CAPÍTULO 19

1155 Words
 En 1940. El soldado Ken Adams Y el sargento Alex Podman regresan finalmente luego de estar un buen rato buscando agua y señal para la radio, la noche era bastante fría y oscura, no había posibilidad de encender una fogata debido a que era muy peligroso, los nazis podrían verla a kilómetros, lo que dejaría en evidencia su posición, quisieran o no, debían soportar el inclemente frío de Dunkerque estando completamente a la intemperie. Muy pocas municiones los respaldaban, al igual que las guarniciones de comidas que eran muy escasas puesto que la mayoría se quemó en la colisión del avión siniestrado, si lograban sobrevivir la noche sin morir congelados, partirían a primera hora del día siguiente en búsqueda de ese batallón para unirse a ellos, y de esa manera tener muchas más posibilidades de salir vivos de ese lugar. — La zona es completamente segura señor, no hay un solo nazi en kilómetros — aseguró el sargento Podman a su superior. — ¿Tuvieron suerte con la radio? — preguntó el teniente Graham. — Lo siento señor, la radio sigue estando muerta en este lugar — respondió Ken Adams mientras entregaba las cantimploras con agua a cada uno. — Demonios, Pinnar morirá en este lugar si no lo llevamos rápido a un lugar donde pueda ser atendido — comentó el teniente Graham muy molesto. El mejor amigo de Pinnar, el soldado Sanders limpiaba la herida de su compañero usando solamente un pañuelo blanco mojado con agua del río, era lo único con lo que contaban en ese momento. La bala había golpeado una zona muy sensible de su cuerpo así que el dolor era insoportable para él quien gritaba en algunas ocasiones cuando debía moverse, Sanders intentaba a toda costa detener el sangrado que brotaba aún desde lo profundo de esa herida, pero era muy difícil. — Está ardiendo en fiebre — dijo Ken Adams acercándose a él para colocar otro pañuelo húmedo en su frente para intentar bajar la temperatura corporal de Pinnar. — Lo lograrás hermano, te lo prometo que saldremos juntos de aquí amigo mío, e iremos a jugar una buena partida de ajedrez — decía Sanders mientras lloraba. El ambiente era muy dramático en ese momento, todos se miraban las caras sabiendo que el soldado Pinnar no lograría sobrevivir, pero ninguno se atrevía a decir una palabra. Resultaba mucho más fácil mirar a otro lado fingiendo ser fuertes, tratando de engañarse a sí mismos para convencerse de que tenían un corazón de hierro, cuando realmente en su interior estaban muertos del miedo, en el fondo, solo eran niños asustados queriendo regresar a casa, pero el horror de la guerra, más allá de las muertes, yace en la maldad que siembra en el corazones de los hombres. No había espacio para el miedo, no existía lugar en la mochila militar para cargar con el temor o la duda, quien llevara eso a sus espaldas, estaba llevando un peso innecesario que lo haría caminar más lento, y ser presa fácil para los temibles nazis que tenían sed de muerte. Todos trataban de disimular que había un buen hombre muriendo a su lado, no porque quisieran hacer, solo porque debían borrar ese sentimiento de humanidad de sus mentes, si es que realmente querían salir de ese lugar con vida. — ¡Yo montaré guardia para que todos ustedes puedan dormir! — dijo el sargento Alex Podman levantándose repentinamente. — Yo te acompañaré, a fin de cuentas, no tengo nada de sueño — se ofreció también rápidamente el soldado Ken Adams voluntariamente. — Bueno. El resto descanse, mañana salimos a primera hora — ordenó el teniente Graham para que todos se recostaran a dormir plácidamente mientras ellos comenzaban una guardia en la entrada del río donde estaban ocultos. La noche se fue rápido entre risas, chiste y anécdotas que se contaban siendo cada vez más confiable el uno del otro, haciéndose más íntimos y conocidos, a tal manera que cuando comenzó a salir sol, ambos eran muy buenos amigos. Se olvidaron por un momento de frío tan categórico que estaba haciendo gracias al calor de la amistad, también de lo mucho que disfrutaban de la compañía mutua, incluso dejando de pensar por un momento en los horrores de la guerra que estaban librando. Sin darse cuenta se comenzaban a enamorar, esos juegos infantiles que desataban risas espontáneas resultaban ser las artífices de algo que se gestaba paulatinamente emergiendo desde las sombras, y abriéndose paso entre el odio, el temor, y la soledad de dos corazones inocentes de lo que estaba pasando. Lo bonito del amor es que puede surgir en cualquier lugar, en cualquier momento, y en cualquier circunstancia, no importa la situación, las belleza o... El genero s****l. Entre la soledad del bosque y el silecio de los árboles, un espeluznante lamento comenzó a escucharse proveniente de el lugar donde descansaba el pelotón. — ¿Pinnar?, ¿Pinnar? — gritaba Sanders moviendo bruscamente en un intento desesperado por hacer reaccionar a un inerte Pinnar que yacía inmóvil sobre el verde pasto — ¡reacciona!, ¡amigo por favor! , ¡¡REACCIONA!! — Soldado Sanders, le ordeno que deje de gritar en este mismo instante. Le recuerdo que estamos en zona hostil — ordenó el teniente Graham acercándose a él. — ¿Cómo es capaz de ordenarme eso teniente? — preguntó el soldado Sanders totalmente melancólico — que no ve que mi amigo Pinnar ha muerto? — Lo sé, y lo siento mucho, todos los que estamos aquí lamentamos la muerte del soldado Pinnar, pero nada de lo que digas o hagas podrá revivirlo, en cambio, tus gritos si pueden ser a su vez, nuestra sentencia de muerte. Si el enemigo te escucha, puedes creerme cuando te digo que estaríamos viendo al soldado Pinnar nuevamente más rápido de lo que se imagina — dijo el teniente siendo la voz de la razón en un momento tan delicado — ahora, le ordeno que sea hombre, se levante, y se aliste soldado, comenzaremos a movernos. — Solamente... Solamente le pido que me permita que le dé sagrada sepultura como el ser humano que era — suplicó Sanders enjugando sus lágrimas — ¡tranquilos!, no tienen que ayudarme si no quieren, yo puedo hacerlo solo. Todos los soldados a excepción del teniente Graham contribuyeron en darle una sepultura digna al c*****r del soldado Pinnar. Un montón de tierra removida decorada lúgubremente con una cruz improvisada, elaborada con dos ramas secas de un árbol, y sobre la cruz yacía el casco militar del difunto. Unas palabras rápidas fueron dichas al pie de la tumba acompañadas de un ensordecedor silencio que solamente la despiadada muerte es capaz de provocar. Luego de eso se pusieron en marcha hacia un destino desconocido, sin saber lo que les esperaba, pero entre Alex Podman y Ken Adams se cruzaban miradas tímidas que hacían que el panorama no fuera tan gris para ellos.
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