Me había vestido como para presentarme en la Corte, con brocados de plata y, sobre los hombros,
una capa de terciopelo color espliego hasta la rodilla. Llevaba una espada nueva con empuñadura de
plata bellamente tallada, las habituales hebillas grandes y adornadas en los zapatos, y el lazo, los
guantes y el tricornio de costumbre.
Llegué al teatro en un carruaje alquilado pero, no bien hube pagado al cochero, tomé el callejón
trasero hasta la puerta de artistas, como siempre había hecho.
Al instante, me envolvió la familiar atmósfera del teatro, el olor de la espesa base de maquillaje y de
los trajes baratos, llenos de sudor y perfumes, y el polvo. Alcancé a ver un fragmento del escenario
iluminado, refulgente tras la confusión de enormes decorados, y escuché un estallido de carcajadas en la
sala. Una trouppe de acróbatas —vestidos de bufones con mallas rojas, gorras puntiagudas y cuellos
colgantes con cascabeles en los extremos— esperaba al intermedio para salir a actuar.
Me sentí aturdido y, por un instante, tuve miedo. El recinto me producía la sensación de lugar cerrado
y peligroso, pero resultaba maravilloso volver a estar en él. Y también crecía dentro de mí una sensación
de tristeza. No; de pánico, en realidad.
Luchina me vio y soltó un chillido. Por todas partes se abrieron las puertas de los pequeños y
atestados camerinos. Renaud corrió a mi encuentro y me estrechó la mano con fuerza. Donde momentos
antes no había más que madera y tela, apareció un pequeño universo de excitados rostros humanos,
caras llenas de sudor y rubor, y me descubrí apartándome de un candelabro humeante mientras decía
apresuradamente:
—Mis ojos... Apagad eso.
—Apagad las velas. Le duelen los ojos, ¿no lo veis? —repitió Jeannette con voz urgente. Noté sus
labios húmedos entreabiertos contra mi mejilla. Me rodeaba todo el mundo, incluso los acróbatas, que no
me conocían, y los viejos pintores y carpinteros del teatro, que tantas cosas me habían enseñado.
—Llamad a Nicolás —dijo Luchina, y estuve a punto de gritar «¡No!».
Los aplausos sacudían el viejo local. El telón fue bajado desde ambos lados del escenario y, al
instante, mis viejos compañeros actores corrieron a mi encuentro mientras Renaud llamaba a brindar con
champán.
Mantuve las manos sobre los ojos como si, cual basilisco, fuera a matar a cualquiera con sólo mirarle.
Noté que se me llenaban los ojos de lágrimas y comprendí que debía enjugarlas antes de que nadie viera
caer las gotas sanguinolentas. Sin embargo, estaban tan cerca de mí que no podía alcanzar el pañuelo y,
presa de una súbita y terrible debilidad, pasé los brazos en torno a Jeannette y Luchina y apreté el rostro
contra el de ésta última. Eran como dos aves, de huesos llenos de aire y corazones como alas batientes;
por un segundo, mi oído de vampiro escuchó correr la sangre por ellas, pero tal cosa me pareció una obscenidad. Me limité a rendirme a los besos y caricias, olvidando el latir de sus corazones, y a asirme a
ellas, a oler su piel empolvada, a notar de nuevo la presión de sus labios.
—¡No sabe lo preocupados que nos tenía! —retumbó la voz de Renaud—. ¡Y, luego, todas esas
historias sobre su buena fortuna!
Batió palmas y anunció:
—¡Atentos todos! ¡Todo el mundo! Éste es monsieur de Valois, propietario de este gran
establecimiento teatral...
Continuó con un montón de frases pomposas y festivas, arrastrando a actores y actrices para que me
besaran la mano, supongo, o el pie. Yo seguí sujeto con fuerza a las muchachas, como si, de soltarlas,
fuera a estallar en pedazos. Entonces oí a Nicolás y supe que estaba apenas a un palmo de mí,
mirándome, y que se alegraba demasiado de verme para seguir mostrándose dolido.
