Olivia Collins era una mujer muy simple, al menos eso decían quienes llegaban a conocerla. No era el tipo de persona que hacía gala de su posición social o del dinero que sabía que iba a heredar de su padre. Su nombre no se leía en los tabloides, tampoco se le veía en cada fiesta o cena de caridad, o mezclándose con las damas de alta sociedad, por el contrario, Olivia siempre había odiado ese tipo de eventos sociales. Desde que tenía uso de razón había comenzado a negarse a asistir a cuanta cena de negocios o beneficencia era invitado su padre.
La razón era muy sencilla, las personas que solían asistir a ese tipo de eventos era sumamente pretenciosas, cada uno tratando de mostrarse superior al otro, incluso en las fiestas de caridad lo único que les importaba era quien donaba más para ser reconocido por los medios. A decir verdad, Olivia prefería pasar el tiempo con los animales que llegaban a la veterinaria, que con aquella gente tan pomposa.
Abraham Collins, su padre, siempre le reprochaba su actitud y le recriminaba el hecho de estar alejada de su mundo. Pero conforme Olivia crecía y comenzaba a entender más del mundo en el cual estaba inmersa sin quererlo, se dio cuenta que ella era diferente a ellos. No sentía placer por la fortuna que amasaba su padre, ni tampoco era feliz haciendo berrinches para que le compraran ropa de diseño o móviles costosos, aquellas cosas no la hacían feliz.
Por supuesto que eso la distinguió de las demás chicas que eran hijas de los socios de su padre, pero esa distinción era de forma negativa ya que aquellas niñas mimadas no querían compartir con ella.
En un principio su rechazo fue doloroso, luego aprendió a convivir con ello, de todas formas ella sabía muy bien lo que era estar sola, lo había estado desde muy chica. Cuando apenas tenía tres años, su madre, una hermosa mujer llamada Sabine y que su padre había conocido en uno de sus viajes de negocios, murió de manera repentina a los escasos veinticinco años. Olivia casi no la recordaba, pero su nana Leticia solía contarle sobre ella y ella pasaba horas escuchando con atención todo cuanto le decía.
Su padre en cambio no había tomado a bien la muerte de Sabine. Empezó a trabajar más cada día, olvidando que aún tenía una hija que necesitaba de su cariño. Olivia nunca comprendió su distanciamiento, aunque Leticia le había dicho que posiblemente era por el gran parecido que ella guardaba con su madre y que eso a su padre le dolía; pero ella también la había perdido y no reaccionaba de esa forma.
Para su desgracia no sólo en lo físico Olivia se parecía a su madre, había heredado de ella la terrible enfermedad que le arrebató la vida siendo aún muy joven. Por esa razón su infancia fue diferente a la que cualquier niño tendría. No podía hacer muchos esfuerzos y las consultas médicas se sucedían de forma constante. Su frágil condición incluso le impidió tener un cachorro con el cual jugar, ya que por recomendaciones médicas no podía exponerse a que alguna bacteria o infección que tuviera el animal afectara aún más su frágil salud.
Quizás por esa razón había querido estudiar medicina veterinaria. Los animales le apasionaban, pasaba horas, sentada frente al televisor o revisando en internet acerca de ellos, aunque no se le permitía estar cerca de ninguno. La única persona que parecía comprenderla y quererla era su nana, Leticia.
Había estado con ella desde muy chica, Olivia ya ni recordaba desde cuándo, sólo sabía que en cada recuerdo feliz de su vida siempre estaba Leticia. No era una mujer mayor, al contrario, era bastante joven y muy hermosa, incluso Olivia se preguntaba a veces por qué su nana no se había casado nunca ni tenido hijos propios.
Alguna vez, estando en lo más difícil de su enfermedad, se atrevió a hacerle la pregunta.
—Tú eres mi familia. —le respondió con una sonrisa— No necesito a nadie más.
