Calanthia come fruta enfriada con su magia bajo el enorme sauce llorón que adorna el amplio zaguán de la academia Dragonsfort. Está recostada sobre el tronco, mirándome mientras se encuentra sentada sobre la fresca hierba del pasto. Mojada de sudor y cansancio, continúo con mis extenuantes lecciones a un pequeño grupo de adolescentes, que apenas son cadetes. Como cada día, los instruyo, cumpliendo con mi deber; si no lo hiciera, estaría condenada a regresar a excavar la tierra sulfurosa de Ivand para extraer el preciado cristal de fuego, esencial para alimentar las forjas del reino y fabricar el armamento del ejército del rey. Este armamento es muy necesario para la ya antiquísima guerra con los trasgos del Este, específicamente del reino de Melyor, un conflicto que lleva 100 años y parece no tener fin.
Sin embargo, prefiero mil veces continuar instruyendo a los estudiantes que enfrentar una muerte por envenenamiento.
Ahora sigo con la práctica. Los he puesto a luchar conmigo, cuerpo a cuerpo, para formarlos en el arte de la pelea. Y, por mucho que odie hacerlo, les enseño lo que Nasdan me instruyó a mí, con la única diferencia de que no fuerzo sus cuerpos hasta romperlos ni los golpeo hasta que queden inconscientes.
Los seis alumnos de este nuevo año son mucho más determinados que los del anterior; puedo notarlo en sus ganas por pelear y en el daño que me causan al golpearme. Y eso, a pesar de que apenas llevo dos años siendo instructora. La guerra con los trasgos se ha vuelto más encarnizada que nunca en el último año. Los generales trasgos del reino de Melyor han invadido los poblados aledaños a Hellbula, aniquilando todo a su paso, lo que deja claro que la guerra pronto llegará hasta nosotros. Apenas hace dos semanas, los trasgos atacaron el fuerte de Greff, que está cerca del poblado de Nympia, un centro de comercio muy importante para Hellbula. Es obvio que los cadetes están mucho más nerviosos de lo habitual.
Me seco la frente sudorosa con el dorso de la mano y respiro hondo. Luego, me paso los mechones sueltos de regreso a la trenza. Aún debo continuar. Miro a la cadete Fabia y le hago una señal con la mano para que entre al amplio círculo de hadas que delimita el área de lucha.
La chica aprieta los labios, nerviosa, mientras entra a mi territorio. La observo dudar y una sonrisa se dibuja en mis labios rojos.
—En posición, soldado —le ordeno. Ella monta su guardia, tal como le he enseñado, y traga saliva con dificultad, mirando las risas y comentarios de sus compañeros a su alrededor.
—¿Cómo demonios puede seguir peleando? ¿No está cansada? —me pregunta. Su piel canela brilla bajo los rayos del sol mientras enrolla sus alas de libélula en su espalda.
Estiro aún más mi sonrisa. Siento los músculos de mis extremidades arder y el sudor mojarme la espalda, pero el dolor no apaga las ansias que tengo de pelear.
Claro, estoy más que agotada.
—El enemigo no les va a preguntar si están cansados —mascullo mientras me preparo. Ella levanta los brazos en un respingo al percibir mis intenciones. —La pelea no es un juego; van a morir si no se mueven. Me arrojo hacia ella y la veo titubear, lo que me da la oportunidad de atacarla en su punto más débil: sus piernas temblorosas. Gime cuando le pateo los pies y cae sobre la hierba revuelta. Las exclamaciones de sus compañeros por el duro golpe que se da en la espalda estallan en el ambiente. —¡Levántate! —le grito, y Calanthia deja de comer para mirarnos con el ceño fruncido. Fabia se pone de pie de un brinco, comienza a formar una capa de sudor en la cara y, gritando, me lanza los puños, los cuales logro esquivar con un ágil movimiento.
