2. La esposa del griego
Vivianne
—¡¿Matrimonio?! —exclamamos al unísono, rompiendo el tenso silencio que había invadido la sala.
La palabra sale de nuestros labios al mismo tiempo, como si esa conexión invisible entre nosotras hubiera resurgido después de años dormida. Nos miramos incrédulas, buscando en los rostros de cada una la misma mezcla de confusión y alarma.
Hace mucho que dejamos atrás esas costumbres de sincronía que fascinan tanto a quienes conocen a gemelas, mellizas o trillizas. Pero esta vez… esta vez, lo que nos dice papá es demasiado impactante como para evitarlo.
Mi padre, siempre sereno y seguro de sí mismo, respira hondo y pasa una mano por su cabello salpicado de canas. Parece cansado, como si el peso de sus palabras lo hubiera desgastado incluso antes de pronunciarlas. Sus ojos se pasean por nosotras uno a uno, buscando algo: tal vez comprensión, tal vez un sacrificio.
—Pero papá, siempre nos has dicho que somos libres de escoger nuestro destino. Que si alguna vez llegábamos a considerar el matrimonio, sería por libre albedrío —dice Aliñe, alzando la voz mientras su cabello rojo parece vibrar con su indignación.
Ella es la artista, la bohemia de la familia. Su pasión se refleja en cada palabra que dice, en cada gesto, y esta vez no es la excepción. Es Aliñe Peterson, mejor conocida como AlySanpier en el mundo artístico. Y es también la eterna enemiga del compromiso, devota de una libertad que no está dispuesta a ceder.
—Sé lo que dije, Aliñe. Pero las circunstancias han cambiado —responde mi padre, con un tono más grave del habitual.
—¿Qué circunstancias? —su voz es un filo de acero que corta el aire—. ¿Qué podría ser tan grave como para obligarnos a casarnos con alguien que ni siquiera conocemos?
Mi padre no responde de inmediato. Su mirada se vuelve hacia Cristel, quien para este punto ya tiene los ojos llenos de lágrimas. Es la menor de nosotras por apenas unos minutos, pero siempre ha sido la niña dulce, la consentida de mamá y papá. Su sueño de ser doctora se cristalizó bajo la influencia de la tía Sonya, y ahora, con su internado a punto de comenzar, este anuncio parece arrancarle el suelo bajo los pies.
—Yo… papá, no me puedes hacer esto. No puedo casarme. Pronto iniciaré mi internado en el hospital —solloza Cristel mientras se lanza a los brazos de nuestro padre, buscando consuelo.
Él la abraza, murmurando algo que no llego a escuchar. Es evidente que no la considera para el "puesto" de esposa de un griego desconocido. Mi madre, en cambio, permanece de pie en la entrada de la sala. Su rostro refleja molestia, pero no dice nada. Sus brazos cruzados son un escudo que deja claro que no aprueba esta situación.
—¿Y tú, Vivianne? —La voz de mi padre me saca de mis pensamientos—. ¿Aceptarías casarte con Phillip?
El nombre cae como un martillo sobre la conversación. Phillip Giannopoulos. El temible hombre de negocios, CEO de la naviera en la que somos socios mayoritarios. Su reputación lo precede: frío, calculador, implacable. El tipo de hombre que intimida incluso a quienes tienen todo bajo control.
—¿Y no podrían esperar a Celeste? —pregunto, con una ironía que no logro disimular—. Solo le llevamos unos cuantos años. Tal vez al abuelo le gustaría enviar a su “niñita” como carne de cañón.
El rostro de mi padre se pone pálido, porque sabe que tengo razón. El abuelo tiene sus propias cartas para jugar, pero en este caso parece decidido a usar una de nosotras como moneda de cambio.
—Si ninguna está de acuerdo, hablaré con él —dice finalmente—. No se preocupen. Aunque tu tía apenas va a cumplir dieciocho años y todavía no se gradúa del instituto.
Su respuesta no alivia la tensión en la sala. De hecho, parece intensificarla. La posibilidad de que alguna de nosotras termine atrapada en este acuerdo sigue ahí, flotando como una sombra amenazante.
—¿En verdad es tan grave el asunto? —pregunto finalmente, rompiendo el silencio.
Mi padre pasa una mano por su rostro, como si estuviera intentando encontrar las palabras adecuadas.
—Es más grave de lo que pueden imaginar. Un tío segundo de Phillip ha pasado años intentando despojarlos de todo lo que les pertenece. Con la muerte de Nikolau, las cosas comenzaron a complicarse. No puedo entrar en detalles, pero hace tiempo se firmó un contrato, un acuerdo que debe cumplirse bajo determinadas condiciones. Y esas condiciones ya se han presentado.
Mis ojos buscan los de mi madre, pero ella sigue inmóvil, como una estatua que no piensa moverse ni hablar. Respiro hondo, tratando de contener la molestia que empieza a crecer en mi interior.
