Había estacionado el auto en la calle frente a la veterinaria tal como hacía cada vez que iba a recogerla. Llevaba varios minutos sentado ahí dentro, esperando a que su novia dignara en aparecerse y ya comenzaba a desesperarse por su tardanza. Para colmo de sus males el clima estaba en su contra, la temperatura de ese día había alcanzado niveles inesperados y debió permanecer con el motor encendido y el aire acondicionado refrescándole para no morir cocinado dentro de su propio automóvil.
Estaba concentrado leyendo el informe de ventas que su asistente le había enviado antes de salir de la oficina, cuando alguien tocó la ventanilla del auto. Zachary dio un brinco y volteó para mirar la hermosa cara de su novia sonriéndole.
—Llegas tarde. —le dijo luego de abrirle la puerta con el mando a distancia para que subiera.
—Lo siento, se me complicó demasiado el salir, un cliente llegó a último momento y ya sabes cómo es este trabajo.
Y vaya que lo sabía. Esa manía de preocuparse por cosas insignificantes le volvía loco, especialmente cuando tenían una cita y llegaba con el olor de aquellos mugrientos animales impregnado en su ropa, el cabello desaliñado y sin una pizca de maquillaje. Zachary la miró de pies a cabeza por unos instantes, preguntándose por enésima vez qué hacía un hombre como él con una mujer como ella.
— ¿Cómo estuvo tu día? —dijo dándole un beso sobre los labios, fingiendo que le importaba su respuesta.
—Fatal, la señora Ravenport trajo de emergencia a su pequeño poodle, pero no pude hacer nada para ayudarle ya que tenía parvoriosis canina y tuve que ponerlo a dormir. Me dio tanta pena ver sus ojitos suplicantes...
Zachary suspiró. Aquellas largas conversaciones sobre animales y sus enfermedades no le interesaban en lo más mínimo, pero eso hacía feliz a su “hermosa y sexy novia” de la cual estaba perdidamente enamorado, así que soportaba todo lo que podía su parloteo.
—...y al final tuve que prometerle conseguir un nuevo cachorro para que lo adoptara.
—Al menos tuvo un final feliz la historia. —respondió mientras respondía un mensaje en su celular.
— ¿Soy yo o no escuchaste todo lo que te dije?
—Lo siento cariño, sabes que esas historias tan largas me aburren, tal vez si me hicieras un resumen yo podría, ya sabes, poner un poco más de atención.
—Ya lo entendí, no vuelvo a contarte cosas de mi trabajo. —respondió cruzándose de brazos.
—Olivia, no lo tomes así.
— ¿Y cómo quieres que lo tome? Si mi novio, que dice amarme, le aburre terriblemente escuchar mis historias.
—No estás siendo razonable cariño, nada tiene que ver el amor que siento por ti con esto. De todas formas no comprendo por qué razón estamos peleando, otra vez.
Olivia bajó la cabeza, su novio tenía razón, desde hacía algunos meses a la fecha que tenían constantes discusiones que comenzaban así, con un comentario casual acerca de cosas que no tenían importancia pero que a ella le exasperaban en gran medida, y que se tornaban de pronto en una pelea de proporciones épicas, y que generalmente terminaban en días, y a veces semanas, sin verse o hablarse.
— Lo siento, sé que a veces me pongo demasiado sensible con estas cosas y…
—…Por favor, no digas nada. —Dijo él interrumpiéndola— Olvidemos esta discusión y hagamos como si nada hubiera pasado.
—De acuerdo. —respondió Olivia haciendo un puchero.
—Bien.
Siguieron el camino en completo silencio. Olivia estaba algo incómoda, detestaba haberse comportado como una idiota, especialmente después de tres días de no ver a Zachary ya que había estado en un viaje de negocios en Londres. Usualmente no reaccionaba de esa forma, hasta hace un tiempo podía controlar esos cambios repentinos de humor, sin embargo en los últimos meses aquellos impulsos la dominaban; y se repetían cada vez con mayor frecuencia que cuando empezaron a darse luego de su operación.
— ¿Te acordaste de comprar un vestido para la cena de esta noche? —le preguntó Zachary rompiendo el tenso silencio.
— ¡La cena de hoy! Lo había olvidado por completo.
—Olivia...
—No te enojes conmigo, sólo fue un pequeño descuido.
—Como cuando olvidaste el almuerzo al que te invitó mi madre, o la salida de compras con mi prima Jade; y ni qué digamos de la vez en que olvidaste ir a recoger a Demian al aeropuerto.