Y con eso había dado por zanjado el tema. Su nana siempre fue muy hermética, nunca decía nada acerca de su pasado y tampoco hablaba de su vida personal con nadie. Aunque a veces era molesto, ese hermetismo y su capacidad de guardar secretos era lo que le había dado a Olivia pequeños instantes de felicidad, cuando Leticia le llevaba a escondidas algún animalito.
A pesar de lo delicado de su condición, Olivia siempre tuvo la esperanza de que eso cambiara, que no tuviera que esconder su amor por los animales, pero al cumplir quince años ese sueño tuvo que pasar a segundo plano.
Regresaba de clases cuando sucedió. Primero fue como un leve punzón, luego el dolor se incrementó y empezó a extenderse por su hombro y rápidamente por todo su brazo. Sentía una súbita opresión en su espalda que no cedía, su frente estaba bañada en sudor y le faltaba el aire. Su nana había llegado justo en el momento en que caía al suelo.
La llevaron de emergencia al hospital donde el médico avisó que su situación se había agravado y que era necesario redoblar los esfuerzos. Volvió a su casa dos meses después, cuando los médicos lograron restablecerla, pero las cosas cambiaron drásticamente.
Su habitación cambió las decoraciones de conejos por respiradores y máquinas de hospital. Leticia ya no cuidaba de ella, tenía una enfermera particular y apenas lograba ver a su nana cuando subía a dejarle la comida, ya que la enfermera no permitía que se le acercaran, mucho menos salir de su habitación o incluso de su casa a excepción de las veces que tenía que ir a consulta. Olivia se sentía prisionera de su propio hogar.
Los años que sucedieron luego de eso fueron los más terribles, tuvo que terminar sus estudios en casa y ni pensar en asistir a una universidad y mucho menos estudiar veterinaria. Olivia llegó al punto de preferir morir de una vez por todas a seguir llevando aquella vida.
— ¿No estás de acuerdo bonita? —Le preguntó Zachary volviéndola a la realidad.
—Yo... no sé... ¿qué fue lo que dijiste?
—Otra vez estabas en la luna querida. —Dijo su suegra con tono sarcástico y despectivo— Es que no se puede tener una conversación contigo, siempre te quedas divagando.
—Si las conversaciones fuesen más interesantes no se distraería pero... ¡Auch!
Kate no pudo terminar de hablar cuando la rubia pellizcó su muslo por debajo de la mesa en la que estaban todos los invitados sentados degustando de un menú francés, el mismo de siempre en las cenas organizadas por los Black y que a Olivia ya le aburría.
—Olivia querida, deberías escoger mejor a tus amistades, se nota que a esta muchachita le falta clase.
—Eso sí que no se lo voy a permitir. —empezó a decir Kate.
—Madre. —Interrumpió una voz—Me parece que no es apropiado discutir eso con mi querida cuñada frente a los demás invitados.
—Tienes razón, Demian querido, como siempre. Olivia discúlpame por mi exabrupto, quizás después podamos reunirnos y discutir el tema en privado.
Kate no aguantó más, era el colmo que aquella mujer no sólo se sintiera en el derecho de discutir sobre su amistad con Olivia, sino que hablara de ello como si ella no estuviera presente. Se levantó de la mesa haciendo fuerte ruido al empujar la silla y se dirigió al balcón. Olivia se disculpó y la siguió.
— ¿Y esta es la familia a la que quieres pertenecer?—le increpó Kate apenas la vio—En verdad no te entiendo Olivia, desde que te conozco has vivido quejándote de cómo es tu padre, de que no te gusta que te exhiba como un trofeo a la familia feliz delante de sus socios, que el mundo en el que se codea está lleno de hipocresía y doble moral; ¿y justamente vienes a meterte entre el top ten de los hipócritas y clasistas? Tú debes estar loca.
—Mi relación no es con ellos sino con Zachary y él es distinto a los otros.
—No vi que te defendiera del ataque de su madre.
—No me estaba atacando a mí.
— ¡Soy tu amiga! Es como si el ataque fuera hacia ti. —Kate se dio cuenta por el rostro de Olivia que la rubia no pensaba de la misma forma—Sinceramente no tengo por qué aguantar todo esto, me largo de aquí.