— ¡Vamos, Fab! ¡Tú puedes! —grita Mikel, un demonido al que le partí la nariz horas antes. La hada gruñe y me rodea el cuello con un brazo para someterme; la presión me quita el aliento. Plantando los pies en la tierra, la tomo por su gancho para ejercer fuerza en mi cuerpo cansado. Con un movimiento, logro apoyar su cuerpo en mi espalda y, con un poderoso impulso, la paso sobre mí, tumbarla sonoramente de espaldas sobre la dura tierra. Ella exhala el aire de sus pulmones ardientes, en medio de una mueca de dolor.
Una gota de sudor resbala por mis labios y pruebo su sabor salado. Me limpio con el dorso de mi mano envuelta en vendas.
— ¡Uhh! —braman sus compañeros, algunos cubriéndose la cara y otros negando con la cabeza.
—¿Te rindes? —le pregunto, sosteniéndola en el suelo por su cuerpo. Ella aprieta los ojos, se ve tremendamente irritada, pero, con el rostro empapado de sudor, asiente con la cabeza. Es en ese momento cuando la suelto, dejándola respirar. Se yergue, y le ofrezco la mano para ayudarla a levantarse. Ella la toma y hace una mueca de dolor cuando se pone de pie.
—Mierda —maldice entre dientes, mientras Mikel le palmea la espalda en un gesto de consuelo.
—Buen trabajo —le dice él.
—No dudes nunca, Fabia —la aconsejo, y los ojos de mis alumnos se fijan en mí—. Si el enemigo los ve dudar, dense por muertos. Y no te aflijas por perder; las derrotas nos ayudan a crecer. — Ella me mira con los ojos llorosos. No puedo evitar recordarme a mí misma; sé lo que se siente cuando se muerde el polvo, y mi pecho se revuelca. —"Levanta la cabeza, Fabia"— le digo.
Un latido poderoso me atraviesa al comprenderlo. Palidezco y el calor casi me tira de rodillas. Aprieto los puños sintiéndome de pronto en el lugar de Nasdan. Con un leve movimiento de cabeza, miro hacia mi mejor amiga, quien me lanza una mirada sonriente. Junto a ella reposa Degolladora y el papiro intacto. Un remolino se apodera de mí mientras intento disimular mis emociones en el instante en que Fabia sonríe, consolada por mis palabras y el apoyo de sus compañeros.
Vuelvo a secarme el sudor de la frente, y el olor especiado de mi transpiración inunda mis fosas nasales. Suelto el aire, cruzándome de brazos, mientras la estrella de mi clase entra al círculo de hadas: Negar Wychplot, un colosal Naga que puede controlar el fuego como nadie, y cambiar su larga y bípeda cola de serpiente por un par de piernas. Se planta imponente y poderoso frente a mí. Sonrío cuando su cuerpo me da sombra por lo grande que es.
Sé que él es el favorito de toda la generación. Los generales ya lo están observando; parece que pronto podría ascender. Es el que golpea más fuerte, o al menos eso dicen mis huesos resentidos por la última pelea. Su magia es poderosa, y la corte cree que podría ser el portador de algún poder especial.
Si así fuera, lo trasladarían al ala de “extraordinarios”, donde se envían a los cadetes más destacados, aquellos que poseen habilidades únicas y raras, como el control de las sombras, la telequinesis o, quizás, algún creador de rayos. Esta última opción podría ser una posibilidad, aunque no ha habido un creador del rayo desde hace quinientos años. El único que posee ese caótico poder es la flamante estrella del ejército, Damon Darkwood, la bestia guerrera que pelea contra los trasgos en el frente. Además, es el único jinete de dragón, una capacidad que solo él tiene, ya que los dragones, al ser criaturas místicas, poderosas y cargadas de magia ancestral, no aceptan jinetes ni se inmiscuyen en los asuntos de los feéricos desde hace poco más de mil años.
Por eso estoy atenta a los alumnos; nunca se sabe, podría surgir otro como Darckwood.
—Yo nunca dudo, instructora —me dice, y sus ojos de serpiente me inspeccionan detenidamente, mientras una emoción se asienta en el centro de mi pecho.
"Al fin un oponente digno que me retará de verdad."
