—¡Suéltame, Nicolás! —le amenacé. Si le sacudía con excesiva fuerza le desencajaría los brazos o le
rompería el espinazo.
Romperle el espinazo...
Nicolás soltó un gemido, tartamudeó y, durante una atormentadora fracción de segundo, los sonidos
que emitía fueron tan terribles como los de mi yegua en la montaña, mientras agonizaba aplastada en la
nieve como un insecto.
Apenas supe lo que hacía cuando me desasí de sus manos.
Cuando salí al bulevar, la multitud se dispersó gritando. Renaud se adelantó corriendo hacia mí, a
pesar de las manos que intentaban disuadirle.
—¡Monsieur! —Me tomó la mano para besarla y se detuvo al ver la sangre.
—No es nada, mi querido Renaud —le dije, muy sorprendido de la firmeza de mi voz y de su
suavidad. Sin embargo, cuando me disponía a hablar de nuevo, algo me distrajo. Algo a lo que, me dije
vagamente, debía prestar atención. Pese a ello, continué diciendo—: No le dé importancia, mi querido
Renaud. Es sangre falsa, nada más que una ilusión. Todo ha sido una ilusión, un truco teatral. El drama
de lo grotesco: sí, de lo grotesco.
Y de nuevo surgió aquella distracción, algo que podía percibir entre todo aquel tumulto de gente
apretándose para acercarse, pero no demasiado. Nicolás, desconcertado, me miraba con intensidad.
—Siga con sus obras —decía yo al empresario, casi incapaz de concentrarme en mis palabras—.
Siga con los acróbatas, las tragedias y sus representaciones más civilizadas, si lo prefiere.
Saqué del bolsillo un fajo de billetes y lo deposité en su mano vacilante. Arrojé unas monedas de oro
al pavimento. Los actores se lanzaron a recogerlas con cierto temor. Pasé la mirada por la multitud para
descubrir el origen de aquella extraña distracción, para saber qué era aquello. No se trataba de Nicolás,
que me contemplaba con el ánimo abatido desde la puerta del teatro desierto.
No, era algo a la vez familiar y desconocido, que tenía que ver con las tinieblas.
—Contrate los mejores actores —hablaba casi balbuciendo—, los mejores músicos, los grandes
pintores de decorados.
Más billetes. Mi voz recuperaba ya su firmeza, la voz de un vampiro; distinguí de nuevo las muecas y
las manos en alto, pero todos temían que les viera taparse los oídos. «¡No existe límite, NINGÚN LÍMITE,
a lo que puedes hacer aquí!»
Me alejé, arrastrando la capa y acompañado del desagradable sonido de la espada, mal envainada.
Algo surgido de las tinieblas.
Y, cuando me adentré apresuradamente en la primera calleja y empecé a correr, supe que lo que
había oído, lo que me había distraído, había sido sin la menor duda la familiar presencia, esta vez entre la
multitud.
Lo supe por una sencilla razón: Ahora estaba corriendo por las callejuelas poco concurridas más
deprisa de lo que podía hacerlo cualquier mortal, y la presencia mantenía las distancias. ¡Y la presencia
era más de una!
Hice un alto cuando estuve seguro de ello.
Sólo estaba a una milla del bulevar, y la sinuosa calleja en la que me encontraba era más estrecha y
oscura que ninguna de las que había recorrido nunca. Entonces los escuché hasta que, brusca y
conscientemente, parecieron enmudecer.
Yo estaba demasiado nervioso y me sentía demasiado mal como para ponerme a jugar con ellos.
Estaba demasiado desconcertado y grité la vieja pregunta:
—¿Quién va? ¡Hablad! —En las ventanas próximas, los cristales vibraron. Los mortales se agitaron en
sus pequeñas alcobas. Allí no había ningún comentario—. Respondedme, hatajo de cobardes. ¡Hablad, si
tenéis voz, o apartaos de mí de una vez por todas!
Y entonces supe, aunque no sabría explicar cómo, que ellos podían oírme y responderme, si querían.
