—Espero que estés listo para dar todo de sí en esta farsa, Silas —le digo en un susurro cortante. Él no se mueve. Se queda ahí de pie, imponente, con su americana oscura y la camisa abierta, mirándome desde su altura con una fijeza que me eriza los vellos de la nuca. —No tienes que decirme qué hacer, Hart —replica, y su voz profunda suena más áspera que de costumbre—. Sé perfectamente lo que está en juego. Haré mi parte. Tú, limítate a no desmayarte. Antes de que pueda contestarle, la puerta se abre de nuevo. El hombre que va a oficiar la boda civil —un comisionado de apariencia pulcra y expresión aburrida— entra seguido por Casper y su asistente personal, una joven que sostiene una tableta digital y que supongo que hará las veces de testigo legal. Nos acercamos a una mesa alta de cris