Cuando arma su guardia, el crujido de mis huesos resuena en mis hombros, y los demás se acercan al círculo. Ya sean otros estudiantes fuera de mi clase o algún profesor, todos reparan en la pelea que está por acontecer.
—Eso me llena de alegría, Negar —respondo. Tomo aire y las escamas marrones de su piel brillan al levantar los brazos en una posición de defensa. Me preparo también y adopto mi guardia.
Y cuando sus ojos viperinos comprueban que estoy preparada, se arroja sobre mí, apurando sus poderosas piernas. Lo intuyo y recibo de lleno su patada, pero logro bloquearla a tiempo. A pesar de encontrarme agotada, aquel impulso oscuro que siempre pulula en mi interior se manifiesta y opto por dejarlo salir, más para resistir que para usarlo como descarga contra Negar. Sonrío mientras las articulaciones de mis rodillas protestan; disfruto la sensación de adrenalina que se inyecta en mi cuerpo y la utilizo contra mi oponente.
Intento apoderarme de sus brazos, lo más letal que tiene Wychplot, aparte de su veneno. Anclando las piernas, aparto el dolor que casi me parte los huesos y esquivo sus puños, que se mueven con agilidad, para poder llegar a su costado. “Si tan solo pudiera alcanzar sus riñones”, pienso, un gancho lo doblaría, deshaciendo su defensa. Calculo que es difícil; Negar lee cada uno de mis movimientos como un profesional.
— ¡Bien! ¡Sigue así! — le gritan sus compañeros. La emoción se estaciona en mi pecho y aumento la intensidad de mis golpes; soy contundente. Lo que he aprendido en mis años como caza-recompensas es que, cuanto más grande es el enemigo, más dura es la caída, por lo que mi misión es lograr derribarlo.
Me arrodillo, peinando la tierra revuelta para adoptar una posición baja. Con sigilo, me muevo para rodearlo, propinándole un par de patadas en las costillas. Quiero llegar a su espalda. Negar gruñe y, de inmediato, gira su cuerpo para alcanzarme. Sin embargo, Calanthia levanta la mirada hacia el cielo, y en ese instante, una sombra negra se proyecta como un manto. Escucho un grito a mis espaldas, lo que me desconcentra y afecta mi táctica. Esto le permite a Negar asestarme un duro golpe entre la nariz y el labio superior, haciéndome ver estrellas. El chasquido del hueso rompiéndose llega después, haciendo que mis fuerzas me abandonen.
— ¡Nikky! —grita Calanthia corriendo hacia mí. Hay exclamaciones, pero nadie repara en mi caída de sentón en el suelo, ni siquiera Nagar, quien se distrae mirando el cielo, específicamente hacia esa colosal sombra que, poco a poco, se hace más grande sobre nuestras cabezas.
Aquella oscuridad me revuelve el estómago. Aprieto los labios mientras la sangre resbala de mi nariz y de mis labios. Pruebo el sabor ácido de mis fluidos vitales y huelo el metal que emana de la herida. Levanto la cabeza justo en el momento en que la parte inferior de un enorme dragón gris oscuro, tan gris como las nubes de tormenta o como las piedras de las montañas, aparece ante los ojos de todos. La garganta se me seca mientras observamos cómo la colosal criatura comienza a aletear sobre el patio, meciendo las copas de los árboles y levantando tierra y hojas en una poderosa corriente de aire que sacude a los presentes.
Alguien grita cuando el dragón inicia su descenso.
Escupo sangre al suelo mientras mi mejor amiga y los demás observamos cómo la bestia alada, con ojos amarillos como el ámbar, abre las fauces para proferir un aterrador rugido. Un vapor espeso escapa de su boca, y algunos se cubren los oídos cuando el sonido estalla en el aire.
—¡Mierda, mierda, mierda! —grita Fabia.