—¿Y Matt no puede hacer nada? —pregunto, aferrándome a la esperanza.
Confío ciegamente en mi hermano mayor. Matt siempre ha sido el más capaz de todos nosotros. Pero también sé que lleva demasiadas responsabilidades sobre sus hombros. Hasta que Kael, August y Roland no tengan la edad suficiente para asumir roles importantes en las empresas, Matt está prácticamente solo.
Mi padre niega con la cabeza.
—Matt ya está haciendo todo lo que puede. Pero este asunto… este asunto requiere algo más.
Sus palabras quedan flotando en el aire, y por primera vez en años siento que la unidad de nuestra familia está al borde de un abismo.
*****
Estoy de vuelta en mi habitación, proyectando en mi mente, como si fuera una película, cada detalle de lo que ocurrió hace rato en la sala. Las palabras, las miradas, los silencios incómodos. Todo. Siempre he intentado ser la mejor hija, cumpliendo con las expectativas que mis padres han puesto sobre mí. Pero ser la mayor, aunque sea por solo unos minutos, siempre ha significado cargar con más responsabilidades. Y esta vez, estoy segura de que lo que pasó en esa sala no fue más que una estrategia cuidadosamente orquestada para imponerme esa absurda decisión: aceptar un matrimonio que no pedí ni quiero. Saben que adoro a mis hermanas y respeto mucho sus caminos ya trazados.
Con el corazón aún agitado, abro mi teléfono y comienzo a buscar información sobre Phillip. El nombre ya de por sí me produce un escalofrío. Es un habitual protagonista de los chismes más jugosos de la alta sociedad europea. Y, como esperaba, no tardan en aparecer los titulares.
¡Y ahí está él! Mi nuevo enemigo número uno, en decenas de fotos, siempre impecablemente vestido, siempre con su sonrisa calculada. Y, por supuesto, nunca solo. En cada artículo aparece con una nueva "acompañante", cada una más despampanante que la anterior. Pero por extraño que parezca, hay un patrón: Solo rubias, pelirrojas y pelinegras. No hay castañas.
No puedo evitar sentir náuseas al ver esas imágenes. ¿Cómo podría siquiera imaginar una vida al lado de alguien así?
Sin embargo, lo que más me inquieta no es él, sino la actitud de mi padre. La petición fue directa, casi fría, sin darme demasiadas explicaciones. Algo que me afecta tan profundamente no puede tomarse a la ligera, pero él parecía decidido. ¿Qué podría haber detrás de esto? ¿Qué lo llevó a aceptar un acuerdo tan extremo? Debe tratarse de algo grave, algo que aún no estoy viendo.
A pesar de mi resistencia, de mi repulsión hacia la idea, hay una parte de mí que ya conoce el desenlace. Al final del día, sé que terminaré aceptando. No porque quiera, sino porque siempre he sido así. Siempre he puesto las necesidades de mi familia por encima de las mías. Pero esta vez, mientras miro fijamente la pantalla de mi teléfono, siento que algo dentro de mí está cambiando. Quizás no sea tan fácil como todos esperan. Quizás, por primera vez, no esté dispuesta a ser la hija perfecta.
—Hija… ¿puedo pasar?
El sonido de la puerta abriéndose, seguido de la voz de mi madre, me saca de mis pensamientos.
—Pasa, mami.
Arrojo mi teléfono sobre la cama y me dejo caer boca arriba, hundiéndome en las sábanas. Tomo una almohada y la coloco sobre mi rostro, bloqueando la luz. Por un momento, pienso en apretarla un poco más contra mí, un pensamiento fugaz y oscuro que me hace soltar una risa seca: jejeje.
—Cariño… ¿estás bien?
Su voz suena suave, pero cargada de preocupación. Aparto la almohada de mi cara y la miro. Allí está, de pie frente a mí, una mujer tan hermosa como fuerte.
Mi madre nunca ha dejado de ser ella misma, ni siquiera cuando todo parecía desmoronarse a su alrededor. A diferencia de mis hermanas, que renunciaron al color de cabello castaño que heredamos, yo me aferro al mío. Es mi manera de honrarla, a ella y a mi abuela, la mujer cuyo nombre llevo con orgullo. Ambas enfrentaron una vida de desdichas, pero mientras mi abuela se fue pronto, mi madre encontró la forma de reinventarse, de ser feliz.
Amo escuchar su historia, una narrativa de resiliencia, fe, amor y perdón. Siempre he creído que, si ella pudo salir adelante, quizás yo también pueda.
—Mamá… no, no estoy bien. No quiero casarme con ese mujeriego.
Me lanzo a sus brazos, buscando refugio en su calidez. Ella me envuelve, como si fuera un capull0 donde nada malo puede alcanzarme.
