Un dolor de cabeza amenaza con apagar el poco entusiasmo que me queda. Celadine me sigue mientras andamos por el palacio, tras salir de la oficina del general supremo del reino de Hellbula, Tholides Larios. Él es un alto elfo, director de la academia de Dragonfort y mi supervisor. Además, es un íntimo allegado de Damon Blackwood. Tholides supervisa la academia y dicta las órdenes que debo cumplir, mientras Celadine, quien abogó por mi perdón en la prisión feérica, se encarga de vigilarme. Intento contener mi oscuridad.
Tholides lo dejó claro: iré al mundo humano, pero bajo supervisión.
No tengo la libertad de antes, cuando podía ir y venir a mi antojo. Eso me pone de mal humor, ya que no estoy acostumbrada a que alguien me diga lo que tengo que hacer o con quién debo ir. Usualmente, no me obligan a menos que, claro está, la corte considere que puedo resultar peligrosa. Celadine y Calanthia lo saben, por eso constantemente están sobre mí, intentando calmar mis repentinos arrebatos. Y es que una cólera antigua parece vivir dentro de mí; aún no logro encontrarle una razón, lo que, claro está, confunde mi mente aún más de lo que ya está.
Sé que Celadine no puede acompañarme; ella es la curandera exclusiva del rey. Lo único que me reconforta de todo esto es que Tholides me ha permitido ir con Calanthia, aunque sea bajo supervisión. Pareciera que una simple ex-cazarecompensas es más peligrosa que un prisionero de guerra trasgo.
—Si te calmas, podré darte algún remedio—me dice Celadine, emparejándose conmigo mientras caminamos hacia el patio del palacio, donde Calanthia ya me espera para marcharnos lo antes posible. —Nikky—me llama, alzando la voz para distraerme de mi mal humor. Me muerdo los labios, tocando a "Degolladora", en un intento por mantener controlada mi rabia injustificada.
Me detengo en seco cuando estamos a punto de llegar. Un pensamiento me atormenta desde esta mañana, cuando recibí la última voluntad de Nasdan. La idea no me ha abandonado, por más que he intentado encontrarle una respuesta. Además de verme envuelta en una situación que no deseo afrontar, aún quedan preguntas flotando en el aire que Celadine parece no querer explorar.
— ¿Qué era el otro papiro? — La miro, y ella parece sorprenderse ante mi cambio repentino de tema.
— ¿Qué? —
La exasperación me hace bufar.
Aprieto los puños mientras miro tras la espalda de la diablesa, donde el jardín trasero del palacio se contonea, guardando la figura impaciente de Calanthia, quien tarda un minuto en reparar en nosotras.
— ¡Joder, Celadine! Sacaste dos papiros, pero solo me entregaste uno — me planto con los brazos en jarras — ¿De qué era el otro? — Mi pregunta resuena como una exigencia.
Ella pestañea mirándome intensamente; hay algo que la pone incómoda, puedo saberlo por cómo se rasca la cornamenta.
— Ah, eso — sonríe, sacándose los lentes del puente de la nariz —Eran instrucciones de Nasdan para mí — responde, y yo levanto una ceja.
— ¿Aja? —
Celadine chasquea los labios sacando un frasquito de los bolsillos de su pantalón marrón.
—Sobre cómo podrías tomar la noticia de su testamento y cómo ayudarte a manejarlo—. Se cruza de brazos y algo en su actitud no me convence.
—¿Estás segura? — le pregunto, y ella asiente con la cabeza.
—Claro—, dice mientras toma mi mano derecha y coloca el frasco en mi palma—. Ahora, tómate esto, te ayudará con la migraña—. Me empuja hacia la enorme puerta en forma de triángulo redondeado, donde mi mejor amiga me espera con impaciencia y un toque de nerviosismo.
Decido zanjar el tema; está claro que Celadine está evasiva. A pesar de que no estoy conforme, la dejo empujarme sutilmente, y tras lanzarle una última mirada, permito que regrese sobre sus pasos. Saco humo por la nariz, colérica, y pisando fuerte, salgo junto a mi amiga, quien me toma por los hombros con entusiasmo.
—Nikky —sonríe mientras destapo el frasco de Celadine con desesperación—. No vas a creer quién…
—Quiero terminar con este tema de una vez por todas —la interrumpo, empinándome el frasquito en la boca. De inmediato, el sabor amargo de las hierbas tuerce mi gesto.
