Capítulo 8

1083 Words
La llamada llegó antes del amanecer. Damián ya estaba despierto. No porque lo esperara, sino porque su cuerpo había aprendido a anticipar el desorden. Dormía poco desde hacía días, con un sueño fragmentado que nunca alcanzaba a hundirse del todo. Su mente se mantenía activa, revisando imágenes, gestos, silencios. El sonido del teléfono no lo sobresaltó; fue casi una confirmación. —Tenemos otro —dijo la voz al otro lado—. Mismo patrón. Eso bastó. El departamento quedó atrás envuelto en penumbra. Mientras conducía hacia la escena, Damián sintió cómo algo se reacomodaba dentro de él, una presión conocida que no era urgencia ni miedo, sino necesidad. El caso volvía a moverse, y con él, todo lo demás. El cuerpo estaba en un departamento pequeño, ordenado hasta el extremo. Nada roto. Nada fuera de lugar. La puerta sin señales de fuerza. Las ventanas cerradas. No había marcas de lucha. No había defensa. La muerte había llegado sin resistencia, como si hubiese sido aceptada o, peor aún, prevista. El mismo MO. Silencioso. Limpio. Calculado. Y, una vez más, ninguna cámara útil en las inmediaciones. Ningún vecino que hubiera visto u oído algo. Ningún testigo que aportara una grieta por donde entrar. Era como si el responsable supiera exactamente cómo moverse por la ciudad sin dejar rastro, cómo borrar su paso incluso antes de darlo. Damián recorrió el lugar con la mirada, sin tocar nada. No lo necesitaba. Ya conocía esa escena. Ya la había caminado demasiadas veces, incluso antes de que existiera. —Nada —murmuró alguien detrás de él—. Como siempre. Nada. Eso era lo que lo perturbaba. El asesino no imponía fuerza. No necesitaba someter. No había violencia visible, no había caos. Todo indicaba una entrega controlada, una muerte que no luchó por evitarse. Y eso lo volvía más inquietante que cualquier estallido de brutalidad. Porque el verdadero poder no estaba en la violencia. Estaba en el dominio absoluto. De regreso en la estación, los movimientos se aceleraron. Reuniones. Informes. Hipótesis que se repetían sin avanzar. Damián participaba, aportaba, analizaba, pero sentía cómo el caso comenzaba a deslizarse fuera de control. No por falta de trabajo, sino por exceso de vacío. No había error que corregir. No había huella que seguir. Y eso lo irritaba. A medida que el día avanzaba, su mente empezó a dividirse. Una parte permanecía anclada en el expediente, revisando detalles mínimos, buscando inconsistencias donde no las había. La otra se desplazaba sin permiso hacia otro lugar. Hacia ella. Teresa. Antes, su rutina con la cafetería había sido precisa. Dos veces al día. Mañana y tarde. Un hábito claro, contenido, casi ceremonial. Ahora, sin darse cuenta —o fingiendo no hacerlo—, comenzó a pasar más seguido. No siempre entraba. A veces solo se detenía frente al lugar, observando a través del vidrio. Otras, cruzaba la calle sin mirar. Pero su presencia se repetía. Como una comprobación. Ella seguía ahí. Seguía siendo la misma. Eso le daba una sensación de orden que el caso ya no le ofrecía. Las interacciones no habían cambiado demasiado. Un saludo. El café servido sin preguntas. Ella no sonreía. No iniciaba conversación. No mostraba interés ni rechazo. Simplemente cumplía, con una calma que él interpretaba como obediencia natural, no aprendida. Eso alimentaba algo peligroso. Porque mientras más caótico se volvía el caso, más necesitaba aferrarse a la idea de que al menos una cosa permanecía bajo control. Teresa no sabía que lo era, y eso lo hacía más perfecto. Por las noches, comenzó a modificar su camino de regreso. Sin pensarlo demasiado, el auto se desviaba, casi solo, hasta su edificio. Pasaba una vez. Luego otra. Nunca se detenía. Nunca apagaba el motor. Solo comprobaba que las luces estuvieran donde debían estar. Que el edificio siguiera intacto. Que nada hubiera cambiado. No era vigilancia, se decía. Era asegurarse. Los martes adquirieron un peso nuevo. Sabía que ella no estaba en la cafetería. Lo había sabido desde el principio, pero ahora tenía una imagen concreta que se superponía a ese vacío: el hospital. El área de oncología pediátrica. Teresa sentada, leyendo en voz baja, rodeada de niños que escuchaban sin interrumpir. No lo había visto con sus propios ojos al principio. Esa imagen le llegó a través de Florence, de su descripción casual. Pero bastó para que su mente la reconstruyera con una precisión inquietante. El martes siguiente, fue al hospital. No entró de inmediato. Observó desde el estacionamiento. Midió horarios. Esperó. Cuando la vio, no sintió alivio. Sintió confirmación. Ahí estaba. Vestida de la misma forma sencilla. El mismo cuerpo pequeño, casi frágil entre los pasillos largos y fríos del hospital. Se movía con cuidado, como si no quisiera ocupar espacio. Como si supiera que no debía hacerlo. La observó de lejos. Nunca se acercó. Nunca permitió que ella notara su presencia. No era el momento. Aún no. Verla ahí, rodeada de enfermedad y vulnerabilidad, reforzó algo dentro de él. Teresa pertenecía a ese mundo silencioso, contenido, donde el dolor no se gritaba. Donde se aceptaba. Donde se obedecía. Y ese mundo necesitaba protección. El caso, en cambio, se deshacía entre sus manos. Cada nueva revisión terminaba en el mismo punto muerto. La ausencia total de error comenzaba a parecerle provocación. Como si alguien estuviera jugando a demostrarle que podía hacerlo mejor. Que podía moverse por encima de la ley, del sistema, de la lógica. Eso no lo enfurecía. Lo desafiaba. Y cada desafío aumentaba su necesidad de afirmar control en otro lado. Por eso volvió a pasar por su edificio esa noche. Y la siguiente. Por eso entró al café tres veces en un mismo día, aunque solo pidió una bebida. Por eso comenzó a notar detalles que antes no registraba: a qué hora se iba, quiénes la rodeaban, qué días parecía más cansada. No se trataba de deseo físico. No todavía. Se trataba de orden. De corregir un mundo que se estaba saliendo de eje. Damián no veía contradicción entre el caso y Teresa. Para él, ambos formaban parte del mismo sistema. Dos expresiones distintas del mismo principio: el control absoluto, silencioso, sin resistencia. Mientras el asesino —quienquiera que fuera— demostraba que podía matar sin ser visto, sin dejar rastro, Teresa demostraba que podía existir sin hacer ruido, sin exigir, sin cuestionar. Y eso la hacía perfecta. No para poseerla. Sino para cuidarla mejor que nadie. Porque, a diferencia del mundo que la rodeaba, él sí sabía exactamente cómo mantener las cosas en su lugar.
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