Intenté elaborar un plan mientras nos acercábamos a la ciudad, pero, para ser sinceros, no estaba nada seguro de cómo proceder. No había modo de evitar a aquellos pequeños monstruos repulsivos. Cabalgábamos hacia una batalla y la situación no era muy distinta a la mañana en que saliera a matar los lobos, confiado en que mi rabia y mi voluntad me ayudarían a vencerlos. Apenas habíamos entrado entre las casas de campo que salpicaban Montmartre cuando escuchamos durante una fracción de segundo su leve murmullo, nocivo como un vapor tóxico. Gabrielle y yo nos dimos cuenta de que debíamos beber enseguida para estar preparados cuando se produjera el encuentro. Nos detuvimos en una de las pequeñas alquerías, cruzamos con sigilo el huerto hasta la puerta trasera y encontramos en el inter