No abrí los ojos pero noté en el rostro el contacto de su mano, que luego me sujetó por la nuca con
fuerza. Debían haberle abierto paso y, cuando al fin llegó a mis brazos, me recorrió una ligera convulsión
de terror, pero la luz era allí mortecina y yo me había saciado a conciencia para estar cálido y tener un
aspecto humano. Pensé desesperadamente que no sabía a quién rezar para que el engaño funcionase.
Y, entonces, sólo quedó Nicolás y nada más me importó.
Levanté la vista a su rostro.
¡Cómo describir el aspecto que tienen los humanos a nuestros ojos! Ya he intentado hacerlo un poco,
al explicar la belleza de Nicolas la noche anterior como una mezcla de movimientos y colores. Pero no
podéis imaginar qué significa para nosotros la visión de la carne viva. Por una parte están esos millones
de colores y pequeñas configuraciones de movimientos que dan forma a las criaturas vivas en las que
nos concentramos. Pero este resplandor se confunde totalmente con el olor de la carne. Hermosura: ésa
es la impresión que nos produce cualquier ser humano, si nos detenemos a pensarlo. Incluso los viejos y
los enfermos, los mendigos a los que nadie vuelve la mirada en la calle. Todos son bellos como flores en
el momento de abrirse, como mariposas surgiendo eternamente del c*****o.
Pues bien, todo esto vi cuando miré a Nicolás, cuando olí la sangre que latía dentro de él y, por un
embriagador instante, sólo sentí amor; un amor que borró todo recuerdo de los horrores que me habían
deformado. Todos mis perversos éxtasis, todos mis nuevos poderes con sus gratificaciones, me
parecieron irreales. Tal vez sentí también una profunda alegría al advertir que aún podía amar, si alguna
vez había dudado de ello, y que se quedaba confirmada una trágica victoria.
Me embriagó todo el viejo consuelo mortal, y había podido cerrar los ojos y perderme en la
inconsciencia llevándole conmigo, o así me pareció.
Pero algo más se agitó en mi interior, y cobró fuerzas tan deprisa que mi mente discurrió
aceleradamente para ponerse a su paso y negarlo cuando ya casi amenazaba con salirse de control. Y
supe muy bien de qué se trataba: era algo monstruoso y enorme y tan natural para mí como ajeno me era
el sol. Quería a Nicolás. Le quería tanto como a cualquier presa con la que hubiera pugnado en la Ile de
la Cité. Quería su sangre fluyendo en mis venas, quería su sabor y su aroma y su calor.
El teatro se estremeció de gritos y risas, mientras Renaud ordenaba a los acróbatas que continuaran
con el intermedio y a Luchina que abriera el champán. Pero nosotros estábamos lejos de todo en nuestro
abrazo.
El fuerte calor de su cuerpo me hizo entrar en tensión y retirarme, aunque no parecí moverme en
absoluto. Y de pronto me enloqueció la idea de aquel al que amaba tanto como a mi madre y mis
hermanos, aquel que me había inspirado la única ternura que había sentido nunca, era una ciudadela
inconquistable, asido firmemente a la ignorancia frente a mi sed de sangre cuando tantos cientos de
víctimas se me habían entregado.
Era para esto para lo que yo servía ahora. Era aquél el camino que debía recorrer. ¿Qué
representaban aquellos otros, los ladrones y asesinos que había abatido en la selva de París? Era esto lo
que deseaba. Y la grande, pasmosa posibilidad de la muerte de Nicolás estalló en mi cerebro. Tras los
párpados cerrados, la oscuridad se había vuelto rojo sangre. La mente de Nicolás vaciándose en aquel
último instante, rindiendo su complejidad junto con su vida.
