CAPÍTULO 10

1310 Words
 En 1940. Los días pasaron de entrenamiento en entrenamiento. Los novatos que habían llegado de manera voluntaria sin saber en donde se estaban metiendo paulatinamente estaban logrando la meta de convertirse en soldados aptos para el campo de batalla; el último día de preparación sería el más peligroso de todos, puesto que debían aprender a lanzarse de un avión en movimiento usando un paracaídas como única protección. Esa era la única manera de llegar a Dunkerque a tiempo para apoyar a los batallones que luchaban ferozmente contra las fuerzas nazis. Todos ese día amanecían preparándose para esa enorme prueba que se venía. No existía espacio para el miedo dentro de estos hombres que se acercaban a un verdadero infierno, muchos se arrepintieron de su decisión de unirse al ejército, pero ya era demasiado tarde para lamentaciones, solo quedaba remar contra la corriente mientras se rezaba por no morir. Finalmente pasada una semana los demás soldados comenzaban a tenerle respeto a Ken luego de ser capaz de darle esa lección al sargento Podman. Muchos se acercaban a él para hacerlo sentir dentro del grupo al mismo tiempo que se preparaban para salir y subirse en ese temido avión. — Hey Ken. ¿que cuentas amigo? — dijo el ya conocido James Stwar acercándose — quiero presentarte a algunos amigos del pelotón. Ellos son Sanders, Payton, Pinnar y Reston. El de allá es Smoloski; Cristen y Bardon están por la entrada, ese del libro es Curtis, al fondo están Nethan, Simmons, Parker y Barry. Somos solo algunos integrantes de este maravilloso pelotón. Muchos saludaron con amabilidad, otros simplemente con indiferencia. A la mayoría no les importaba conocer a nadie, solo tenían mente para ese gigantesco reto que se les presentaba esa tarde. Eran muy pocos los que habían tenido la oportunidad de subirse a un avión, pero de todo el pelotón solamente el sargento Alex Podman sabía lo que era saltar de uno. Las hélices comenzaban a girar, las turbinas impulsaban a esa inmensa nave que lentamente se alejaba cada vez más y más del suelo. Rápidamente lo único que se podía ver a través de las ventanillas eran nubes; todos los soldados estaba sentados en hileras con el paracaídas colocado en la espalda esperando llegar al punto indicado para saltar. Algunos rezaban producto del miedo que hacía temblar sus piernas sin control, otros trataban de buscar valor en su interior, pero la puerta abierta dejando entra esa cantidad de viento no ayudaba para nada. — ¡Esto es una locura! — gritó James Stwar. — ¿A qué te refieres? — preguntó Sanders tratando de hacerse oír debido al potente ruido de las turbinas. — ¿No se han dado cuenta que nos van a enviar a una misión s*****a? — ¿Pero qué mierda estás diciendo Stwar?, ¿porqué crees algo así? — replicó el soldado Payton desde el otro lado. — Primero, nos enviarán en paracaídas y no en barco. Segundo sólo somos un pelotón de voluntarios con apenas una semana de entrenamiento. Tercero llegaremos a una batalla ya comenzada. — ¿Qué estás insinuando con todo esto James? — preguntó Pinnar un tanto preocupado. — ¿Qué no lo ven?, es demasiado fácil. Solamente nos quieren usar como carnada, seremos el tiro al blanco de esos nazis, la distracción mientras los verdaderos soldados escapan del fuego cruzado. — Te recomiendo que cierres tu apestosa boca James — amenazó el sargento Podman quien era el único soldado de pie señalando con su dedo índice el pecho de James Stwar. — Tú lo sabes, ¿verdad Podman?, eres cómplice en toda esta locura — reclamó Stwar. — Bueno tú te lo buscaste, saltarás primero — dijo el sargento Podman. — Sargento pero yo... — ¡Es una orden soldado! — gritó autoritariamente. — ¡Señor, sí señor! — respondió James Stwar acercándose a la puerta dispuesto a saltar. El fuerte