—Yo tampoco quiero eso para ti, amor. —Su voz se quiebra ligeramente—. Le he suplicado a tu padre y a tu abuelo, pero se niegan a retractarse. Dicen que hay un contrato firmado, algo que debe cumplirse.
Levanto la vista, y las lágrimas comienzan a derramarse por mis mejillas. La impotencia me consume, como si estuviera atrapada en un destino que no elegí.
—Puedes negarte, corazón. —Me acaricia el cabello, con movimientos lentos y calmantes—. O puedes aceptar… aceptar y esperar a que encuentren una manera de anular ese trato. Mientras tanto, puedes recuperar algo de libertad. No tienes que convivir con él. Recuerda cuánto deseaste siempre recorrer Europa. Ahora podrías hacerlo. Sería como tomar dos años sabáticos, lejos de todo esto. Y después, regresarías para retomar lo que es tuyo.
«¿Lo que es mío?»
La pregunta me retumba en la cabeza. ¿Dónde encajo yo? Mis hermanos están construyendo sus caminos: sus talentos brillan, y todos parecen encaminados hacia un futuro brillante. Incluso August y Roland, siendo aún casi niños, ya son prodigios en la escuela y tienen asegurado un lugar en el mundo de los negocios junto a Matt.
¿Y yo?
Cierro los ojos, pero no puedo visualizar nada. Todo me conduce hacia un único desenlace: convertirme en la señora Giannopoulos, la esposa de ese griego disoluto y que no tiene el pudor de ocultar sus andanzas.
Me pregunto si, al final, seré capaz de encontrarme a mí misma en medio de esta tormenta.
*****
—¿Y qué número de esposa serás? —me pregunta Jackie mientras sorbe su bebida con una sonrisa divertida en el rostro.
Volteo a mirar a Jeannet, y ambas soltamos una carcajada. La risa es espontánea y sincera.
—Tonta, los griegos solo tienen una esposa… ¿Cierto, Vivi? —dice Jeannet, buscando mi confirmación.
Con alguien tenía que desahogarme, así que aprovechamos la última clase del día para escaparnos a la cafetería de la universidad. Estoy en el último semestre de Negocios Internacionales. Aunque no me va mal, nunca he sido tan brillante como mis hermanos. Los tres magníficos hombres Peterson Sanpier-Moore: los chicos dorados de la sociedad estadounidense y londinense. Perfectos, exitosos y tan inalcanzables que a veces me pregunto si compartimos la misma sangre.
—Sí, solo tienen una —respondo, pero mi voz suena apagada. Demasiado apagada. Jackie y Jeannet lo notan al instante.
Jackie, siempre la optimista, intenta suavizar el ambiente con una anécdota.
—Una de mis primas fue comprometida en matrimonio desde que nació. Nunca tuvo novio y a los dieciocho años se casó. A pesar de todo, ha sido muy feliz.
Aprecio el intento, pero ni siquiera el ejemplo de su prima logra consolarme. La idea de un matrimonio arreglado, aunque solo sea un contrato, me resulta difícil de digerir.
—¿Y ese matrimonio… sería en toda forma o solo el contrato? —pregunta Jeannet, tocando el tema con cautela.
—Solo por contrato —respondo, casi como un eco de lo que mi madre me explicó. Me aseguró que mi padre dejó claro que sería un matrimonio de apariencia, sin contacto, sin nada real. Lo único que tendría que hacer sería aguantar hasta que llegara el momento adecuado para divorciarme. Con eso, podría pedir la anulación eclesiástica y casarme en el futuro por la iglesia con mi verdadero amor.
—¿Y qué pasará con Roger? —insiste Jackie—. ¿No intentarás volver con él?
La miro incrédula, casi ofendida por la sugerencia.
—¿Después de la humillación que me hizo pasar? —respondo tajante. Solo de recordarlo me hierve la sangre. No puedo creer que alguien piense que querría volver con ese idiota.
Jackie no se rinde, siempre buscando una solución.
—Entonces, cuando tu prometido venga, haz que venga por ti a la universidad. Que Roger te vea y se muera de rabia.
Jeannet y Jackie estallan en carcajadas, disfrutando de su ingenio. La idea no me parece tan descabellada… salvo por el pequeño detalle de que ni siquiera sé si él vendrá a América.
—¿Tienes una foto de él? —pregunta Jeannet con curiosidad.
Saco mi teléfono y, tras buscar entre mis fotos, encuentro una que guardé durante mi búsqueda en internet. Les muestro la imagen.
Las dos se quedan boquiabiertas.
—Nena… eres una bendecida. ¡Jajaja! ¿Estás segura de que no te vas a enamorar de él?
Niego con vehemencia.
—¡Por supuesto que no! Les aseguro que jamás lo amaré.
Pero incluso mientras lo digo, un pequeño nudo se forma en mi pecho. Espero cumplir mis palabras.