No podía moverme. Notaba su sangre como si la estuviera absorbiendo y dejé descansar los labios
contra su cuello. Cada partícula de mi ser decía: «Tómale, llévatelo lejos de este lugar, lejos de todo, y
sáciate de él, sáciate de él hasta..., hasta...». ¿Hasta cuándo? ¡Hasta que esté muerto!
Me aparté y le separé de mí. A nuestro alrededor, todos vociferaban y alborotaban. Renaud gritaba
algo a los acróbatas, que seguían pendientes de lo que pasaba. Fuera, el público exigía el número del
intermedio con unas palmadas acompasadas. La orquesta ensayaba el animado sonsonete que
acompañaría la actuación de los acróbatas. Músculos y huesos me empujaban y se me clavaban. El lugar
se había convertido en un degolladero, maloliente por los efluvios de todos aquellos seres destinados al
sacrificio. Noté unas náuseas demasiado humanas.
Nicolás parecía haber perdido el dominio sobre sí mismo, y, cuando nuestros ojos se encontraron,
percibí las acusaciones que emanaban de él. Noté su pesadumbre y, peor aún, su casi desesperación.
Me abrí paso entre todos ellos, dejé atrás a los acróbatas con sus cascabeles y no sé por qué me
encaminé hacia las bambalinas en lugar de hacia la puerta de artistas. Quería ver el escenario. Quería
ver al público. Quería penetrar más profundamente en algo para lo cual no tenía nombre ni palabra.
Pero en esos instantes estaba loco. Decir que «quería» o que «pensaba» carece de sentido.
El pecho se me alzaba y volvía a descender agitadamente y la sed era como un gato arañando para
salir. Y, mientras me apoyaba en el poste de madera junto al telón, Nicolás, dolido y sin entender nada,
se me acercó otra vez.
Dejé que hirviera en mí la sed. Dejé que desgarrara mis entrañas. Seguí agarrado al poste y, en un
gran recuerdo, vi a todas mis víctimas, la escoria de París, eliminadas del arroyo; y comprendí la locura
del plan de acción que me había propuesto, la falsedad que encerraba, y cuál era mi verdadera
naturaleza. Qué sublime estupidez era haber llevado conmigo aquella miserable moralidad, haber
decidido dar cuenta solamente de los condenados. ¿Qué buscaba? ¿Tal vez salvarme a pesar de todo?
¿Por quién me había tomado, por un probo colega de los jueces y verdugos de París, que ejecutan a los
pobres por delitos que los ricos cometen cada día?
Había probado un vino fuerte, en jarras desportilladas y agrietadas, y ahora el sacerdote estaba ante
mí al pie del altar con el cáliz de oro en las manos, y el vino de éste era la Sangre del Cordero.
Nicolás estaba hablando rápidamente:
—¿Qué sucede, Lestat? ¡Dímelo! —exclamó, como si los demás no pudieran oírnos—. ¿Dónde has
estado? ¿Qué ha sido de ti? ¡Lestat!
—¡Salid al escenario! —gritó Renaud a los boquiabiertos acróbatas. La trouppe pasó al trote junto a
nosotros y penetró en el humeante resplandor de las luces del proscenio, iniciando una serie de saltos
mortales.
La orquesta convirtió los instrumentos en trinos de pájaros. Un destello de rojo, unas mangas de
arlequín, el tintineo de los cascabeles, gritos de la multitud: «¡Dadnos espectáculo! ¡Vamos, enseñadnos
algo de verdad!».
Luchina me besó y contemplé su blanco cuello, sus manos como la leche. Vi las venas del rostro de
Jeannette y el suave cojín de su labio inferior cada vez más cerca. El champán, servido en decenas de
copas, corría por las gargantas. Renaud improvisaba una especie de discurso acerca de nuestra
«sociedad» y de que la pequeña farsa de aquella noche no era sino el principio y que pronto seríamos el
mejor teatro de los bulevares. Me vi a mí mismo representando el papel de Lelio y oí de nuevo la tonadilla
que le había cantado a Flaminia, hincado de rodillas.