—Nunca voy a acostumbrarme a verlo —masculla otro al mismo tiempo en que, desde los pasillos que rodean el patio, se acerca la figura de un joven de ojos cafés y cabello castaño, acompañado de un hombre maduro, alto, de rostro severo y pelo canoso. Ambos se dirigen hacia el dragón Smoke Zilver. Detengo el sangrado de mi nariz con una mano mientras aquel joven coronel, de corpulenta figura y mirada penetrante, observa de pie bajo los postes de los pasillos. Frente a los hombres, el jinete del dragón se apresura en bajar.
Aprieto los labios en el instante en que las habladurías y los cuchicheos se hacen inminentes al observar cómo, desde la silla que se acomoda entre el cuello y la espalda de Smoke Zilver, el poderoso comandante del ejército del rey, Damon Darkwood desciende de su montura con una habilidad digna de un gimnasta. El aliento se me corta; verdaderamente, no puedo negar que Damon es todo un espectáculo. Me encanta verlo. Además de ser el representante del reino, es tremendamente apuesto. Siempre me quita el aliento cuando aparece en cualquier lugar. Enfoco mis ojos en su cuerpo atlético y perfecto, que se ajusta a su uniforme de cuero n***o.
Mi corazón y mi vientre se sacuden al contemplar su lustroso cabello n***o y rebelde meciéndose con los últimos remolinos de aire causados por su dragón. Calanthia, a mi lado, suspira al verlo quitarse la chaqueta, revelando la piel bronceada de sus brazos, adornados con tatuajes azabaches que resaltan sobre sus cicatrices de batalla. En lugar de opacarlo, estas cicatrices realzan su belleza apabullante. Su pecho ancho se ajusta a su chaleco de piel, que perfila perfectamente cada músculo de su torso. Cierro la boca mientras lo observamos saludar a su camarada, que responde al nombre de Milos Stormfront y, por supuesto, a su jefe y protector, el general Tholides Larios.
Damon se cruza de brazos mientras habla con Milos y Tholides. Enfoco mi mirada en el guerrero estrella del rey, específicamente en esa ancha espalda rolliza que se ajusta al cuero n***o de su ropa de guerra. Sin embargo, Damon se gira inesperadamente y se topa con mi mirada. Aunque estamos a cierta distancia, puedo distinguir el color de sus ojos, un azul turquesa profundo.
Un respingo me saca de la ensoñación en la que Damon me tiene. Pestañeo y aparto la vista de sus ojos intensos, sintiendo un escalofrío recorrerme la espalda. Mi mente hiperactiva me hace creer que, al desviar la mirada, una sonrisa se dibuja en su rostro.
—¡Basta ya, todos! —grito aplaudiendo al aire para llamar la atención de mis alumnos—. ¡Ya es suficiente por hoy, váyanse a sus otras clases! —Les ordeno y mi grupo me obedece.
Negar apoya una mano en mi hombro antes de marcharse junto a sus compañeros.
—Lo siento —me dice. Lo miro alejarse y solo asiento con la cabeza, regresando a la sombra del sauce junto a Calanthia, quien sonríe al verme observar a Damon mientras continúa hablando con el coronel Milos y su protector.
Damon le hace una señal con la mano a Smoke Zilver, y la aterradora criatura salta de regreso al cielo, formando otro tornado de aire que acaba de llenar de tierra la fruta en el cuenco. Maldigo al comandante entre dientes, mientras observo cómo Calanthia contempla su comida desechada, con un dejo de decepción en la mirada.
Suelto el aire, adolorida y apoyándome en el tronco, mientras Damon me dirige miradas de vez en cuando. Estoy cansada; sin embargo, a pesar de todo, el dolor es lo de menos.
Puntos para ese muy muerto Nasdan por hacerme tolerante al dolor.
—Se ve que ese golpe te va a sacar un moretón —comenta Calanthia, sentándose a mi lado y limpiándome la sangre de la nariz con un pañuelo que saca de un bolsillo escondido en su vestido—. Deberías hacer algo para evitar eso.
Suelto un bufido mientras me sostengo el puente de la nariz.
—Negar tiene buen puño. —Sonrío y mi mejor amiga entrecierra los ojos.