viento ingresando a gran velocidad a través de la puerta golpeaba su uniforme sacudiendo también su cuerpo, no podía verse nada más que nubes blancas colmando todo el cielo infinito en el qué estaban sumergidos. Stwar decidió no darle más vueltas al asunto saltando de una vez sin pensarlo mucho desapareciendo en esa densa niebla delante de la vista de todos los demás soldados. — Soldado Pinnar usted es el siguiente. — ¡Señor, sí señor. Uno a uno fueron saltando del avión pasando la prueba final del entrenamiento, lo que significaba que estaban completamente listos para viajar a Dunkerque - Francia al día siguiente como apoyo para los batallones ingleses que llevaban semanas luchando en esas tierras contra los alemanes. Todos lograron llegar a tierra en perfecto estado dando gracias a sus respectivos dioses por haber pasado esa difícil prueba, todo a excepción de el soldado Reston quién correría con la mala fortuna de que su paracaídas no se abriría durante el descenso ocasionándole una horrible muerte a la que luego el ejército llamaría como "fallas técnicas". El solado Ken Adams fue el último en saltar de los soldados, justamente antes de el sargento Podman lo que ocasionó que ambos fueran los qué quedaran más alejados de la base militar a la que debían regresar caminado. Ken estaba exhausto, había sido la semana más difícil de su vida. Ahora debía atravesar un pequeño desierto seguido de un bosque montañoso para poder llegar a la base justo a tiempo para el vuelo de mañana a Dunkerque; sin dejar de preguntarse que estarían haciendo su esposa y su hija en ese preciso instante. A muchos kilómetros de ese lugar un fontanero terminaba de arreglar el fregadero de la cocina en la casa de Ken Adams, era un señor un poco mayor que decidió seguir trabajando a pesar de la terrible guerra y bombardeos de esa oscura época. — ¡Con eso está listo! — dijo el fontanero levantándose frente a Isabel. — ¡Oh que bueno!, pero como ya le dije, mi esposo lleva una semana que se fue a la guerra, yo estoy sola en casa con mi pequeña hija. No tengo como pagarle su increíble trabajo señor Dann — dijo la esposa de Ken. — Siempre hay una forma querida, siempre la hay — dijo el fontanero Dann acariciando los labios de Isabel. Luego de unos minutos Isabel Norton gemía de placer sobre la cama matrimonial dónde solía dormir con Ken mientras el fontanero Dann la cabargaba con lujuria, todo esto ocurría al mismo tiempo que Elizabeth esperaba afuera de la casa completamente inconforme con la actitud de su madre. Ken Adams caminaba sin ánimos llegando al bosque montañoso luego de haber atravesado todo el desierto, no podía más, estaba exhausto, así qué decidió descansar un momento recostado a un árbol. Para su asombro al levantar la vista vería a la corta distancia nada más y nada menos que al sargento Podman que lo estaba siguiendo. — Soldado Adams, ¿ha visto a algún integrante más del pelotón? — preguntó gritando desde la distancia. — ¡Negativo señor! — Bueno sigamos camiando antes de que se nos haga más tarde. — ¡Cómo diga señor! — ¡Ken! — preguntó Alex Podman saliéndose de su rol como sargento. — ¿Señor? — Sólo quería pedirte disculpas por todo lo pasado, empezamos con el pie izquierdo, y yo sólo quería mantener mi reputación para que todos los demás soldados no me perdieran respeto, ¿lo entiendes verdad? — Efectivamente señor, sin rencores. — Te admiro Ken, esa manera de resistir en el campo de pelea, jamás había visto a nadie con un espíritu tan fuerte — dijo el sargento Podman acercándose a él y tomándolo de la nuca con su mano. — Gracias Sargento, significa mucho para mí viniendo de usted — respondió Ken sonriendo. — ¡Qué bueno saber eso! — susurró el sargento Podman besándolo en la boca.
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