Ante mí, unos pequeños mortales daban volteretas pesadamente y el público rugía cuando el jefe de
la trouppe hizo un gesto procaz con sus posaderas.
Sin darme tiempo a pensar en lo que hacía, me encontré en pleno escenario.
Estaba en el mismo centro, notando el calor de las luces y el escozor del humo en los ojos. Contemplé
las abarrotadas galerías, los palcos separados por mamparas, las filas y filas de espectadores hasta la
pared del fondo. Y escuché mi voz mascullando a los acróbatas la orden de que se marcharan.
Las risas me resultaron ensordecedoras: los comentarios jocosos y los gritos que acogieron mi
presencia eran espasmos y erupciones y detrás del rostro de cada espectador distinguí con toda claridad
una calavera sonriente. Mis labios tarareaban la cancioncilla que había interpretado en mi papel de Lelio,
sólo un fragmento de la tonada, el mismo que había repetido luego en mis expediciones por las calles,
«hermosa, hermosa Flaminia». Lo repetí una y otra vez, hasta que las palabras formaron un sonido
ininteligible.
Por encima del tumulto se oían insultos a voz en grito.
—¡Que siga la función! —dijo una voz—. ¡Veamos qué haces, además de enseñarnos tu linda cara!
Desde la galería, alguien arrojó una manzana mordisqueada que golpeó la tarima a poca distancia de
mis pies.
Me desabroché la capa violeta y la dejé caer. Hice lo mismo con la espada de plata.
La canción se había convertido en un murmullo incoherente tras mis labios cerrados, pero el frenético
verso seguía martilleándome en la cabeza. Vi las tierras vírgenes de la belleza con toda su rudeza brutal,
como las había percibido la noche anterior mientras Nicolás tocaba el violín, y el mundo moral me pareció
un desesperado sueño de racionalidad que no tenía la menor posibilidad en aquella jungla fétida y exuberante. Fue una visión y, más que entender, me limité a ver. Sólo pensé que yo formaba parte de
ello, tan natural como la gata con su expresión exquisita e impávida en el momento de clavar las uñas en
el lomo de la rata chillona.
—«Mi linda cara» es la de una Parca —medio murmuré— que puede apagar todas las «breves
velas», todas las almas palpitantes que llenan esta sala.
Pero las palabras ya quedaban, en realidad, fuera de mi alcance. Flotaban quizás en algún estrato
donde existía un dios que entendía los colores de los dibujos de la piel de una cobra y las siete gloriosas
notas que formaban la música que surgía del violín de Nicolás, pero nunca el principio más allá de la
fealdad o la belleza: «No matarás».
Cientos de rostros grasientos me miraban desde la penumbra. Pelucas andrajosas y falsas joyas y
sucios aderezos, pieles como el agua fluyendo sobre huesos torcidos. Una multitud de mendigos
harapientos, mancos y jorobados, lanzaba silbidos y abucheos desde la galería, con sus apestosas
muletas bajo el brazo y los dientes del mismo color que las piezas de las calaveras que uno encuentra
entre el polvo de las tumbas.
Extendí los brazos, doblé la rodilla y empecé a dar vueltas como saben hacer los acróbatas y los
bailarines, girando y girando sin esfuerzo sobre los dedos de un pie, cada vez más deprisa, hasta
detenerme en seco; entonces me doblé hacia atrás e inicié una serie de volteretas en círculo, seguidas
de varios saltos mortales, imitando todo lo que había visto hacer a los volatineros en las ferias.
De inmediato surgieron los aplausos. Me sentía tan ágil como lo había estado en el pueblo, y el
escenario me resultaba pequeño y engorroso. El techo parecía venírseme encima y el humo de las luces
del proscenio me cercaba. La tonadilla a Flaminia volvió a mis labios y empecé a cantarla en voz alta
mientras daba vueltas y saltos y giros de nuevo. Después, mirando al techo, ordené a mi cuerpo que se
levantara al tiempo que flexionaba las rodillas para saltar.
