La música seguía resonando en el bar, y Sor Caridad, con la energía renovada por el ritmo y quizás un poco más de alcohol del que debía haber consumido, seguía bailando. Sus movimientos eran erráticos, pero había algo casi hipnótico en la forma en que la luz de la pista iluminaba su hábito, ya algo desaliñado. De repente, un grupo de hombres se abrió paso entre la multitud. Todos eran altos, robustos y llevaban trajes oscuros que contrastaban con el ambiente desenfadado del lugar. Uno de ellos, que parecía ser el líder, caminó directo hacia Sor Caridad, esquivando a los otros bailarines con una precisión calculada. Antes de que ella pudiera reaccionar, el hombre la sujetó firmemente por la cintura y, con un movimiento sorprendentemente ágil, la levantó hasta colocarla sobre su homb

