lujuria en sus palabras. — Seguramente señor Dann — respondió con una hipócrita sonrisa. — Bueno, tengo que irme. La señora Dann debe estar preocupada por mí — dijo riendo alzando su maletín de herramientas para luego marcharse — adiós pequeña Elizabeth. Luego de qué el fontanero Dann se marchó por completo, la arrepentida Isabel se acercaría a su hija que yacía sentada en una barda de madera frente a la casa. — Te prohíbo que me veas con esa cara jovencita. — ¿Porqué mamá?, ¿te da remordimiento haberte cogido al fontanero mientras papá arriesga su vida por esta nación? — ¡Elizabeth!, ¡no olvides que soy tu madre! — ¿Y que harás cuando papá regrese?, ¿fingirás que nada de esto pasó? — ¡Despierta Elizabeth!, ¡tu papá no regresará! — Mi papá siempre cumple sus promesas — Ah si claro, te refieres al trozo de papel que te firmó. Abre los ojos niña, un pedazo de papel mugriento no va a evitar que le disparen en el pecho — dijo fríamente hiriendo los sentimentos de su hija. — ¿Sabes mamá? te compadezco, porque ya no tienes una razón para vivir. La guerra consumió tu corazón por completo, al menos yo tengo una esperanza, algo que me motiva a seguir luchando. ¿quién es la tonta aquí? — preguntó firmemente Elizabeth con lágrimas en sus ojos antes de salir corriendo al interior de su casa dejando a Isabel allí sentada muy pensativa. De vuelta a la carpa luego de una ardua caminata todos los soldados lamentaban la triste muerte de Reston quien corrió con la mala suerte de ser el único a quién no se le abrió el paracaídas, otros gemían de dolor por las enormes ampollas en sus pies. Por su parte Ken Adams solamente descansaba sobre su cama muy molesto por lo que había pasado con el sargento Podman, lo observaba con rabia desde la corta distancia de la carpa. Nadie en todo ese lugar siquiera imaginaba lo que pasaba en ese incómodo cruce de miradas, solamente ellos sabían, pero obviamente debían disimularlo muy bien. El teniente Graham ingresaba a la carpa de manera autoritaria como siempre lo hacia para comunicar las últimas noticias. — Bueno señores, solo quiero decir que ya fue localizado el cuerpo del soldado Reston, será acomodado y enviado en un ataúd a su familiares. — ¿Y eso es todo? — preguntó el soldado Stwar. — ¿Perdón? — preguntó el teniente sorprendido de que alguien replicara — ¿tiene algo que decir soldado? — Fue culpa de ustedes que Reston muriera. ¿y simplemente lo envían a su familiares como una bolsa de basura? — Le recuerdo soldado, que ustedes llegaron aquí de manera voluntaria. Al menos el soldado Reston tendrá la suerte de ser sepultado por su familia, muchos de ustedes morirán en una montaña donde se pudrirán bajo el sol sin que a nadie le importe. Me tiene sin cuidado sus lloriqueos de niñitas, ustedes están aquí para pelear en una guerra, y en las guerras se mueren personas a cada segundo. Ahora no me haga perder el tiempo con sus homosexualidades, meta su lengua dentro de su culo para no escuchemos su asquerosa voz en lo que queda de la noche soldado. — ¡Señor, sí señor! — gritó Stwar haciendo el saludo militar. — Muy bien, ahora sólo quiero decirles que mañana saldremos en un vuelo rumbo a Dunkerque a las cuatrocientas, le aconsejo aprovechar cada segundo para dormir y recuperar fuerzas — sugirió el teniente — ¡fuera luces! Todas las luces se apagaron rápidamente dejando una enorme oscuridad tan abrumadora como el silencio que rodeaba toda la carpa, todos los soldados pensaban a gritos dentro de sus cabezas lamentándose por haber decidido venir, pero ningún pensamiento era tan agobiante como los que atacaban a Ken, En lugar de pensar en ese vuelo que posiblemente sería el último de su vida, pensaba en lo ocurrido con el sargento Podman. Una mezcla de ira y repudio recorrían su cuerpo combinada de una extraña sensación que era acompañada por una perturbadora pregunta. ¿porqué no podía dejar de pensar en ese beso? 
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