En un instante, rocé las vigas y volví a caer sobre las tablas grácilmente y sin hacer ruido.
Unos jadeos se alzaron entre el público. La pequeña muchedumbre que se apretaba en las alas del
teatro estaba asombrada. Los músicos del foso, que habían permanecido en silencio todo el tiempo, se
miraban entre ellos. Desde su posición, podían comprobar que no había cable alguno.
Pero yo volvía a elevarme otra vez para delicia del público, esta vez dando saltos mortales durante
todo el ascenso, de nuevo hasta más allá del arco pintado, para descender luego en giros todavía más
lentos y gráciles.
Gritos y vítores se alzaban sobre los aplausos, pero, tras los decorados, todo el mundo se había
quedado mudo. Nicolás estaba al borde mismo del escenario y sus labios pronunciaban en silencio mi
nombre.
«Tiene que ser un truco, una ilusión.» De todas partes me llegaban comentarios parecidos. Los
espectadores pedían a sus vecinos que mostraran su asentimiento. El rostro de Renaud brilló delante de
mí por un instante con la boca abierta y los ojos entrecerrados.
Pero yo me había puesto a bailar de nuevo y, esta vez, la gracia de la danza ya no interesaba al
público. Lo advertí porque el baile se convirtió en una parodia, con cada gesto más amplio, más largo y
más lento de lo que podría haber ejecutado un bailarín humano.
Alguien lanzó un grito desde las bambalinas y una voz le mandó callar. Y entre los músicos y los
ocupantes de las primeras filas de butacas se alzaron unos gritos. Los espectadores se estaban poniendo
nerviosos y cuchicheaban entre ellos, pero la chusma de las galerías continuó batiendo palmas.
De pronto, corrí hacia el público como si fuera a recriminarle su falta de sensibilidad. Algunos
espectadores se sobresaltaron tanto que se incorporaron y trataron de escapar por los pasillos. Uno de
los cornos de la orquesta dejó caer el instrumento y salió gateando del foso.
Capté la agitación, la ira incluso, en sus rostros. ¿Qué eran todos aquellos trucos? De repente, habían
dejado de divertirles; no podían comprender cómo los hacía, y en mis ademanes serios había algo que
les daba miedo. Por un terrible instante, noté su desamparo.
Y percibí su destino.
Una gran horda de esqueletos rechinantes envueltos en carne y harapos, sólo eso eran; y, pese a ello,
hacían derroche de atrevimiento y me lanzaban gritos con irreprimible orgullo.
Levanté las manos lentamente para exigir su atención y me puse a cantar en voz muy alta y firme la
tonadilla de Flaminia, mi hermosa Flaminia, entonando un mal pareado tras otro y dejando que la voz se
hiciera más y más sonora, hasta que, de pronto, la gente empezó a ponerse en pie frente a mí, gritando,
pero seguí cantando todavía más alto hasta enmudecer cualquier otro sonido con un insoportable rugido
y verles a todos, a los cientos de espectadores, derribando los bancos de butacas y llevándose las manos
a los costados de la cabeza.
Sus bocas eran muecas, gritos mudos.
Se produjo un tumulto de gritos y maldiciones mientras todos Pugnaban por abrirse paso hacia las
puertas. Las cortinas fueron arrancadas de sus barras y algunos hombres se dejaron caer desde las
galerías para ganar la calle.
Detuve la terrible cantinela.
En un resonante silencio, me quedé contemplando los cuerpos débiles y sudorosos que escapaban
torpemente en todas direcciones. El viento soplaba por las puertas abiertas y noté una extraña frialdad en
las extremidades, junto a la impresión de tener los ojos de cristal.