—Kate por favor, no te vayas así.
—No Olivia, sé entender cuando sobro en algún lugar y como ahora estás con tu amadísimo novio y no me necesitas, creo que estoy sobrando aquí.
—Kate... ¡Kate!
—Déjala, —dijo una voz a su espalda que la sobresaltó—ya se le pasará.
—Demian, me asustaste. ¿Hace rato estás ahí?—el hombre asintió—Dime que no escuchaste todo lo que dijo. —Volvió a asentir—Ella estaba molesta Demian, no lo dijo en serio.
—No te preocupes cuñada, incluso yo mismo he llegado a pensar igual que ella con respecto a mi familia, hasta me he preguntado cómo es que una chica tan linda y buena como tú se haya fijado en el idiota de mi hermano.
Demian se recostó al balcón. Su corpulenta figura contrastaba con la suavidad de su expresión, la cual estaba iluminada por la luz de la luna llena. Olivia se acercó hacia él y lo imitó. El hombre sacó del bolsillo de su saco una cajetilla de cigarros y le ofreció uno pero ella lo rechazó. Tomó un encendedor plateado de su bolsillo y llevándose un cigarrillo a sus labios lo encendió.
— ¿Por qué es tan difícil de comprender? Mi relación con Zachary—aclaró— ¿por qué te cuesta entender que estemos juntos?
—Pues es sencillo Olivia, basta con verlos juntos para saber que no se pertenecen. Zachary es un hombre frío y calculador, no se detiene por nada ni nadie para conseguir sus objetivos, en fin él es más como una versión masculina de mi madre. Pero tú eres distinta, eres tan dulce y tierna, no eres pretenciosa como las chicas que se mueven en nuestro entorno, además no tienes doble cara, siempre eres tan... tú.
—Yo no veo a Zachary de ese modo. Quizás sí parezca un hombre frío a veces pero conmigo no es así. Siempre se preocupa por mí, está al pendiente de mis necesidades y es gentil y caballeroso.
Olivia estaba orgullosa de lo que decía del hombre que veía como su futuro esposo y padre de sus hijos, aunque eso era un tema que aún no habían discutido ella y Zachary. Se pensaría que después de tres años juntos ya él habría hecho la gran pregunta, pero no había pasado aún y eso ya le preocupaba un poco.
—Parece que lo dices más para convencerte a ti misma que a mí. —Dijo Demian, igualando una de las tantas conversaciones que Olivia y Kate habían tenido—No me malinterpretes, no pienso que mi hermano sea una mala persona, sólo es que siento que no es el hombre para ti. Mi madre ejerce un control sobre él que terminará por asfixiar su relación y la que va a salir más lastimada serás tú.
—Te agradezco tu preocupación Demian, pero quien decide si Zachary es bueno o no para mí soy yo y no admito que nadie se entrometa en nuestra relación.
Demian la observó por el rabillo del ojo mientras su mirada se mostraba perdida hacia la nada. Suspiró cansino. Había visto crecer a Olivia y convertirse en la noble mujer que era ahora, por lo cual su afecto hacia ella era genuino. Tal vez por eso una parte de él quería insistirle en que se alejara de su hermano y de los tentáculos de su madre, pero si ella no quería escuchar razones, quién era él para decirle lo que debía hacer.
—Te aprecio Olivia, —dijo después de un prolongado silencio—por eso trato de hacer que lo entiendas, pero tienes razón, quien debe decidirlo eres tú.
Demian le dio una última calada a su cigarrillo y luego regresó adentro de la casa, dejando a Olivia sola en el balcón. Aunque no quería admitirlo las dudas que tenían tanto su cuñado como su amiga, eran las mismas dudas que ella comenzaba a tener.
Desde que había conocido a Zachary se había sentido afortunada. Hasta hace poco Olivia estaba convencida que él era el hombre de sus sueños, con quien quería pasar el resto de su vida, y no sabía en qué momento había empezado a sentirse diferente, sin embargo, esa noche más que nunca, la duda se sentía como un monstruo creciendo en su interior.
