No puedo con el sentimiento de tristeza y de sorpresa que alberga en mi pecho. Jamás esperé que Mac hiciera algo como lo que acaba de hacer de separarme de mi hija. Siempre creí que las veces que nos amenazó con hacerlo era porque quería el bienestar de Altair, porque su intención era apartarla del riesgo que representa para un niño vivir en medio de tanto peligro y vicios, como es la vida que rodea a un mafioso. No esto de dejarla a la deriva, en medio de la nada. De no haber estado si quiera José Manuel allí estuviera en agonía, en total desesperación. Solo una madre sabe cuánto dolor se puede vivir al temer por la suerte de un hijo. —¿A dónde me estas llevando? —le pregunto a Mac que va sentado en el asiento del copiloto de la camioneta donde me obligaron a subirme. —Vamos al hotel —