Sin mirar, cogí la espada y me la coloqué al cinto otra vez; después, con un dedo, levanté la capa,
arrugada y llena de polvo, por el cuello de terciopelo. Estos gestos parecieron tan grotescos como todo lo
demás que había hecho y no le di ninguna importancia a que Nicolás estuviera luchando por desasirse de
dos de los actores, que le sujetaban temiendo por su vida mientras él pronunciaba una y otra vez mi
nombre.
Sin embargo, algo entre todo aquel caos captó mi atención. Me pareció importante —terriblemente
importante, en realidad— que en uno de los palcos abiertos hubiera una figura puesta en pie que no
hacía el menor intento por escapar, o ni siquiera por moverse.
Me volví lentamente y le miré frente a frente, retándole, me pareció, a quedarse allí. Era un anciano, y
sus empañados ojos grises me taladraban con terca indignación; mientras le miraba fijamente, me oí a mí
mismo emitiendo un poderoso rugido con la boca muy abierta. El sonido parecía surgir del fondo de mi
alma y se hizo más y más potente hasta que los pocos espectadores que aún quedaban abajo volvieron
a cubrirse los oídos, paralizados; incluso Nicolás, que corría hacia mí, se encogió ante el doloroso sonido,
asiéndose la cabeza entre las manos.
Y, pese a todo, el anciano continuó inmóvil en el palco, terco e indignado y con una mirada colérica,
frunciendo el entrecejo bajo la peluca gris.
Di un paso atrás, crucé de un salto el vacío local y fui a aterrizar en el mismo palco, frente al hombre.
A pesar de sus esfuerzos, se quedó boquiabierto y con los ojos horriblemente desorbitados.
Parecía desfigurado por la edad, con los hombros hundidos y las manos deformes, pero la viveza de
sus ojos no reflejaba vanidad ni concesión alguna. Cerró la boca con fuerza, echando hacia adelante la
barbilla. Y sacó de debajo de la levita una pistola con la que me apuntó, sosteniéndola con ambas
manos.
—¡Lestat! —gritó Nicolás.
Pero el disparo sonó y la bala me dio de pleno. No me moví. Permanecí de pie, tan firme como antes
lo había estado el viejo, y el dolor me atravesó y cesó, dejando tras su estela una terrible tensión en todas
mis venas.
De la herida manó sangre. Manó como nunca la había visto hacerlo. Me empapó la camisa y noté que
también se derramaba por mi espalda. La tensión se hizo cada vez más fuerte y una especie de escozor
empezó a extenderse por la superficie de mi espalda y de mi tórax.
El anciano me observó, desconcertado. Le cayó la pistola de la mano, inclinó la cabeza hacia atrás
con los ojos cerrados y el cuerpo encogido como si le hubieran extraído el aire, y se derrumbó en el
suelo.
Nicolás había subido corriendo las escaleras y entraba en aquel instante en el palco. De su boca
surgía un murmullo histérico, convencido de haber sido testigo de mi muerte.
Y permanecí callado, escuchando mi cuerpo en esa terrible soledad que me había acompañado desde
que Magnus me hiciera un vampiro. Y supe que las heridas ya habían desaparecido.
La sangre estaba secándose en mi chaleco de seda y en la espalda de mis ropas desgarradas. El
cuerpo me latía donde me había atravesado la bala y mis venas seguían vivas con la misma tensión, pero
la herida ya se había cerrado.
Y Nicolás, volviendo a sus cabales al verme, advirtió que estaba ileso aunque la razón le decía que tal
cosa era imposible.
Le aparté a un lado y me dirigí a las escaleras. Nicolás se lanzó contra mí y le repelí de un empujón.
No podía soportar su olor ni su presencia.
—¡Aléjate de mí! —exclamé.
Pero él se acercó de nuevo y me pasó el brazo por el cuello. Tenía el rostro congestionado y un
horrible sonido surgía de su garganta