Iliang: —Allí tiene doctora —me dice Mac. Estoy de espalda a la puerta de la habitación en la cual me tienen encerrada desde el día que me obligaron a separarme de mi hija en los juzgados. Si no fuera por ese ventanal no conocería la luz del día o la noche. Pese al esplendor con el que el sol brilla afuera y el cielo despejado de nubes, mi estado de ánimo parece cual día lluvioso, con el cielo a reventar de nubes grises cargadas de dolor. Así me siento, triste, en total depresión por no sabe cuál ha sido la suerte de mi hija y de José Manuel y Maritza. —Estoy hablándole —me grita Mac en su forzado español mal pronunciado a causa de la ira que le he hecho despertar desde hace dos días. —No voy a acceder a lo que quiere —le digo una vez más. —Le conviene hacer exactamente lo que le p