—Pero…
—Ya vámonos, Calanthia —la tomo del hombro y la empujo hacia el interior del jardín. Chasqueo los labios cuando solo nos compruebo a nosotras—. ¿Y dónde está el imbécil que nos custodiará? —Me levanto de puntillas, mirando tras los arbustos púrpuras, intentando encontrar a quien me habían puesto de niñera.
Calanthia palidece.
—Pero, Nikky… —
—Seguramente enviaron al más idiota para acompañarnos—, chasqueo los labios nuevamente, sintiendo de pronto una presencia a mis espaldas—. Seguramente es un retrasado, ni siquiera está aquí —. La oscuridad se cierne en mi interior. Estoy más fastidiada que enojada; sin embargo, los ojos de Calanthia se fijan en un punto detrás de mí, y es en ese momento cuando una presencia me obliga a girarme.
Palidezco.
—¿Acaso me has llamado retrasado? — interrumpe la voz masculina de nada más y nada menos que el flamante guerrero del rey.
Damon Darkwood me mira desde arriba, dejándome sin aliento. Jamás lo había tenido tan cerca y, ¡por los dioses!, es peligrosamente atractivo. Sus rasgos se acentúan aún más ahora que está a menos de un metro de mí; los tatuajes de sus brazos se despliegan por sus hombros hasta su cuello, dándole un aire tóxico. Lo mismo sucede con las delgadas cicatrices que surcan su pulcra piel tostada y lampiña. Mis ojos recorren sus anchos pectorales, que se dibujan ajustados en su uniforme, un trozo de cuero cosido que se cruza en cintas a través de su pecho, hasta que terminan en nudos en su abdomen. Un respingo se apodera de mi vientre al observar cómo los pantalones de cuero n***o se ajustan a sus caderas y a sus piernas torneadas. Entreabro los labios, recorriéndolo descaradamente sin poder evitarlo.
—¡Vaya! —sale de mis labios cuando, al elevar la mirada, me topo con sus increíbles ojos. Los que son aún más expresivos que su gesto rancio y atractivo; están bordeados por espesas pestañas azabache que me hacen darme cuenta de que, dentro del azul profundo de sus ojos, pequeñas motas verdes pintan los espacios como hojas sobre un lago, transformando su mirada en un turquesa atrayente que no puedo dejar de observar.
—Eso quería decirte, amiga —interrumpe Calanthia, alcanzándome de un brazo.
Sacudo la cabeza, obligándome a salir del trance, y pestañeo, sintiendo de pronto la magnitud de mi metida de pata.
—¿Así eres siempre de descarada? —espeta Damon, haciendo que frunza el ceño.
—¿Cómo has dicho? —pregunto ofendida—. ¿Me has llamado descarada? —De pronto, aquella ensoñación se esfuma por completo.
Las mejillas de Calanthia se encienden al mismo tiempo que me rodea con su brazo.
—No te ofendas porque te dije algo que es más que obvio —hace un ademán de irritación—. Además, tú me has llamado imbécil, idiota y retrasado. —Enumera las ofensas con los dedos, y yo abro la boca, completamente ofendida.
—Yo no quise decírtelo…—.
Él entrecierra los ojos y se cruza de brazos.
—Pues yo sí —zanja, y una vena atraviesa mi frente.
—Eso sí es ser un imbécil —suelto, y mi mejor amiga me reprende tirando de mí.
—Ella no quiso decir eso. —Calanthia intenta defenderme, mirando al general con la vergüenza tatuada en su rostro, pero está claro que lo último que dije lo hice con toda la maldita intención.
—No me interesa lo que una descarada pueda decirme. —Suelta, y yo me pongo en jarras mientras Damon reacomoda su larga y evidentemente pesada espada que cuelga de su espalda ancha.
—No voy contigo. —Suelto, deteniéndome en seco.
Damon sonríe con burla, encendiendo mi ira. Luego lo veo hacer un encantamiento que materializa un portal frente a nuestros ojos.
—No tienes muchas opciones, preciosa. —Dice, y aprieto los dientes.
—¡No me digas preciosa! —Exijo, y Calanthia me empuja hacia el portal, su rostro tan rojo como el de un tomate.
— ¡Nikky, basta! —Ella me reprende, mientras yo tenso el cuerpo, intentando resistir la idea de entrar a ese maldito portal con él. Los ojos de lago de Damon centellean intensos cuando me mira por encima del hombro, con seriedad.