—Ya sé que soy un poco despistada amor, pero no es justo que me lo eches en cara justamente ahora.
Zachary suspiró. —Tienes razón, en este momento necesitamos ir a conseguirte un vestido.
A Olivia se le iluminó el rostro. Zachary podía tener un carácter del demonio pero si de algo no tenía ni la más mínima duda era que la amaba sinceramente, y aunque no se lo demostraba con frecuencia, aún estaban esos pequeños momento como este, cuando podría molestarse con ella pero decidía dejarlo a un lado.
—Gracias, gracias, gracias. —dijo arrojándose a sus brazos y llenándolo de besos.
— Olivia contrólate por favor, estoy conduciendo.
— Lo siento.
— Shh, no digas más.
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Derek colgaba el teléfono luego de una larga conversación con su prima Rebeca y la pequeña Helena, que estaba cumpliendo dos años. Sus compromisos laborales le estaban haciendo perderse la celebración de cumpleaños de su pequeña sobrina, a la que amaba con todo su corazón, y aquello lo hacía sentir muy culpable, no solo porque había roto su promesa a Rebeca, sino porque la pequeña se escuchaba triste porque su tío no le había enviado un regalo.
Se dirigió a la cocina por un vaso con leche antes de acostarse a dormir, últimamente era lo único que lo relajaba un poco, especialmente luego de haber dejado el alcohol. Subió las escaleras hacia la habitación y se echó sobre la cama, dejando caer todo su peso sobre el colchón. El cielorraso de su cuarto así como el de toda la casa era de un blanco inmaculado, construido mediante piezas prefabricadas de poricloruro de vinilo, cuyos detalles ya le eran completamente conocidos.
Desde que había llegado a Madrid se pasaba los ratos libres admirando las estructuras de la casa que la embajada española le había ofrecido a través de la encargada del Centro Cultural de España, quien lo había contratado para dar un total de quince conciertos en los teatros más importantes de aquella ciudad.
Tenía apenas unas cuantas horas para descansar y prepararse para el concierto de esta noche, así que decidió invertirlos en dormir un poco, cosa que casi no podía hacer sin tomar algún relajante o como en este caso, un vaso de leche; sin embargo se estaba convirtiendo en una hazaña el solo hecho de intentarlo.
Se dio por vencido y se levantó de la cama, dirigiendo sus pasos al cuarto de baño. Adornado con una gran bañera y todos los implementos como sales, perfumes y demás cosas necesarias para darse un relajante baño, Derek abrió el grifo para llenarla de agua. Se sentó en su borde con la mano dentro, tanteando la temperatura y abriendo o cerrando los grifos de agua fría y caliente de forma alternativa.
El teléfono sonó en el piso de abajo. Derek se levantó y corrió escaleras abajo tan rápido como pudo para evitar que la llamada terminase sin que él la contestara.
—Diga.
—Se supone que deberías estar ensayando en estos momentos Reed.
—Gracias Arlington, yo también me encuentro bien.
—No tengo tiempo para tus lecciones de modales, ¿me puedes decir por qué diantres no estás aquí?
—Quería dormir un par de horas antes del concierto, además ya me sé de memoria todo lo que voy a tocar.
—No te confíes Reed, recuerda lo que pasó meses atrás durante los últimos conciertos en Tokio.
No era necesario que Samantha se lo repitiera ya que él lo recordaba muy bien.
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El Teatro Tokio Takarazuka era una de las localidades más difíciles para cualquier artista ya que era de los más imponentes que se alzaban sobre la ciudad nipona. Después de que los conciertos que había realizado por diferentes partes del mundo con motivo de su sorpresivo regreso a los escenarios no tuvieran la concurrencia esperada, no se imaginaba que las entradas para esa noche se hubieran agotado.
Para su sorpresa el teatro estaba lleno a reventar, no cabía ni una sola alma más así el mismo San Pedro las hubiera acomodado. A decir verdad los nervios se lo carcomían por dentro, no tanto por encontrarse en aquel escenario, sino más bien por el encuentro que había tenido la noche anterior en la salida de uno de sus conciertos.
Se había distraído algunos segundos con una pareja que caminaba con su hijo en brazos cuando Samantha le advirtió de una mujer que cruzaba la calle sin percatarse de que el semáforo estaba en verde. Logró detener el auto apenas a tiempo para evitar atropellarla, entonces fue cuando la vio.
Los cabellos rubios atados en una coleta alta, los delicados pómulos, los labios color coral, la forma oval de su rostro y aquellos ojos azules como como el color del cielo, con una leve chispa casi imperceptible que era el presagio del fuego que llevaba por dentro. Era ella, tenía que ser ella.