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El concierto en el teatro Infanta Isabel había sido el último de su gira por Europa. Por fin podría regresar a casa, descansar por algún tiempo y dedicarse a componer las canciones para su nuevo disco. Hasta el momento no había interpretado un nuevo repertorio en sus conciertos, todas las sonatas habían sido compuestas a inicios de su carrera y después de haber conocido a Briana, a quien dedicó varias de ellas. Sus dos favoritos eran Midnight Enchantment, el cual interpretó en el concierto de la noche anterior, y Butterfly Wings, ambos compuestos para ella.
Butterfly Wings era la única sonata que no interpretaba en sus conciertos, era demasiado doloroso siquiera dar el primer acorde, ya que ésta fue compuesto por él en la primera noche que estuvieron juntos, y no la había interpretado hasta el día que contrajo matrimonio con Briana.
Era una hermosa tarde de otoño, los árboles de cerezo comenzaban a teñir sus hojas con tonos naranjas y algunas caían con la suave brisa que mecía las copas. Habían decidido que la ceremonia se realizaría en un parque y colocaron el arco decorado con rosas blancas debajo de las ramas de un gran árbol de cerezo.
Cuando Briana llegó al principio de la alfombra roja para iniciar su desfile, notó que Derek no estaba al final esperándola. Por un momento breve se tensó, pero su padre le tomó fuerte la mano y le dijo al oído que todo estaba bien. Entonces la música comenzó a sonar, no era la acostumbrada marcha nupcial, eran las teclas de un piano y Derek sentado en el taburete tocando la melodía que compuso especialmente para que ella caminara hacia su encuentro, hacia el inicio de una nueva vida, juntos.
Briana sonrió ampliamente, con una sonrisa que iluminaba todo el lugar, más cálida que el sol, más cálida de lo que había sido nunca. Cuando llegó al final del camino de pétalos, el pelinegro dio la última tonada; luego se acercó a ella y la besó con pasión ante la risa y sorpresa de todos, hasta que el ministro llamó su atención y empezó la ceremonia.
Ahora aquella sonata le traía tristeza en lugar de alegría, ya que simbolizaba todo lo que era importante para él y que la vida se había encargado de arrebatarle.
—Debemos darnos prisa, el avión sale en tres horas.
Samantha bajaba la escalera arrastrando la maleta mientras tomaba su móvil para llamar a la agencia de taxis por quinta vez para asegurarse de que su transporte estaría allí a la hora pactada.
— ¿Está segura de que estará en cinco minutos?—decía al teléfono—De acuerdo, esperamos. —Terminó la llamada— ¿Estás listo?
—Sí, ¿y tú?
—Lista, sólo espero que el taxi...—en ese momento sonó afuera una bocina—Parece que ya no hay por qué preocuparse.
Derek cargó su maleta y la de Samantha hasta el taxi y las metió al maletero. Ambos se sentaron en el asiento trasero y le indicaron al chofer que los condujera hasta el aeropuerto Adolfo Suárez Madrid-Barajas. Samantha había reservado los tiquetes de primera clase desde antes de iniciar la gira, aunque a Derek le parecía que era innecesario gastar dinero de más cuando podían viajar en clase económica. La rubia se opuso alegando que él era un artista y ahora de clase mundial, por lo que no podía viajar como los demás mortales.
Luego de pasar por seguridad y que todo estuviera en orden, abordaron el vuelo que los llevaría de regreso a casa. Samantha tomó el asiento con ventanilla y Derek se sentó a su lado en el asiento que daba al pasillo. Una azafata no tardó en acercarse a ellos para ofrecerles una bebida. La esbelta pelinegra se mostraba bastante más amable con Derek de lo que fue con Samantha, cosa que ella notó enseguida, como también notó que el pelinegro ni siquiera reparó en ella, lo cual la tranquilizó.
El vuelo comenzó su marcha. Derek tomó la botella con agua que la azafata le dejó y buscó entre sus bolsillos el frasco de pastillas que siempre cargaba y sacó una.