—Nikky.
Pongo los ojos en blanco.
—Cala, ya sabes —levanto una ceja—, no sé hacer magia. —Me apunto a mí misma, recargándome en el tronco.
—No empieces —me reprende.
—Amiga, tú sabes que Nasdan solo me entrenó para matar. —Me cruzo de brazos, mirando por el rabillo del ojo cómo Tholides, Milos y Damon entran en la academia, sin antes, esté último echarme una última mirada azul, esa que me pone la piel de gallina. Me aclaro la garganta, concentrándome en Calanthia. —Es irónico —suelto el aire contenido—, soy una elfa que no sabe hacer magia. —Mascullo, y un dejo de impotencia se apodera de mí.
Por extrañas razones que nunca logré comprender, mi entrenador se había limitado a instruirme en defensa y jamás me enseñó magia, ni siquiera la más básica. Irónicamente, aunque él fuera humano, dominaba por lo menos las técnicas mágicas más simples. Nunca entendí por qué se negaba a enseñarme, ni siquiera eso; incluso había ordenado de manera estricta a los demás miembros de la caza-recompensas que no me enseñaran nada.
Me rodeo el cuerpo con los brazos, recordando mi infancia. Esos recuerdos apenas están presentes, pero puedo evocar, aunque sea de manera difusa, aquellos días en los que Nasdan me encontró después de que los trasgos quemaron mi pueblo y asesinaron a mis padres, dejándome completamente sola. Con el rostro sucio de carmesí y mi nombre escrito en el brazo con sangre, tenía apenas siete años. Nasdan me descubrió en la nieve, a medianoche, aferrada a un saco de cosas, especialmente a un pedazo de piedra en forma de huevo que protegía con mi frágil cuerpo de niña. Luego, me aceptaron entre ellos y su líder me entrenó hasta casi llevarme a la muerte.
Me sacudo el recuerdo, miro a mi mejor amiga y luego al papiro abandonado junto a mi espada, un arma que Nasdan me obsequió cuando cumplí doce años. En ese entonces, apenas podía manejarla, pero él me dijo que estaba lista para usarla, que era momento de matar para sobrevivir.
Maté por primera vez a los doce, y para él fue más que suficiente.
Alargo una mano y, en lugar de tomar mi espada, elijo el papiro. Calanthia abre los ojos, tan grandes como su rostro.
—¿No lo vas a tirar? ¿O sí? —Levanta una ceja roja, apoyando sus manos sobre el puente de mi nariz lastimada, y mientras arroja un encantamiento, siento cómo la magia fluye en mí—. No te muevas. —Me riñe.
—No—, le respondo, haciendo una mueca de dolor cuando el hueso del tabique y el cartílago se sacuden mientras se reajustan—. Voy a leerlo—. Espeto, y ella aparta sus manos de mi nariz, interrumpiendo su reparación.
—¡Ay! —gimo, y ella se disculpa, retomando su trabajo.
—Lo siento —responde en silencio, mientras observa cómo abro con cuidado el papiro. Su impaciencia crece al ver que, tras curarme, me tomo un momento para leer.
Debo repasar las letras una y otra vez para asimilar lo que está escrito en su interior. Finalmente, hago una bola con el papel y lo arrojo lejos de mí. Cierro los ojos y miro las ramas que se extienden sobre nuestras cabezas. Mi mejor amiga me observa, pestañeando con impaciencia.
—¿Y bien? —me pregunta, mientras las alas que lleva en su espalda se estiran, mostrándome lo largas y traslúcidas que son. La pelusilla blanca que desprenden las extensiones de sus alas me provoca un cosquilleo en la nariz, que se siente completamente resentida.
La miro fijamente a los ojos, esbozando una sonrisa cargada de diversión y veneno.
“¡Maldito hijo de puta!”, las náuseas se apoderan de mí.
—Tengo que ir al mundo humano —declaro, y Calanthia abre los ojos más grandes de lo que jamás la había visto.
—¿¡Qué!? —masculla.