— Sí, fuiste una insolente por insultarme y mirarme con esos ojos pervertidos— apunta hacia su pecho, con energía —y eso me da el derecho de llamarte como quiera. — Asegura, mientras entra en el portal, desapareciendo al instante.
La cólera explota en mis venas. Calanthia grita cuando le aprieto la mano de rabia.
— ¡Maldito bastardo! —Le grito antes de seguirlo, arrastrando a mi mejor amiga conmigo.
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Fue toda una osadía, pero finalmente llegamos a la cabaña escondida en la que mi maestro había vivido sus últimos años. Nos tomó una hora encontrarla en el campo polaco, pero al fin aquella casita está frente a mis narices. Un sentimiento de envidia atraviesa mi corazón; el muy maldito estaba viviendo tranquilamente, alejado de su antigua vida de mercenario y, posteriormente, de su labor como espía del rey. Aprieto los puños mientras miro la naturaleza que invade la vivienda, recordándome las chozas campesinas de Hellbula. Como yo esperaba, la casita es hermosa; está construida de madera y piedra, y tiene un jardín frontal lleno de árboles frutales y vibrante vegetación floral. Además, un caminito de piedras serpentea hacia un pequeño lago que baña parte de la base de la casa en un costado, y destaca una cerca blanca que no puedo evitar considerar absurdamente ostentosa.
¡UNA MALDITA CERCA BLANCA!
Desde que era niña, siempre he soñado con una casita rodeada de un jardín, con su característica cerca blanca; algo que, claramente, nunca he sido digna de conseguir.
Un nudo me impide poder tragar. Cierro los ojos, deseando retroceder, pero recordando la fuerza que me brindó mi mejor amiga al apretar mi mano, avanzo junto a Damon, que nos pisa los talones. Él ahora está callado, pero todo el camino se había hecho notar a base de gruñidos y gestos, lo cual está bien para mí; así evitaba hacerle honor al nombre de mi espada y rajarle el cuello si se atreviera a decirme algo más. Sin embargo, a pesar de que había estado callado todo el camino, no ha parado de sonreír burlonamente cuando sus ojos me encuentran.
Calanthia se emociona al entrar en el interior desierto de la casita.
Utilizando la magia que Damon creó, las puertas se abren, revelando un interior que me provoca una oleada de náuseas. Es perfecto. Los muebles de madera adornan el espacio, dándole una apariencia antigua y campirana que irradia tranquilidad; una tranquilidad que he anhelado desde que tengo uso de razón.
Ni un maldito día de mi vida he estado tranquila. Siempre he tenido que pelear por sobrevivir, y ahora que miro la mullida alfombra del suelo, la cocina integral de madera y las adorables sillas del comedor, me dan ganas de romperlo todo.
Aquella oscuridad encerrada dentro de mí empuja por salir; las ganas de gritar cierran mi garganta de tal forma que tengo que aclarármela para liberarla de la opresión que tensa mi cuerpo.
—Menuda casa tenía —comenta Damon, recorriendo el espacio. Al verlo contemplar lo que pertenecía a Nasdan, hace que me invada un sentimiento de desaprobación.
Calanthia camina por la pequeña sala, toca con sus dedos la tela de los sillones y se detiene a mirar los retratos que acumulan polvo en el librero frente a la sala. La veo entornar los ojos mientras Damon se limita a observar.
Me obligo a moverme; extrañamente, he quedado clavada en el suelo de madera.
— ¿Qué es esto? — mi mejor amiga toma un marco para inspeccionarlo con curiosidad. Para ella, es la primera vez que visita el mundo humano, así que es normal que todo le parezca asombroso.
Camino hacia la mesa del comedor, donde, desde lejos, logro ver una rosa seca sobre un trozo de papel.
— Son fotografías — le respondo mientras ella asiente con la cabeza.
— Ah —contesta, dejando el retrato en su lugar, pero sin despegar los ojos de las dos personas que aparecen en la imagen. Ella solo puede reconocer a un Nasdan más joven, pero yo sí identifico a la mujer que él abraza. — ¿De qué se murió? — se atreve a preguntar Calanthia.
Escucharla me atraviesa el corazón, pero no puedo enojarme con ella. Las hadas y todo ser feérico no comparten las mismas emociones sobre la muerte que un humano. Son seres longevos, e incluso algunos son inmortales; no conocen nada más que eso. En cambio, al haberme criado con un humano y vivir un tiempo en su mundo, hicieron que creciera diferente, a pesar de ser una elfa pura. Mis emociones son mucho más intensas que las feericas. A mí sí me importa la muerte y todo lo que puede traer consigo.