— ¿Qué es eso?
—Es un relajante suave, me ayuda a dormir.
—No sabía que estuvieras teniendo problemas para conciliar el sueño.
—Sólo a veces, pero no te preocupes mucho, te aseguro que estoy bien.
En el fondo algo le decía que eso no era del todo cierto, pero contradecirlo era tocar un tema que Samantha prefería evitar, era darle cabida a Derek para que pensara en su esposa muerta y eso era algo que ella quería que él dejara de hacer.
Durante su estadía en Europa, ella y Derek compartieron las casas en las cuales los hospedaron. Fueron nueve meses de una tortura inimaginable, teniéndolo tan cerca y al mismo tiempo estaban completamente distantes. En una ocasión se atrevió a insinuársele al pelinegro pero éste, o no había entendido su intención o la había ignorado, ya que no sucedió nada entre ellos. La mañana siguiente de esa noche, Samantha estaba bastante apenada e intentó disculparse con él pero Derek la trató como si aquel episodio no se hubiera dado, así que ella también hizo lo mismo.
Debía alegrarle que su relación no hubiese cambiado, pero en lugar de eso sentía ira mesclada con tristeza, ya que eso sólo confirmaba lo que ella ya sabía, que para Derek ella nunca significaría nada más que una amiga y su manager.
Lo único que la dejaba tranquila era que ese lugar que ella ansiaba tener no sería ocupado por nadie más, puesto que para Derek no existía ninguna mujer capaz de hacerlo olvidar a Briana, y aunque aquello sonara egoísta de su parte, a Samantha le alegraba saber que sólo lo compartía con un fantasma.
Volteó a mirar a Derek que ya estaba dormido y aprovechó el momento para entrelazar sus dedos con los de él y sentir el calor que irradiaba. Samantha cerró los ojos y se dejó llevar por su imaginación, soñando despierta con sentir aquel calor en todo su cuerpo. Dio un hondo suspiro y luego se dejó vencer por el sueño, pero en ningún momento soltó la mano del pelinegro.
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Tuvo que hacer un gran esfuerzo para que Kate y ella hicieran las paces. Cuando regresó de la fiesta en casa de sus suegros alrededor de la media noche, su amiga no estaba en el apartamento que compartían y Olivia supuso que se había ido de bares para olvidar el amargo momento que pasó al acompañarla a esa cena.
A la mañana siguiente, antes de salir para su trabajo, le dejó el desayuno preparado a su amiga junto con una nota pidiéndole disculpas. A mitad de la mañana recibió un mensaje de Kate donde le decía que la perdonaba, e hizo especial énfasis en que sólo lo hacía por lo mucho que la quería. Su amistad era resistente a cualquier prueba, en los tres años que llevaban de conocerse y poco menos viviendo juntas, Kate le había demostrado incontables veces que su cariño era sincero.
Cuando Olivia conoció a Kate fue difícil para ella aceptar su forma de ser tan extrovertida, incluso pensaba que se acercaba a ella porque conocía quién era en realidad y que era como todas las otras amigas que había hecho durante las celebraciones a las que acompañaba a su novio, falsa e interesada. Pero Kate en realidad no sabía quiénes eran los Collins y cuando lo supo no le había importado en lo absoluto, inclusive el apartamento que compartían era de Kate y nunca le pidió que le ayudara a conseguir otro más amplio.
Guardó las medicinas que recibió esa mañana en la veterinaria y se dispuso a cerrar. Normalmente cerraba hasta entrada la tarde, pero aquel día debía hacerlo más temprano pues acompañaría a Zachary al aeropuerto; el pelinegro tenía que salir del país para cerrar un negocio en Paris que salió de improvisto pero que era urgente atender. Su padre, Augustus Black, le había encomendado personalmente esa tarea, y Zachary jamás replicaba una orden suya.
