En 1940.
— ¿Hay alguien ahí? — decía por enésima vez el soldado Stwar utilizando una radio muerta que no producía ningún ruido a excepción de la características y clásica estática.
— ¿Ha logrado contactar a alguien, soldado Stwar? — preguntaba el teniente Graham sentado sobre una roca descansando.
— ¡Negativo señor! — respondía James gritando.
— Demonios, sigue intentando muchacho. Debemos encontrar esos batallones a como de lugar.
El día había pasado bastante rápido, la noche caía abriéndose paso inexorablemente para apoderarse de todo el lugar que era un completo enigma para los soldados que no sabían ni siquiera donde estaban con exactitud. Ken Adams admiraba esa nota hecha por su pequeña hija junto a una pequeña fotografía parcialmente manchada con lodo donde se podía ver a Elizabeth de apenas unos meses de nacidas, era una de las muchas imágenes que guardaba de su hermosa hija. Tal vez su esposa tenía razón, la única manera de salir de ese lugar sería muerto. Pensaba con mucho temor como se sentiría la pequeña Elizabeth cuando se enterara de que su padre no pudo cumplir con su palabra, era una tortura mental indescriptible.
— Bueno muchachos, necesitamos acampar acá en este lugar, será menos peligroso que tratar de caminar la zona durante la noche sin conocerla, eso podría ser nuestra sentencia de muerte — decía el teniente acercándose a su pelotón — debemos elegir a dos soldados que vayan al río por agua limpia, y traten de hacer funcionar la radio.
— Yo iré señor — se postuló a sí mismo el sargento Alex Podman levantando la mano.
— Yo también iré... Señor — también comentó el soldado Ken Adams mirando a Podman con incomodidad.
— Les adviertos señores, pueden que estén arriesgando sus vidas al caminar por esa zona, deben tratar de mantener un perfil bajo y estar alertas, recuerden que nosotros contamos con ustedes.
— ¡Si señor! — dijeron al unísono antes de irse.
Un camino algo boscoso repleto de maleza en los costados iba a dar justamente al río donde debían dirigirse, el tenebroso silencio de la noche hacia resaltar mucho más el sonido producido por los animales nocturnos que yacían ocultos entre las hojas de los árboles; los fusiles apuntando en todo lugar deseando con el corazón en la mano no toparse con ningún nazi que los obligara a disparar.
— ¡Zona despejada! — gritaba el sargento Podman bajando su fusil para descansar.
Ken Adams comenzaría a llenar las cantimploras sumergiéndolas en el río lentamente para que el agua ingresara en ellas por gravedad. El sargento Podman buscaba incesantemente la señal para utilizar la radio, pero no había ninguna respuesta, parecía que estaban completamente solos en todo ese enorme bosque.
— Es inútil, la radio está muerta — dijo el sargento rindiéndose para sentarse en una roca frente a Ken que se encontraba recolectando agua.
— Pudimos haber caído a miles de kilómetros de el lugar indicado, no sabemos ni siquiera donde estamos.
— Si Ken, tienes mucha razón, estamos en serios problemas.
— Solo debemos continuar caminando en dirección del oeste, tarde o temprano terminaremos encontrado al batallón al que buscamos.
— O quizás a los nazis que quieren asesinarnos — dijo Podman siendo muy pesimista arrojando la radio en el suelo.
— No seas pesimista, he estado pensando, y llegué a la conclusión que estamos en una zona neutral, quizás la guerra no ha llegado a este bosque aún, pienselo sargento, hemos estado en ese lugar por horas, pero no hemos escuchado un solo disparo. Obviamente eso no quiere decir que no nos estén buscando, más sin embargo creo que es seguro para pasar la noche.
— ¿Y desde cuando te volviste en un experto en localización de guerra? — preguntó el sargento sarcásticamente provocando una ligera sonrisa de Ken.
— Es solo algo que nos enseñaron a los niños de la primera guerra mundial durante los bombardeos, es algo muy básico realmente — dijo Ken Adams siendo modesto — ¿puedo hacerle una pregunta sargento?