—Un infarto. —Contesta, para mi sorpresa, Damon, y me giro para verlo fijamente, atónita por esa información que ni siquiera sabía. Él intuye mi incredulidad al observar mi expresión, así que continúa—: Lo leí en el informe de su muerte en la oficina de Tholides esta mañana, cuando me informaron que las escoltaría. —Cruza los brazos sobre el pecho. Asiento con la cabeza, y ese gesto parece reconfortarlo.
—¿Un qué? —interrumpe Calanthia, terminando de revisar la cocina.
Suelto aire, intentando asimilarlo.
—Un infarto —puntualizo, fijando la mirada en la rosa seca que reposa sobre la nota; todo parece estar acomodado deliberadamente para que yo lo encuentre—. Eso les pasa a los humanos a veces —digo, recordando los años que pasé en el mundo humano, donde aprendí mucho—. Pero es más frecuente cuando son viejos.
Calanthia se estira, luciendo su vestido blanco de sacerdotisa, aunque para este viaje no se ha puesto su velo, lo que me permite ver el rojo intenso de su cabello y sus alas extendidas tras su espalda.
—¿Qué edad viven los humanos? —continúa, y le sonrío sin ganas.
—Nasdan solo vivió setenta y dos años, pero pueden vivir un poco más —digo, y ella chasquea los labios.
—Oh, eso es muy poco tiempo.
La melancolía se apodera de mí, un sentimiento que se asienta en lo profundo de mi pecho. Para un ser feérico, setenta y dos años son solo un suspiro, nada. Pero para los humanos, puede resultar una eternidad. Lo sé porque observaba cómo le pesaban los años a Nasdan, cada año que pasaba. Constantemente me preguntaba sobre mi inmortalidad y sobre cómo había crecido tan rápido, a pesar de que me esperaba toda una eternidad para comprenderlo.
Mi corazón se sacude en mi pecho al entender que los humanos son tan frágiles y efímeros. Al levantar la vista a mi alrededor, me sorprendo al ver cómo, particularmente Nasdan, en sus últimos años, valoraba la belleza de las pequeñas cosas. La casita es un ejemplo de ello; los adoquines tallados a mano y las rosas bajo las ventanas me lo dejan claro. El nudo en mi garganta me estrangula la respiración. Por más que quiera explicarle a Calanthia o a cualquier otro ser feérico, sé que no podrán entenderlo como yo.
—Sí —mi nariz cosquillea—, es poco tiempo —respondo, consciente del significado de todo esto.
Escucho los pasos de Calanthia de un lado a otro, inmersa en su exploración por descubrirlo todo. Yo me concentro en la nota que descansa sobre la mesa. Damon se acerca e inspecciona mi rostro mientras me sumerjo en la lectura del contenido.
“Todo lo que hice, lo hice por una razón,
Espero que algún día me perdones”.
P.d. Tengo algo para ti en la habitación del fondo.
Solo eso dice, y los ojos se me humedecen. Me limpio una lágrima antes de que se atreva a escapar. No estoy dispuesta a mostrarme vulnerable. Esa es una de las lecciones que más recuerdo de Nasdan: "Jamás le muestres a nadie tu debilidad; nunca les enseñes con qué pueden destruirte".
—Era todo un caso, ese Nasdan… —dice Damon, tomando la rosa seca de la mesa para inspeccionarla con detalle, pero yo se la arrebato. Él fija sus ojos en mí.
—Se llamaba Richard.
Él frunce el ceño, extrañado.
—¿Qué? —pregunta, y yo aprieto los labios, rompiendo la nota. Mis dos acompañantes observan mi acción en un silencio incómodo.
—Digo que se llamaba Richard, solo —aprieto los dientes, evidentemente irritada. Estoy a punto de soltarme a llorar—. Se hizo llamar Nasdan porque era un viejo voluble.
No le quito los ojos de encima a Damon, quien sostiene mi mirada mientras arrojo los pedazos de la nota al suelo. Luego, sin que él despegue la vista de mí, me alejo de su espacio y me dirijo a la habitación del fondo; nadie me sigue. Incluso Calanthia se mantiene quieta.
Parece que ya no explorará, lo que me permite entrar en la pequeña habitación claramente femenina, la cual me detiene en mi camino.
