En 1940.
El frío arrasaba con la piel de los temblorosos soldados que trataban de resistir los embates de la inclemente madrugada, algunos completamente desnudos sentían como todos los vellos de sus cuerpos se congelaban de manera irremediable. Ken Adams se preparaba para la lucha cuerpo a cuerpo contra el sargento Podman causando la expectación de todos los presentes. Las reglas eran simples, el primero que lograra derribar a su oponente ganaba el derecho de ir a la carpa a resguardarse del invernal clima; Alex Podman llevaba amplia ventaja tanto en contextura física como en experiencia en este tipo de combates, pero Ken se mantenía optimista balanceándose de un lado al otro como el mejor de los boxeadores cuando sintió el puño de su sargento golpeándole fuertemente en el rostro de manera inesperada y repentina haciendo que cayera automáticamente al suelo. Su cabeza daba vueltas, era primera vez en su vida que recibía un golpe en una pelea, aún así no estaba dispuesto a rendirse. Apoyándose firmemente sobre sus rodillas se colocó nuevamente de pies cuando ya el sargento Podman estaba celebrando con una sonrisa mientras que comenzaba a colocarse la camisa.
— ¿No te rindes verdad? — preguntó Podman en forma de burla — nos salió masoquista el soldado Adams.
El sargento Podman hizo sonar su cuello girando su cabeza un poco para luego prepararse en posición de ataque nuevamente esperando el momento indicado para volver a golpear el rostro de Ken mientras que éste a su vez trataba de ser más ágil moviéndose de un lado a otro rápidamente, pero finalmente obteniendo el mismo resultado. Una vez más su espalda golpeaba el piso luego de recibir otro potente puñetazo en el rostro; Podman reía una vez más, estaba seguro que ahora sí se quedaría en el suelo, al fin podía regresar a la carpa para continuar descansando, pero no contaba con el espíritu inquebrantable de el terco Ken Adams quién se levantaba contra todo pronóstico.
— ¡Oh!, ¿tercer round? — preguntó el desalmado sargento Podman para luego golpear fuertemente el rostro de Ken una vez más arrojándolo al suelo, esperando que esta vez fuera la definitiva.
Ken Adams veía como su boca sangraba debido a la herida en su labio, pero no iba a permitir que eso lo detuviera. No podía dejar que ese imbécil se saliera con la suya, sabía que debía colocarse de pie a como diera lugar, esta vez le costo mucho levantarse, aún así lo logró utilizando sus manos mientras los demás soldados miraban con cierto sentido de culpa, ya no reían ni aplaudían como al principio de la pelea, ellos sabían que lo que estaban viendo no estaba bien, incluso el sargento Podman comenzaba a sentirse de esa manera.
— Permanezca en el suelo de una maldita vez soldado Adams — expresó Podman.
— ¡Negativo señor! — gritó Ken con furia levantándose erguido.
— ¡Como quieras! — dijo Alex Podman golpeando con su rodilla el estómago de Ken.
El mundo pareció detenerse por un segundo mientras el caía arrodillado en el suelo, podía sentir como el aire abandonaba sus pulmones que se desinflaban como globos. Solo sus manos evitaban que cayera completamente derrotado sobre el húmedo césped de aquel campamento militar, todos miraban con expectación preguntándose si sería capaz de colocarse de pie una vez más, y como podrán imaginar, efectivamente fue así.
Con piernas temblorosas, labios ensangrentados, sin aire suficiente en sus pulmones, pero con una voluntad y un temple de acero el soldado Ken Adams estaba nuevamente de pie listo para seguir haciendo frente al abusivo sargento. Fue entonces cuando Alex Podman entendió que ese hombre jamás se rendiría, por alguna extraña razón no estaba dispuesto a dejar que él ganase a pesar de que se tratara de un tonto juego, él jamás había conocido a nadie con ese espíritu tan inquebrantable, seguramente podría romper su cuerpo en miles de pedazos, pero su dignidad seguiría intacta. Si el combate se trataba de derribar al contrario, Ken Adams habían logrado aplastar la moral de su rival y trapear toda la base militar con ella.
— Puede regresar a la carpa soldado Adams — dijo Alex Podman rindiéndose. Mientras reconocía al verdadero ganador se sentía como un estúpido, había intentado vengarse de un hombre que era muy superior a él. Finalmente se sentó junto a los otros soldados perdedores — yo me quedaré aquí esperando al amanecer.
Nadie fue tan estúpido para burlarse o decir una sola palabra a respecto. Ken Adams caminaba sonriente de vuelta a la carpa, esa mueca de alegría en su rostro dolía severamente debido a los cortes y moretones, pero aún así era un sufrimiento soportable luego de tan maravilloso logro, sólo esperaba que a partir de ese momento el sargento Podman le dejase en paz de una vez por todas. Entró a la carpa para observar que ya todos los ganadores dormían plácidamente aprovechando el corto tiempo para descansar, él al llegar a su cama también cayó como una roca, sacó desde el interior de su casco una pequeña fotografía a blanco y n***o de su amada hija Elizabeth y allí quedó en la oscuridad abrazando esa imagen que era como su motor, lo único que le daba fuerzas para seguir adelante.
En el 2013.