Miró su reloj y se dio cuenta que estaba sobre la hora sino quería que el tráfico le impidiera llegar a tiempo. Zachary acostumbraba dejarle su coche cuando salía de viaje, así ella podía llevarlo y recogerlo del aeropuerto sin problemas, y siempre había sido así a excepción del último viaje para el cual ella no pudo ayudarle ya que tenía un compromiso con su padre.
Cuando se hubo asegurado que todo quedaba en orden, cerró la veterinaria y salió como un rayo para recoger a Zachary. El tráfico aún no se había puesto pesado por lo que no tuvo inconveniente de llegar a la hora pactada. Zachary colocó la maleta en el asiento trasero y luego de subir y darle un tierno beso a su rubia, se ajustó el cinturón de seguridad y se pusieron en marcha.
El aeropuerto pululaba de gente que se dirigía a diferentes destinos. Algunos de ellos lucían igual que Zachary, el traje ejecutivo y el maletín demostraba que su viaje era de negocios o trabajo en lugar de placer, otros vestían de manera menos formal y Olivia pensó que esos eran de los pocos que se dirigían a algún hermoso lugar a disfrutar.
—Serán sólo unos días, quizás una semana que esté afuera, pero prometo que te llamaré todos los días.
—Estaré esperando tus llamadas, así que procura no olvidar hacerlo. Te voy a extrañar mucho, cariño.
—Y yo a ti amor. —Olivia y Zachary se fundieron en un abrazo. A pesar de que su novio viajaba con cierta frecuencia, la rubia no se acostumbraba a aquellas separaciones. —Tengo un presente para ti. —dijo el pelinegro separándose de ella y metiendo la mano en el bolsillo de su pantalón. —Toma.
— ¿Qué es? —preguntó Olivia tomando entre sus manos la pequeña cajita negra. Al abrirlo sus ojos se llenaron de lágrimas— ¿Esto es...?
—Tal vez no sea el momento apropiado ni la forma en que lo hayas imaginado, pero no quería esperar más para dártelo. —Zachary tomó el anillo de diamantes que estaba en la cajita y poniéndose de rodillas tomó la mano de Olivia—Olivia Collins, ¿aceptas ser mi esposa?
La rubia no podía hablar y por sus mejillas corrían gruesas lágrimas mientras que su mano libre la tenía cubriendo su boca. Asintió y Zachary colocó el ostentoso anillo sobre su dedo anular. Las personas a su alrededor comenzaron a aplaudir ante la escena de la feliz pareja. El pelinegro se puso nuevamente en pie y tomándola por la cintura se apoderó de sus labios.
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— ¿Sucede algo Derek?
—No, nada Samantha.
— ¿Qué mirabas tan concentrado?
—Nada. —dijo el pelinegro observando una escena que le trajo algún recuerdo. Tomó a su amiga del brazo y la condujo por el aeropuerto, alejándose del lugar— Absolutamente nada.
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— ¿Llevas todo?
—Sí, no te preocupes.
— ¿Estás seguro? Revisa bien, no vaya a ser que dejes tus documentos y después no puedas ir o regresar... no sé.
—Oye, tranquila ¿sí? Sólo estaré unos días afuera y cuando regrese quiero decirte algo muy importante.
—No, no, no. Tú no me vas a hacer esto Derek Reed.
— ¿Qué pasa? —preguntó divertido, conociendo la impaciencia de su novia.
—No vas a soltarme eso de decirme algo importante y después te irás por días, no sé si regreses, y yo como tonta esperando a saber qué...
—Cásate conmigo.
—Qué... qué... ¿qué dijiste?
— Cásate conmigo. —Derek observó dudoso la expresión de Briana. Usualmente podía suponer lo que pasaba por su cabeza con solo ver su rostro, pero en esa ocasión no le resultaba tan fácil— ¿Qué sucede?
— ¿Acaso eres idiota? —Respondió ella con una sonrisa.
— ¿Eso es un sí?
—Por supuesto que lo es, de hecho ya te habías tardado.
Derek sonrió ampliamente mientras colocaba en el dedo de Briana el anillo que llevaba siempre en el bolsillo del pantalón—Te amo Briana.
—Y yo a ti.