Y supe que aquello que había percibido repetidamente era la irreprimible evidencia de su proximidad y de
su intensidad, que no podían ocultar. En cambio, sí podían poner un velo sobre sus pensamientos, y así
lo habían hecho. Quiero decir con ello que poseían inteligencia, y también palabras.
Exhalé un largo y profundo suspiro.
Su silencio me atormentó, pero mil veces me afligía lo que acababa de suceder y, como tantas veces
había hecho en el pasado, les volví la espalda.
Las presencias me siguieron. Esta vez me siguieron y, por muy deprisa que yo avanzara, se
mantuvieron siempre a la misma prudente distancia.
Y no dejé de percibir su extraña, trémula y átona presencia hasta que llegué a la place de Gréve y
entré en la catedral de Notre Dame.
Pasé el resto de la noche en la catedral, acurrucado en un rincón en sombras junto al muro de la
derecha. Estaba hambriento debido a la sangre perdida, y cada vez que se acercaba un mortal sentía
una fuerte tensión y un intenso escozor donde había recibido la herida.
Sin embargo, esperé.
Y cuando se acercó una joven mendiga con su hijito, supe que había llegado el momento. La mujer vio
la sangre seca e insistió, casi frenética, en acompañarme al hospital cercano, el Hotel Dieu. Tenía el
rostro demacrado por el hambre, pero trató de incorporarme con sus débiles brazos.
La miré a los ojos hasta que vi helarse su mirada. Noté el calor de sus pechos sobresaliendo bajo los
harapos. Su cuerpo suave y apetitoso se apoyó contra el mío, ofreciéndoseme, y la envolví en mis
brocados manchados de sangre. La besé, aspirando su calor mientras apartaba las sucias ropas de su
garganta, y me incliné a beber con tal habilidad que el niño dormido no llegó a darse cuenta. Después
abrí con dedos temblorosos la sucia camisa del chiquillo. Aquel tierno cuellecito también fue mío.
El éxtasis fue imposible de describir. Hasta entonces había gozado todo el placer que podía
proporcionarme la fuerza. En cambio, aquellas víctimas habían sido mías en el acto más parecido a la
entrega amorosa. La misma sangre parecía más cálida en su inocencia, más rica en su bondad.
Después contemplé a mis víctimas, durmiendo juntas el sueño de la muerte. Aquella noche, la
catedral no había sido un santuario para ellas.
Y supe que mi visión del jardín de belleza había sido una visión real. En el mundo había propósito, sí,
y leyes, e inevitabilidad, pero todo ello sólo tenía que ver con la estética. Y en aquel Jardín Salvaje, los
seres inocentes como mis víctimas estaban destinados a los brazos de un vampiro. Mil cosas más
pueden decirse del mundo, pero únicamente los principios estéticos pueden ser verificados, y sólo ellos
permanecen iguales.
Ahora ya estaba preparado para volver a casa. Y, cuando salí al aire de la madrugada, supe que
había caído la última barrera entre el mundo y mi apetito.
Ahora, ya nadie estaba a salvo de mí, por inocente que fuera. Y eso incluía a mis apreciados amigos
del teatro de Renaud. E incluía a mi querido Nicolás.
Quise que se marcharan de París. Quise que desaparecieran los carteles y que las puertas cerraran;
quise que se hicieran el silencio y la oscuridad en el teatrillo donde había conocido la mayor y más
sostenida felicidad de mi vida mortal.
Ni siquiera una docena de víctimas inocentes en una noche podía hacerme dejar de pensar en ellos,
ni eliminar el dolor que sentía dentro. Todas las calles de París me conducían a su puerta.
Y me invadía una terrible vergüenza cuando pensaba en mi actuación ante ellos. ¿Cómo podía
haberles asustado de aquel modo? ¿Por qué necesitaba probarme a mí mismo con tal violencia que
jamás podría volver a ser parte de ellos?
No. Yo había comprado el local de Renaud. Y lo había convertido en el lugar de más éxito del bulevar.
Ahora, lo cerraría.