Tres motocicletas viajaban a toda velocidad por las calles de Londres retumbando con el potente sonido de sus motores el pacífico silencio que rodeaba la noche de los ciudadanos que dormían plácidamente en sus camas. La adrenalina de sentir las cosas acercarse a tí a un ritmo impresionante, ese placer que produce el miedo a morir sabiendo el gran peligro que corres, pero aún así lo haces porque es lo que verdaderamente te apasiona porque nada te hace sentir tan vivo como ese sentimiento de terror a la muerte. Luego de recorrer una buena parte de la ciudad, pararían en un hermoso puente con una vista inigualable de una panorámica que simplemente enamoraba con su belleza, millones de luces adornando la infinita oscuridad que cubría los edificios haciendo imposible distinguir su final o principio, todo parecía una misma extinción, cielo, ciudad y océano. Una postal digna de admirar por horas, y era toda suya. Solo ellos en toda una avenida principal, tres inseparables amigos disfrutando la enorme casualidad de una vida irónica, disfrutando de la complejidad espontánea detrás de una contagiosa risa colectiva, disfrutando simplemente de estar vivos.
Se trataba de Dylan junto a sus dos mejores amigos en todo el mundo, Dent era joven también amantes de las motocicletas al igual que Dylan, era apuesto y fornido, siempre se le veía con una enorme sonrisa en el rostro conduciendo a toda velocidad, una persona extraordinaria con un corazón gigantesco dispuesto a siempre ayudar a las demás persona; Penny era una hermosa rubia de una figura espectacular que deslumbraba con su impresionante cuerpo al momento de conducir su motocicleta dejando a todos los hombre en el camino derramando baba por ella, pero esa increíble mujer solo tenía ojos para Dent quien era su novio, el amor de su vida, y con quien planeaba algún día casarse para formar una linda familia. Ambos conocieron a Dylan en un instituto psicológico para jóvenes maltratados por sus padres, desde entonces se volvieron inseparables.
— Oye, pero casi que te gano Dylan — dijo Dent quitándose el casco.
— Solo en tu sueño pequeño, yo soy el más veloz de toda esta ciudad — respondió Dylan también quitándose su casco de seguridad.
— ¿Nunca han escuchado el dicho que dice "las mujeres primero"? , par de patanes — reclamó Penny llegando de último lugar.
— Les prometo que algún día los dejaré ganar, se los prometo.
— Hombre, ¿pero que dices?, si para tí ganar es como respirar — aseguró Penny en forma de burla.
— Mejor cuenta como te fue en el famoso trabajo comunitario al que fuiste hoy — preguntó Dent acostándose sobre su motocicleta.
— Bueno, realmente no hay nada importante que contar, lo mismo de siempre, recoger basura, tratar de morir deshidratado bajo el sol, ya saben — divagó Dylan con desinterés — Lo verdaderamente importante para contar es que la volví a ver.
— ¿A quién volviste a ver? — preguntó Dent levantándose de su motocicleta.
— ¡Noooo! , ¿En serio? — expresó Penny maravillada — ¿a esa pequeña pelirroja de la que llevas quince años hablando?
— Acertaste justo en el blanco — confesó Dylan felizmente.
— ¿Y que pasó?, ¿te reconoció?, ¿aún recuerda la nota? — preguntó Penny intrigada.
— La encontré tratando de suicidarse lanzándose del puente regional, y no, no me reconoció hasta qué yo mismo le recordé todo lo que pasó hace quince años.
— Awww, es una verdadera lástima Dylan, tal vez esa chica no es para tí — sugirió Penny.
— Es extraño, esa estrategia de tu pregunta de qué harías por mí es infalible, bueno a mí me funcionó perfectamente con Penny. ¿No es así preciosa? — agregó Dent acercándose a Penny para darle un beso en la boca.
— Supongo que allí no termina todo muchachos, ella está pagando trabajo comunitario conmigo, pero su actitud ha cambiado mucho, pero aún así... — expresó Dylan suspirando.
— ¡Dylan, hermano! jamás te había visto tan enamorado. ¿qué sentiste cuando la volviste a ver después de tantos años?
— Al verla allí, tan indefensa, necesitando a alguien que diera ese salto por ella. Pues creo que me enamoré, porque ella es como... eh... Como una canción hecha de carne y hueso, como una pista relajante que debe escucharse a medio volumen porque es relajante, suficiente para calmar tu alma y hacerte dormir, me enamoré, diablos, me enamoré. ¿saben qué?, creo que quiero gritarlo a todo pulmón para que todos en la ciudad se enteren.
— Adelante Romeo, la ciudad es toda tuya, aprovecha — dijo Dent señalando el borde del puente.
Dylan realmente trepó a la baranda del puente donde se encontraban estacionados resbalando y casi cayendo al vacío, pero sin dejar de trepar mientras que sus amigos sonreían a gustos, felices, agradecidos con la vida por regalarles momentos así junto a grandes amigos como lo era Dylan.
— ¡Me enamoré!, ¡coño!, ¡¡ME ENAMORÉ!! — gritó a todo pulmón dejando salir su aliento que se condensaba en el viento en forma de neblina debido al inclemente frío.
— ¡Eso!, ¡que viva el amor, coño! — acompañaba Dent con sus gritos a los gritos de su amigo terminando con un apasionado beso en los dulce labios de su amada Penny.