3. ¿Un matrimonio falso?
Phillip
La mujer entre las sábanas conmigo es Elena, la única con la que he mantenido algo parecido a una relación seria por más tiempo. Es una rubia espectacular, de cuerpo escultural y una habilidad innata para complacerme en todos los sentidos. A pesar de eso, en el fondo sé que lo nuestro nunca será más que lo que ya es.
—Oh, cariño, ¿te quedarás conmigo esta noche? —pregunta mientras exhala un suspiro coqueto, su voz cargada de seducción.
Me levanto de la cama y aplasto el cigarro en el cenicero de vidrio sobre la mesita. Suelo fumar después de estos momentos con ella, pero incluso ese pequeño ritual comienza a sentir vacío.
—No. Tengo que irme a casa. Mi tía quiere hablar conmigo.
Comienzo a vestirme sin prestarle demasiada atención, mientras ella se incorpora, dejando al descubierto su figura envuelta en la bata de seda que siempre usa. Me observa con una mezcla de curiosidad y algo que, a veces, me atrevo a pensar que es anhelo.
—¿Cuándo me llevarás a conocer a tu familia? —pregunta de pronto, con un tono casual, aunque sus ojos revelan lo importante que esa pregunta es para ella.
La miro por un instante, permitiéndome una pausa mientras abro un botón de mi camisa. La verdad es que no tengo respuesta. A pesar de que proviene de una familia respetada en nuestra sociedad, Elena no encaja con los estándares que mi madre y mi tía Haydee tienen para la futura "gran señora Giannopoulos". Y la realidad es que yo no sé si quiero más con ella.
—Ya veremos más adelante —respondo al final, con evasivas, mientras ajusto los puños de mi camisa—. Por ahora, necesito que sigas siendo discreta sobre lo nuestro. Sabes cómo son las cosas.
Elena baja la mirada, resignada, pero no dice nada. Ella sabe que todas mis relaciones deben mantenerse como rumores, jamás como hechos comprobados. Es una regla que mi familia me ha impuesto, y en ese aspecto no estoy dispuesto a desafiarla.
Termino de abrochar los zapatos y tomo mi chaqueta. Miro el reloj: aún es temprano, pero mi tía me ha pedido estar en casa a las ocho en punto. No quiero llegar tarde.
—¿Te veo mañana? —pregunta con un aire esperanzador mientras rodea mi cuello con sus brazos.
—Te mando un mensaje. Tengo una junta y no sé a qué hora saldré —respondo sin darle demasiadas expectativas.
Ella se estira en un movimiento calculado para besarme, pero giro el rostro, esquivando sus labios. Elena sabe muy bien que esa es una línea que no cruzo con nadie. Se lo he dejado claro desde el principio.
—¿Por qué lo hiciste? —le pregunto con firmeza, observando cómo la sangre abandona su rostro.
—Amor, solo quiero probar tus labios —dice en un susurro lastimero, sus ojos rogándome por algo que nunca le daré.
—No vuelvas a intentarlo —replico, mi tono más frío de lo que pretendía—. No beso a nadie. Eso no va a cambiar.
Mis palabras quedan flotando en el aire, pero sé que han cumplido su propósito. Los besos, para mí, son algo demasiado íntimo, algo reservado para una persona que aún no ha llegado, o tal vez para nadie.
Salgo del departamento sin mirar atrás. En la planta baja, mi chofer ya me espera con la puerta del auto abierta. Sin decir palabra, subo al vehículo, ajusto la corbata y me preparo para enfrentar lo que realmente importa: mi familia y sus interminables expectativas.
*****
—¡Estoy en casa! —anuncio en voz alta mientras cierro la puerta de un golpe suave. Mi voz rompe el silencio de la casa, un eco que se dispersa por las paredes hasta que unos pasos rápidos se acercan desde la cocina. Es mi tía Haydee. Su cabello, con mechones ya plateados, está recogido en un moño sencillo, y lleva puesto su delantal, una prenda que parece una extensión de su persona.
