Cuando nuestros labios finalmente se separan, me quedo un segundo estática, con la respiración entrecortada. Siento cómo mis defensas, esas que construí con tanto esmero, bajan un par de centímetros y me cuesta creer que Silas haya podido salvar el lugar para mi evento con una sola llamada. Una vez más, contra todo pronóstico, me siento un poco más ligera de carga. Lo miro, intentando recuperar el aire y la distancia. —Se supone que no deberías besarme —le digo en un susurro, tratando de sonar firme, aunque mi cuerpo sigue vibrando por su cercanía. Silas no retrocede. Me sostiene la mirada con esa fijeza implacable y me responde en el mismo tono bajo, peligrosamente calmado. —Lo sé —suelta, y una chispa oscura baila en sus ojos—. Pero tampoco puedes negar que la atracción física está a