Un hombre la alejaba del lugar rodeándole la diminuta cintura con el brazo. Entonces se había bajado del auto sin importar que otros autos estuvieran detrás de él y los siguió por la oscura noche. Llegó en el momento justo que él abría la puerta para que ella se subiera y la sujetó del brazo.
— ¡Briana! ¿Eres tú?
—Creo que está confundido señor.
— Eres tú amor. —Dijo abrazándose a ella, sin importar la renuncia de ella y las amenazas del hombre que la acompañaba— Dios, no sabes cuánto te he extrañado.
—Señor, creo que me está confundiendo, yo no soy quien usted cree.
— Mi amor, mi amor, —repetía aún aferrado a ella— no te imaginas todo el daño que me ha hecho tu ausencia, las noches sin ti han sido un martirio para mí, me despierto entre gritos, recordando aquella terrible noche... ¿por qué lo hiciste? ¿Por qué no me esperaste?
Derek no prestaba atención a lo que decía aquella mujer, sólo sabía que estaba en brazos de su amada, sintiendo el calor característico de su piel que le era muy conocido, el que se sentía como estar en casa.
—Suelta a mi novia cretino.
De un empujón lo apartaron de ella y cayó al suelo. Volvió a sentir el vacío y la desesperación apoderándose de su cuerpo y de su alma. Entonces abrió los ojos y la miró bien. El parecido era increíble, incluso ahí con la luz de la farola iluminando su rostro podría decir que no había diferencia; pero al ver el terror reflejado en su mirada entendió que sólo se había tratado de un error, su mente desesperada le había hecho una mala pasada.
— ¿Está bien señor?—la chica se acercó y le tendió la mano. Derek la aceptó y se levantó, su ropa estaba mojada y sucia, pero más que eso su corazón estaba dolido. Se alejó rápidamente de ahí y volvió al auto.
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— ¿Hola? ¿Derek? ¿Estás ahí?
—Sí, aquí estoy. —respondió volviendo a la realidad—No te preocupes Arlington, no lo voy a arruinar, ¿acaso te he fallado hasta ahora?
—Está bien, descansa y relájate, pero te quiero en el teatro una hora antes de empezar.
Terminó la llamada y regresó al cuarto de baño a tiempo para evitar que el agua se derramara y mojase la alfombra persa que cubría el piso. Se quitó los jeans y la camiseta, hundiendo su cuerpo en el agua tibia y dejándose inundar por los olores de las fragancias y sales.
Sus músculos empezaron a relajarse, sin embargo su mente se negaba a abandonar la tarea de pensar y sin quererlo volvió en el tiempo, al momento que marcó su existencia para siempre.
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—No sé por qué siempre terminas haciendo lo que él dice.
Era la quinta vez que su amiga le repetía lo mismo desde que llegó de comprar el vestido para la cena con Zachary; y ya había perdido la cuenta de las veces que se lo había repetido en los últimos tres años de amistad que llevaban.
—Ya te lo he dicho Kate, no hago lo que Zachary me pide solo porque sí. Nuestra relación se basa en negociar y...
—Cada uno cede alguna que otra cosa. —Terminó la frase Kate, imitando su pose y su voz—Repítetelo mil veces, tal vez así algún día te lo creas.
—Kate ya basta, no entiendo que tienes en contra de Zachary, hasta donde sé nunca te ha hecho nada e incluso ha intentado llevarse bien contigo pero tú no lo dejas, siempre lo has visto con malos ojos.
— ¿Qué quieres que te diga? Mi séptimo sentido me dice que ese hombre no es de fiar.
—Se dice sexto sentido... además llevamos casi cuatro años saliendo, más tiempo del que tú y yo somos amigas y mucho más del que has mantenido una relación con un hombre.
Y no era mentira. Kate era una mujer que sabía disfrutar de la vida sin sentir remordimientos ni seguir los estándares sociales que se imponían a la conducta femenina. No se consideraba a sí misma una feminista, simplemente era una mujer libre de hacer lo que quisiera, con quien quisiera. A pesar de eso, la opinión de su amiga de alguna manera la afectaba, no le gustaba sentirse juzgada por nadie, y mucho menos por la persona a la que consideraba su familia.
—Eso es un golpe bajo Olivia.
— Lo lamento amiga, pero tú te lo buscaste con esa manía de verle cosas malas a mi novio.
—Está bien, tal vez me merecí eso, pero no cambiaré la opinión que tengo de Zachary y de su familia. ¿Es que no lo ves?
— ¿Qué se supone según tú que tengo que ver?