—¡Phil! ¡Llegaste! —exclama al verme, su voz cargada de alivio y un dejo de preocupación que no logra disimular. Camina hacia mí con los brazos extendidos y me abraza con fuerza, como si quisiera transmitirme algo que las palabras no podrían. A pesar de que mi madre sigue viva, Haydee siempre ha sido un pilar en mi vida. La considero una segunda madre. Nunca se casó, nunca tuvo hijos propios. Dedicó todo su tiempo, su amor y su energía a esta familia desde que mi padre murió.
—Sí, tía. El tono de tu llamada me dejó claro que era urgente, así que aquí estoy —le digo, tratando de sonar tranquilo, aunque mi mente ya está alerta. Algo importante se avecina. Lo sé por la tensión en sus ojos y el modo en que aprieta mis brazos antes de soltarme.
Me toma del brazo y me guía a la sala, su rostro ensombrecido por pensamientos que parecen pesarle demasiado. El ambiente allí es distinto, cargado, como si el aire estuviera suspendido en un tiempo extraño. Me siento en el sofá mientras ella toma asiento frente a mí, sus manos entrelazadas en su regazo.
—Quiero hablar contigo de algunas cosas importantes, Phillip. Principalmente de la empresa —comienza, con un tono que intenta ser directo, aunque el temblor en su voz la traiciona—. Dime, hijo… ¿es verdad que tu tío ha conseguido algunas de tus acciones? ¿Cómo pudo pasar algo así?
Las palabras caen como una piedra en mi pecho. Mi mente repasa las últimas semanas, el caos de descubrir que alguien, desde dentro, ha estado saboteando nuestra posición. Respiro hondo antes de contestar.
—Es verdad, tía. Aún no sabemos quién ha estado vendiendo las acciones, pero estamos investigando. Lo único claro es que mi participación sigue disminuyendo. Si no hacemos algo pronto, perderemos la Naviera.
Ella asiente lentamente, pero sus ojos no están fijos en mí, sino en algún punto distante, como si sus pensamientos la llevaran lejos. Su siguiente pregunta me devuelve al presente.
—¿Los Sanpier-Moore? —susurra, su voz cargada de un resentimiento que rara vez muestra.
Asiento. No hay necesidad de explicarle los detalles. Ella conoce tan bien como yo la amenaza que representan. Los Sanpier-Moore, antiguos aliados de mi padre, han acumulado silenciosamente una proporción significativa de las acciones. Ahora son los accionistas mayoritarios. La Naviera, que alguna vez fue el orgullo y el legado de nuestra familia, está al borde de caer en manos de intereses ajenos.
—Si esto continúa, tía, la Naviera estará fuera de nuestras manos. Es cierto que tenemos otros negocios importantes, pero esta empresa no es solo un nombre en una lista; es nuestra historia, nuestra identidad.
Ella respira hondo, su pecho sube y baja lentamente mientras me mira. Hay algo más que quiere decirme, lo sé. Pero parece estar buscando las palabras adecuadas, la manera de explicarlo sin romperme del todo.
—Phillip… Hay algo que necesitas saber. —Su voz, esta vez, es un poco más suave, como si se preparara para darme un golpe que no puedo esquivar—. Hace años, tu padre y los Sanpier-Moore se aliaron para proteger la empresa. Su mayor temor era que tu tío se hiciera con el control. Sabes bien que está profundamente involucrado con la mafia griega y que su interés en la Naviera siempre ha tenido un propósito oscuro.
Cada palabra se hunde en mí como un ancla, arrastrándome a un abismo de preguntas sin respuestas. Mi tía sigue hablando, y su voz se vuelve más firme, aunque su mirada permanece cargada de pesar.
—Cuando los Sanpier adquirieron esas acciones, tu padre hizo un trato del que nunca nos dio detalles. Llevó los secretos de ese acuerdo a la tumba. Pero hay algo que sé con certeza… Si alguna vez quieres recuperar esas acciones, debes casarte con una mujer de esa familia.
El silencio que sigue es ensordecedor. La habitación parece comprimirse a mi alrededor, como si el aire fuera demasiado denso para respirar. Mi mente intenta procesar lo que acabo de escuchar, pero las palabras de mi tía resuenan, rebotando una y otra vez.
—¿Casarme? ¿Qué estás diciendo, tía? —logro articular finalmente, aunque mi voz suena lejana, como si no fuera mía.