— Las que quiera soldado Adams — respondió el sargento hablando por un costado de su boca mientras encendía un cigarrillo.
— ¿Porqué arriesgó su vida en ese avión para salvar la mía? — pregunta que también ocasionó la risa espontánea de el sargento.
— Necesito ser muy sincero con usted, soldado Adams, no lo sé. Supongo que es porque estamos juntos en esto, además me gustaría pensar que usted también hubiera hecho lo mismo por mí en mi lugar, ¿o no?
— ¿Y tener que cargarlo?, ni loco — dijo Ken en forma de broma de la cual ambos rieron de manera gratificante.
— ¿Ahora puedo yo, preguntarle algo a usted, soldado Adams? — dijo tímidamente expulsando humo de nicotina a través de su boca con mucho estilo.
— Si, si claro, por favor. ¡Adelante! — afirmó Ken terminando de llenar las cantimploras colocándoles sus respectivas tapas subsecuentemente.
— He notado que además de una fotografía de tu hija, también llevas siempre contigo un trozo de papel con algo escrito, siempre lo miras en los momentos cuando las cosas se ponen más difíciles. ¿Puedo saber que dice ese papel que te inspira tanto a seguir adelante? — preguntó el sargento con mucha curiosidad.
— ¿Se refiere a este trozo de papel? — preguntó Ken sacando de su bota la nota escrita por su hija Elizabeth — Se trata de un ritual que inventé para alegrar a mi esposa, pero todo salió de manera catastrófica con ella, pero gracias a Dios mi hija pudo entender la importancia de este simple papel. Se trata de hacer una pregunta muy fácil a la persona que amas escrito en un trozo de papel, ¿qué harías por mí?, seguida de una equis y una raya para que escriba su respuesta, yo le prometí que regresaría con vida a casa, y ahora debo cumplir mi promesa, promesa la cual sigo cumpliendo gracias a usted.
— Me parece algo muy hermoso soldado Ken, es inspirador de verdad. Lo que yo daría por tener una relación así con mi hija, tiene veinte años y... Es como si yo fuera un completo extraño para ella, ¿entiendes lo que te digo?
— Si mi sargento, no lo he vivido aún, pero sinceramente puedo hacerme a la idea de lo terrible que debe sentirse.
— Cuando era una niña todo era tan distinto, eramos inseparables, pero luego llegaría mi divorcio con su madre, esa mujer me odia, sería ella quien le confesara la verdadera razón de porque nos estábamos divorciando, y eso causaría que mi propia hija comenzará odiarme.
— ¿Y cual fue el motivo de su separación con su esposa Sargento?
— Eso ahora no importa soldado Adams; solo sé que cuando entré en esta guerra, mi hija se había comprometido para casarse con un tipo, un tal Harrys, pero yo no estoy invitado a su boda, ¿puedes creerlo?, no estoy invitado a la boda de mi propia hija que se celebrará en diciembre, en dos meses. A veces creo que es mejor que muera en esta guerra — Expresó el sargento con tristeza arrojando la colilla del cigarrillo utilizando su dedo medio como catapulta.
— No diga eso sargento, al final del día, la familia es lo más importante en este mundo. Seguramente cuando la vuelva a ver, ya ella habrá cambiado de opinión — alentó Ken Adams levantando las cantimploras — es hora de regresar con los demás.
Unas de las cantimploras caería al suelo inevitablemente, lo que ocasionaría que Ken se inclinara para recogerla al mismo tiempo que el sargento Podman provocando que ambos quedasen frente a frente sosteniendo el recipiente de agua al mismo tiempo mirándose fijamente a los ojos; algo muy extraño comenzó a girar en el pecho de Ken, era un sentimiento que no podía describir porque nunca lo había sentido antes. Un sentimiento imposible, como así de imposible era dejar de mirar al sargento Podman. El amor nace del miedo, la ilusión surge desde la oscuridad más profunda, y ese beso entre estos dos hombres emergería en medio de el temor que ambos experimentaban. Y allí yacían dos soldados del mismo sexo besándose apasionadamente en plena segunda guerra mundial demostrando que muchas veces del fango más oscuro puede nacer la flor más pura.