—Quiere convertirte en una muñeca de trapo, un trofeo que mostrar ante las personas de la alta sociedad. Siempre está criticando como vistes, cómo comes, cómo hablas... ¡incluso te escoge la ropa!
—Él no hace eso. —Kate miró hacia el vestido que estaba sobre la cama y Olivia lo recogió algo nerviosa. — Bueno, quizás escoja algo de mi ropa pero eso es porque yo lo prefiero así, él tiene un gusto más refinado que el mío.
—Zachary trata de cambiarte, amiga y tú no lo estás viendo. A veces creo que si no fueras una Collins él no estaría contigo.
Este era un tema que a Olivia no le gustaba mucho tocar pero que se lo había planteado en más de una ocasión. Había conocido a Zachary cuando éste último llevó a la perrita de su madre, una chihuahua adorable llamada Pinky que tenía un problema estomacal. Alto, de cabellera negra, perfil angulado y un cuerpo que se notaba cuidadosamente trabajado, a la rubia le había parecido demasiado atractivo. Claro que él no se había molestado en fijarse en ella; pero Olivia lo atribuyó a que su bata de veterinaria no llamaba mucho la atención.
Hubo que dejar a Pinky esa noche en observación y al día siguiente cuando Zachary volvió ella no lo pudo ver ya que estaba fuera atendiendo una emergencia. No lo volvió a ver hasta una semana después, cuando había asistido con su padre, Abraham Collins, a una cena de beneficencia.
Para suerte suya su padre y el padre de Zachary, Augustus Black, eran socios en algunas transacciones comerciales y eso le dio la excusa perfecta para acercársele. Por supuesto que cuando los presentaron él no la reconoció y hasta la fecha sostenía que no recordaba esa situación, pero su trato hacia ella cambió radicalmente a partir de ese momento.
—Tal vez su familia sea así pero Zachary no, él me quiere por lo que soy no por mi apellido.
—Ya veo que cada vez es más difícil hacerte entender Olivia, y de corazón deseo ser yo quien se equivoque, porque si llegara a tener razón eso significaría que tú sufrirías mucho y no lo soportaría.
— ¿Podemos dejar este tema por favor? Necesito que me ayudes a prepararme, además no me has dicho si aceptas venir conmigo.
—Sabes que detesto estar entre toda esa gente pomposa que te mira por encima del hombro.
—Demian va a estar ahí.
Olivia se estaba jugando su última carta soltándole a Kate que Demian estaría, aunque pensara de esa forma tan radical no podía disimular que aquel hombre la traía vuelta de cabeza.
—Sólo porque te quiero mucho voy a acompañarte.
— Sí claro, lo haces por mí.
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Todo estaba listo para dar comienzo al concierto. El Baldwin n***o estaba estratégicamente colocado en la esquina izquierda del escenario, con una luz plateada reflejándose directamente sobre él. Del otro lado una gran manta se extendía de arriba hacia abajo sobre el escenario, el cual estaba completamente oscuro a excepción de la luz sobre el piano y la manta. Los bailarines de danza contemporánea ya habían tomado sus posiciones detrás de la manta, formando una silueta con sus sombras abrazadas la una a la otra.
El director de la orquesta tocó el atril con su batuta y el público guardó silencio mientras Derek hacía su entrada vestido con un esmoquin n***o de cola y guantes blancos. Se sentó sobre el taburete, echando atrás la cola del esmoquin y entrelazando los dedos de ambas manos hacia adelante, haciendo que sonaran.
Nuevamente el director hizo una indicación a la orquesta y la música de un violín tocado magistralmente por una mujer de largos cabellos castaños empezó a inundar el ambiente. Los bailarines comenzaron a trazar figuras con sus cuerpos, expresando diversos sentimientos que se convertían en las letras de aquella melodía.
Después de algunos minutos de aquel solo de violín, el sonido de las teclas del piano comenzó a llenar los oídos de los presentes con dulces notas. Derek se entregaba a su interpretación con los ojos cerrados, aquella canción traía a su memoria infinidad de recuerdos felices y al mismo tiempo amargos, recuerdos de una vida de felicidad que había vivido al lado de Briana.
La melodía que estaba interpretando se llamaba Midnight Enchantment, y lo había compuesto para ella, después de que sucumbieron ante el deseo de sus cuerpos y entre caricias y gemidos excitantes se habían entregado a la pasión y al amor. Esa noche despertó con un sentimiento de alegría que no cabía dentro de su pecho, tomó papel y lápiz y se sentó al piano a escribir.