Con todo, no se trataba de que nadie sospechara nada. Ellos habían creído las excusas simples y
estúpidas que les había dado Roget, que si acababa de regresar de las calurosas colonias del trópico y
que si el buen vino de París se me había subido a la cabeza. De nuevo, mucho dinero para compensar
los perjuicios.
Sólo Dios sabe qué pensaron realmente, pero el hecho fue que la noche siguiente continuaron con el
espectáculo de costumbre. Y las hastiadas multitudes del boulevard du Temple encontraron, sin duda,
una docena de explicaciones lógicas a la confusión producida. Bajo los castaños había cola.
Únicamente Nicolás se negaba a aceptar todo aquello. Se había lanzado a beber y se negaba a volver
al teatro y a seguir estudiando música. Cuando Roget se presentaba de visita, le recibía con insultos.
Frecuentaba los peores cafés y tabernas y deambulaba solitario por las calles nocturnas más peligrosas.
Bueno, eso tenemos en común, me dije.
Roget me puso al corriente de todo esto mientras yo paseaba por la habitación a conveniente
distancia de la vela de su mesa. Mi rostro era una máscara que ocultaba mis auténticos pensamientos.
—El dinero no significa mucho para ese joven, monsieur —me dijo el abogado—. Él mismo me ha
recordado que ha tenido mucho en su vida. Dice cosas que me inquietan, monsieur. No me gustan sus
palabras.
Roget parecía un personaje de un cuento infantil con su gorro y su camisa de dormir, descalzo y con
las piernas al aire; porque, una vez más, le había despertado en plena noche y no le había dado tiempo
de peinarse o tan siquiera de ponerse las zapatillas.
—¿Qué palabras son ésas? —pregunté.
—Habla de brujería, monsieur. Dice que usted posee poderes extraordinarios. Habla de La Voisin y de
la Chambre Ardente, un viejo proceso de brujería de tiempos de El Rey Sol. Era una bruja que preparaba
hechizos y pócimas para miembros de la Corte.
—¿Quién creería ahora semejante basura? —repliqué, aparentando absoluta incredulidad, aunque, a
decir verdad, se me había erizado el vello de la nuca.
—Murmura cosas amargas, monsieur —continuó Roget—. Que la especie de usted, como él dice,
siempre ha tenido acceso a grandes secretos. Habla repetidamente de un lugar de su pueblo, llamado el
lugar de las brujas.
—¡Mi especie!
—Dice que usted es un aristócrata, monsieur —añadió Roget con cierta incomodidad—. Cuando un
hombre está enfadado como lo está monsieur de Lenfent, estas cosas llegan a ser importantes. Sin
embargo, no comenta sus sospechas con otros. Sólo me las cuenta a mí. Dice que usted comprenderá
por qué le desprecia. ¡Por negarse a compartir con él sus descubrimientos! Sí, monsieur, sus
descubrimientos. No deja de hablar de La Voisin, de cosas entre el cielo y la tierra para las cuales no hay
explicaciones racionales. Y afirma saber ahora por qué gritaba y lloraba usted en ese lugar de las brujas.
Por un instante, no fui capaz de mirar a Roget. ¡Era una deliciosa perversión de todo el asunto! Y, sin
embargo, daba justo en la diana. Qué soberbio, y qué absolutamente irrelevante. A su modo, Nicolás
tenía razón.
—Monsieur, es usted el más amable de los hombres... —empezó a decir Roget.
—Ahórrese, por favor...
—Verá, monsieur de Lenfent dice cosas fantásticas, cosas que no debería mencionar ni siquiera en
estos tiempos. Dice que vio cómo una bala le atravesaba el cuerpo y que debería estar muerto.
—La bala no me alcanzó —repliqué—. Roget, no continúe con esto. Haga que se vayan de París
todos esos cómicos.
—¿Que se vayan? —preguntó el abogado—. ¡Pero si ha invertido muchísimo dinero en esa pequeña
empresa...!