—Sí, Phillip. Es lo único que sé. Para volver a tener esas acciones, debes casarte con una de las mujeres Sanpier y vivir juntos en matrimonio por veinticuatro meses. Ni más ni menos. Durante ese tiempo, todo debe solucionarse. Luego, tu matrimonio podrá ser disuelto.
Me pongo de pie de un salto, como si la necesidad de moverme pudiera liberar la presión que siento en el pecho. Miro a mi tía, buscando algún indicio de que esto no es más que una broma cruel, pero su rostro es inquebrantable.
—¿Veinticuatro meses? ¿Un matrimonio falso? ¿Por qué no me dijiste esto antes? —Mi voz se eleva sin querer, y siento que la desesperación comienza a apoderarse de mí.
—Porque no quería que llegaras a esto. Tu padre hizo lo que pudo para protegerte de esta carga, pero ahora es tu decisión, Phillip. La empresa, el legado… está en tus manos.
*****
Las palabras de mi tía no dejan de resonar en mi cabeza. Casarme. Dos años. La idea me parece tan absurda que me pregunto en qué momento mi vida se complicó de esta manera. Todo parecía controlado, o al menos manejable, hasta ahora.
Enciendo un cigarrillo y doy una profunda calada, esperando que el humo disipe el nudo que siento en el pecho. El alivio es momentáneo. Antes de darme cuenta, el cigarrillo se ha consumido y prendo otro, como si cada bocanada pudiera llevarse un poco de la frustración que me invade. Pero nada cambia. Cuanto más lo pienso, más atrapado me siento, como si estuviera atado de pies y manos.
No sé qué tipo de estratagema utilizaron esas personas para apoderarse de lo que por derecho es mío. La empresa. Mi herencia. Todo lo que mi familia construyó con esfuerzo. Y ahora quieren más. Quieren mi libertad.
La rabia se acumula en mi interior hasta que explota en un golpe seco contra el brazo del sillón. Siento el dolor en los nudillos, pero no me importa. Una carcajada irónica escapa de mis labios. Ni siquiera sé con quién voy a casarme. Todo este plan es tan ridículo que parece sacado de una mala novela. ¿Cómo se supone que voy a pasar dos años de mi vida con una persona que no conozco, solo para salvar algo que, en teoría, ya debería pertenecerme?
Saco mi teléfono del bolsillo y comienzo a buscar información sobre los Sanpier-Moore. No espero encontrar mucho; esa familia siempre ha sido hábil para mantenerse fuera del radar, incluso en esta era digital. Y mis expectativas no son defraudadas. Un par de artículos de negocios, fotos cuidadosamente seleccionadas para eventos públicos, y poco más. La superficie de su vida parece impecable, pero sé que bajo esa fachada hay algo mucho más oscuro.
Mañana, a primera hora, llamaré a mi asistente. Necesito que investigue todo lo que pueda sobre ellos: su estructura familiar, sus conexiones, sus debilidades. Todo. Durante estos años, mi único contacto ha sido Daniel Sanpier, y la relación nunca ha pasado de lo estrictamente profesional. Es un hombre hermético, con una forma de hablar calculada y palabras parcas que siempre me han dejado con más preguntas que respuestas.
Apago el cigarrillo en el cenicero que reposa sobre la mesa y me sirvo una copa de whisky. El líquido ámbar desciende por mi garganta con un ardor reconfortante, pero no lo suficiente para calmar mi mente. Me recuesto en el sillón, observando las sombras que la luz tenue proyecta en las paredes. Sé que esta noche no podré dormir. Cada vez que cierro los ojos, la misma escena se repite: las palabras de mi tía, la amenaza sobre la empresa, y ese pacto ridículo que parece la única salida.
Con un suspiro pesado, me levanto y camino hacia mi habitación. El whisky aún hace eco en mi paladar, pero no sirve para apagar el incendio que llevo dentro. Me tumbo en la cama, mirando al techo, mientras mi mente sigue buscando una salida. Tiene que haber otra manera. Tiene que haberla. Pero por más vueltas que le doy, la única solución parece ser esa locura que me han impuesto.
La noche avanza, y yo sigo despierto, pensando en cómo evitar esta pesadilla. ¿Qué clase de hombre seré si dejo que me arrastren a esto? La respuesta me elude, igual que el sueño.