Briana despertó de su sueño atraída por las notas melodiosas y apareció en medio de la sala, desnuda, con apenas una sábana blanca envolviendo su sensual cuerpo y los cabellos dorados revueltos cayendo en cascada sobre sus hombros. Al verla así no tuvo más voluntad para seguir tocando, se levantó del taburete y la colocó sobre el piano, haciéndole el amor una vez más allí mismo.
Durante el concierto le costó un mundo concentrarse. La ejecución de cada uno de las sonatas que él mismo había compuesto fue simplemente limpia, no había tenido ni un solo error, hasta que la miró sentada en la primera fila. Entonces su concentración se fue al infierno, equivocó varias teclas y por poco tiró por la borda lo que hasta ahora era el mejor concierto que había dado desde su regreso; pero por suerte logró controlarse y terminar.
Sintió las lágrimas que corrían libremente por sus mejillas y caían sobre las teclas del piano, mojando sus guantes. Derek abrió los ojos encontrándose de nueva cuenta sobre el escenario del Teatro Infanta Isabel, rodeado de miles de personas. La pareja detrás de la manta se envolvía en una complicada posición, contorsionando su cuerpo de una manera inimaginada y provocativa.
La orquesta dejó de tocar, solo quedaron Derek y la violinista, unidos en los últimos acordes de aquella melodía que tanto dolía a su corazón. El pelinegro sostuvo las manos suspendidas en el aire durante algunos segundos y los bailarines volvieron a la posición inicial.
El público se puso en pie, aplaudiendo a más no poder y arrojando rosas rojas a sus pies. Derek se levantó del taburete e hizo las reverencias de rigor mientras los presentes sostenían sus aplausos. Podía decirse que aquello era lo que más deseaba cualquier músico, ser ovacionado de esa forma era simplemente lo mejor, pero a pesar de que crear música lo llenaba, la sensación de soledad y vacío nunca lo abandonaban.
Su necesidad iba más allá de la fama o el placer que ella producía, su necesidad era la necesidad más básica de todo ser humano, sentir que alguien le apoyaba, que alguien era su faro y su puerto seguro. Pero él no tenía nada de eso, la vida se lo había arrebatado de la forma más cruel.
—Prometiste que estarías siempre a mi lado, pero me mentiste. ¿Por qué te fuiste Briana? ¿Por qué me abandonaste?—Pensó, y con ese pensamiento abandonó el escenario.
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— ¿Está bien así?
—Mmm, sí, muy bien.
— ¿Y qué tal esto?
—Oh por Dios, es increíble.
—No sabía que fueras tan religiosa.
—Cállate y concéntrate en tu trabajo.
—Tus deseos son órdenes.
Derek continuó con el masaje hasta que los pequeños ronquidos de Briana le anunciaron que su hermosa novia se había dormido.
—Mi novia. — Pensó, dibujando una sonrisa en su rostro.
Quien diría que él se ataría así a una chica y con tan solo haber salido en un par de citas. ¿Pero qué podía decir? Briana le había cautivado desde el primer momento, esa mezcla de dulzura con pasión lo había hecho caer rendido a sus pies, y antes de que alguno descubriera lo frágil y dulce que se escondía en el interior de "la dama de hierro", como era conocida, era mejor asegurarla para él.
La rubia se removió sobre la cama y el pelinegro no pudo evitar excitarse con ese ligero movimiento. Ella era tan sensual, quizás la mujer más sensual que había conocido, un verdadero volcán en la cama, que al menor de sus movimientos se encontraba más que dispuesto a saciarse de ella.
Miraba embelesado cada curva de su cuerpo, la perfección de su espalda y el nacimiento de sus glúteos. Estaba tan perdido en ella que se había quedado inmóvil.
— ¿Por qué te detienes? —preguntó Briana adormilada.
Estabas dormida.
—No es cierto... sólo descansaba los ojos.
—Estabas roncando.
—No son ronquidos, son suspiros de amor.
— ¿Ah sí? ¿Y se puede saber por quién suspirabas?
—Mmm por quién más tonto... por Leo.
— ¿Leo? —preguntó celoso.
—Leo DiCaprio. —respondió ella risueña.
— Así que esas tenemos... ya veremos si "Leo DiCaprio" te puede salvar de esto.
— No, no, no... Cosquillas no...
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Despertó sobresaltado, el cuerpo envuelto en sudor y por sus mejillas finas lágrimas que se le habían escapado. Pero no lloraba por haberla soñado, no, todo lo contrario, lloraba porque los únicos momentos en los que se podía encontrar con ella, era precisamente en sus sueños.