—¿Y qué? ¿A quién le importa eso? Envíelos a Londres, a Drury Lane. Ofrezca a Renaud la cantidad
suficiente para comprar un teatro en Londres. Desde allí podrán viajar a América, actuar en Santo
Domingo, Nueva Orleans y Nueva York. Hágalo, monsieur. No me importa cuánto cueste. ¡Cierre de una
vez mi teatro y consiga que la compañía se marche de la ciudad!
Así desaparecería el dolor, ¿no era eso? Dejaría de verles a todos apiñados a mi alrededor tras las
bambalinas, dejaría de pensar en Lelio, el chico de provincias que se encargaba de vaciar los orinales y
disfrutaba con ello.
Roget parecía profundamente tímido. «¿Qué debería parecerle», me dije, «trabajar para un lunático
bien vestido que le pagaba el triple de lo que cualquiera le daría, para luego hacer caso omiso de sus
consejos y opiniones profesionales?».
«Nunca lo sabré» me respondí a mí mismo. «Jamás volveré a saber qué significa ser un humano
mortal.»
—En cuanto a Nicolás —añadí—, le convencerá usted de que viaje a Italia, y ahora voy a explicarle
cómo.
—Monsieur, resulta difícil persuadir a su amigo incluso de que se cambie de ropas.
—Esto será más sencillo. Ya sabe usted que mi madre está muy enferma. Pues bien, convenza a
Nicolás de que la lleve a Italia. Es una idea perfecta: él podría muy bien estudiar música en los
conservatorios de Nápoles, y precisamente es allí donde debería ir mi madre.
—Es cierto que su amigo mantiene correspondencia con ella... Le tiene un gran afecto.
—Precisamente. Convénzale de que ella no podría hacer ese viaje sin su compañía. Ayúdele a
efectuar todos los preparativos, monsieur. Nicolás debe abandonar París y le encargo a usted que se
ocupe de ello. Le doy de plazo hasta final de semana y entonces volveré para tener noticias de su
marcha.
Naturalmente, aquello era exigir mucho del abogado, pero no se me ocurría nada más. Los
comentarios de Nicolás sobre actos de brujería no me preocupaban, desde luego, puesto que nadie los
creería, pero yo estaba convencido de que, si no abandonaba París, Nicolás iría perdiendo la razón poco
a poco.
Con el transcurso de las noches, tuve que luchar conmigo mismo todas las horas que pasaba en vela,
para reprimir el impulso de ir a verle, de arriesgarme a un último contacto con él.
Me limité, pues, a aguardar a la fecha marcada; sabía muy bien que estaba perdiendo para siempre a
Nicolás y que éste jamás averiguaría la causa de nada de cuanto había sucedido. Yo, que una vez había
elevado mi voz contra la insensatez de nuestra existencia, le expulsaba ahora de la ciudad sin la menor
explicación. Era una injusticia que tal vez le atormentaría hasta el final de sus días.
«Es mejor eso que la verdad» dije mentalmente a Nicolás. Quizás ahora comprendía un poco mejor
todas nuestras ilusiones. Y si Nicolás podía convencer a mi madre de viajar a Italia, si ella estaba todavía
a tiempo de emprender el camino...
Mientras, pude comprobar personalmente que la Casa de Tespis cerraba sus puertas. En un café
cercano, oí comentar la partida de la compañía con rumbo a Inglaterra. Esta parte de mis planes
quedaba, por tanto, cumplida.
Fue cerca ya del amanecer del octavo día cuando, finalmente, acudí de nuevo a la puerta de Roget y
llamé a la campanilla.
El abogado me abrió más pronto de lo que yo esperaba, con un aire nervioso y aturdido bajo su
acostumbrada camisa de dormir blanca de franela.
—Me empieza a gustar su indumentaria, monsieur —dije cansadamente—. Creo que no confiaría en
usted ni la mitad de lo que confío si me recibiera con camisa, calzones y levita...
—Monsieur —me interrumpió Roget—, ha sucedido algo totalmente inesperado...
