—¿Tres besos? —Silas suelta una carcajada amarga, una mueca de burla dirigida al documento—. Ni por todo el jodido oro del mundo. —Créeme, a mí no hace gracia, quién sabe dónde han estado posados esos labios. —Él no responde, no hace falta porque su sonrisa socarrona habla por sí sola. «Maldito idiota». —Es un seguro de vida, Silas —espeta Casper en tono sereno—. Tiene que ser una pareja en toda la extensión de la palabra frente a todos. Firma y cállate. —Haré mi mejor esfuerzo actoral, querida. Al fin y al cabo, la estrella de cine aquí eres tú. Aunque con esa cara de sargento, me va a costar encontrar la inspiración —dice él, torciendo el gesto, pero vuelve su atención al documento que sostiene. Casper aclara su garganta para recuperar el control de la reunión. —Sección tercera: Se