—Antes de nada, respóndame: ¿Han llegado sin novedad a Inglaterra Renaud y los demás?
—Sí, monsieur. Ya se encuentran en Londres, pero...
—¿Y Nicolás? ¿Ha acudido junto a mi madre en la Auvernia? Dígame que sí, que ya se ha marchado.
—¡Déjeme explicar, monsieur! —exclamó el abogado. Tras esto, guardó silencio. Y, de forma
absolutamente inesperada, vi la imagen de mi madre en su mente.
De haber reparado en ello, habría sabido a qué se refería Roget. Que yo supiera, el hombrecillo no
había puesto jamás sus ojos en mi madre. Entonces, ¿cómo podía tener su imagen en la cabeza? Sin
embargo, en aquellos momentos, yo no razonaba. De hecho, la razón me había abandonado.
—¿No habrá...? No me estará usted diciendo que ya es demasiado tarde, ¿verdad? —murmuré.
—Monsieur, permítame ir a por el abrigo... —dijo Roget sin aclarar nada, al tiempo que hacía sonar la
campanilla.
Y de nuevo capté en su mente la imagen de mi madre, su rostro enjuto y pálido, tan vividamente que
no pude soportarlo.
Agarré a Roget por los hombros.
—¡Usted la ha visto! ¡Está aquí!
—Sí, monsieur. Está en París. Lo llevaré hasta ella inmediatamente. El joven de Lenfent me informó
que venía, pero no he podido dar con usted, monsieur. Nunca sé cómo ponerme en contacto con Usted.
Su madre llegó ayer.
Yo estaba demasiado abrumado para responder. Me hundí en el sillón y las imágenes que guardaba
de mi madre resplandecieron en mi cabeza con un fuego tal que eclipsó todo cuanto emanaba del
hombrecillo. ¡Está viva y en París! ¡Y Nicolás aún seguía en la ciudad, y estaba con ella!
El abogado se acercó a mí y alargó el brazo como si fuera a tocarme:
—Adelántese usted mientras me visto, monsieur. Su madre está en la He de Saint Louis, tres puertas
a la derecha de monsieur Nicolás. Tiene que acudir enseguida.
Le dirigí una mirada estúpida. En realidad, ni siquiera le veía. Estaba viendo a mi madre. Quedaba
menos de una hora para el amanecer y el regreso a la torre me llevaría tres cuartos, por lo menos.
—Mañana..., mañana por la noche... —creo que murmuré. Me vino a la memoria un verso de
Macbeth, de Shakespeare—: «... Mañana y mañana y mañana...».
—¡Monsieur!, ¿no lo entiende? Su madre no hará ningún viaje a Italia. Ella ha hecho su último viaje
viniendo aquí a verle.
Al comprobar que no respondía, me asió con sus manos y probó a sacudirme. Nunca había visto al
abogado de aquella manera. En aquel instante, a sus ojos, yo era un muchacho y él era un adulto que
tenía que devolverme a mis cabales.
—Le he buscado alojamiento, enfermeras, médicos, todo lo que pudiera necesitar —explicó—. Pero
no consiguen que su estado mejore. Es usted quien la mantiene viva, monsieur. Quiere verle antes de
cerrar los ojos por última vez. Olvídese de la hora y acuda a su lado. Ni siquiera una voluntad tan fuerte
como la de su madre puede obrar milagros.
No le pude responder. Era incapaz de coordinar un pensamiento coherente.
Me puse en pie y fui hasta la puerta, arrastrando al hombrecillo conmigo.
—Vaya a verla ahora mismo —le ordené—. Dígale que estaré con ella esta próxima noche.
El abogado sacudió la cabeza, enojado y disgustado, y trató de volverme la espalda.
No dejé que se soltara.
—Vaya inmediatamente, Roget —insistí—. Permanezca con ella todo el día, ¿entiende bien?, y
ocúpese de que espere..., ¡de que espere mi llegada! Esté atento a si se duerme. Si empieza a agonizar,
despiértela y háblele. ¡Pero no permita que muera antes de que yo me presente!