Escucho los pesados pasos de Damon en el pasillo. A pesar de no haber entrado conmigo, me vigila desde el exterior.
Mis ojos dejan resbalar lágrimas. Las pocas cosas que me habían pertenecido y que había conseguido con dificultad están allí, decorando espacios como adornos y recuerdos. Me llevo una mano a la boca para mitigar el sollozo que me ataca de pronto.
Las manos me tiemblan al encontrar repisas repletas de mis libros de la escuela del mundo humano, algunos juguetes viejos y desgastados, y piedras que recolectaba cuando era pequeña... Era una habitación que había sido decorada para mí, pero que jamás había utilizado. Richard ha guardado todo, incluso las fotos que nos tomamos cuando visitamos la Estatua de la Libertad y en aquel polvoriento restaurante de carretera, cuando pasamos por el Área 51.
—¿Qué demonios? —me pregunto, con ganas de colapsar en el suelo, pero nuevamente me controlo.
Me sorbo los mocos mientras me seco las lágrimas con las mangas de mi blusa. Mi oscuridad pulsa sutilmente dentro de mí, haciéndose notar como un recordatorio de que todavía está allí. Termino de recorrer la habitación con la mirada y reparo en un cofre en el centro de ella.
De inmediato sé que es para mí.
El motivo del papiro.
Lo que Richard me había dejado.
Arrodillándome frente al cofre, que no tiene nada que ver con la habitación, lo abro.
El interior me devuelve la mirada y no encuentro mucho. Solo un pedazo de tela del camisón de la noche en que me encontró, la primera daga que me dio cuando cumplí ocho años y un morral que parece guardar un enorme bulto en su interior.
Toco todo y, con curiosidad, tomo el morral. El peso me sorprende; en verdad es muy pesado. Frunzo el ceño, lo abro, meto las manos en el interior y saco lo que, en un primer momento, creí que era una piedra. Pero cuando lo sostengo frente a mis ojos, de inmediato puedo reconocerlo. Era mío. Mío desde que tengo uso de razón. Lo abrazaba cuando Richard me encontró en la nieve.
La nostalgia me invade. No había tenido que robarlo, ni nadie me lo había obsequiado. Siempre había estado conmigo. Creí que lo había perdido después de encontrarme con Richard, quien solía castigarme quitándomelo, porque sabía que yo tenía un anormal apego a él.
De mero impulso, me lo llevo al pecho, sintiendo el frío que irradia. Cierro los ojos y es en ese instante cuando la puerta rechina al abrirse. No reparo en la intromisión de Damon, quien entra, invadiendo aquel momento tan personal.
—Un huevo de dragón —dice.
Levanto la vista, aún de rodillas sobre el suelo alfombrado. Él se acerca y se encuclilla frente a mí, observando la piedra.
—¿Cómo? —pestañeo, viendo cómo pasa su dedo por la superficie del color de la obsidiana, que presenta sutiles pinceladas blancas que recorren su textura como humo.
—Lo que tienes en los brazos es un huevo de dragón —repite, haciendo un movimiento de cabeza que me recuerda a las aves.
Entrecierro los ojos, procesando sus palabras, y miro la piedra negra entre mis brazos. Nunca supe que, en realidad, era un huevo puesto por un dragón y no un mero adorno que siempre había conservado.
—¿No lo sabías?
—Nunca había visto un huevo de dragón —respondo, sintiendo la presencia de Calanthia en el marco de la puerta de entrada.
—Pero relájate, se ha convertido en piedra. Nada saldrá de ahí —me sonríe, apoyando las manos sobre sus rodillas. Esa sonrisa me desarma—. Si no, ya te lo hubiera quitado —sentencia, y me sorprende—. Los huevos de dragón valen más que un reino. Por eso los dragones no permiten que sus huevos caigan en manos de nadie. Son pura magia, y nadie es digno —suspira, levantándose del suelo junto a mí—. Así que me hubiera visto obligado a quitártelo para regresarlo a donde pertenece. Con los dragones.
Se cruza de brazos, observando mi rostro lleno de desconcierto. Parece divertirse con eso, porque suelta una risita.
—¿Entonces? —levanto una ceja, sintiendo, de pronto, una punzada de ansiedad. Él suelta una risa aún más intensa.
—Que no te lo quitaré, preciosa —se pasa la lengua por los labios, y me causa un repentino respingo al parecerme algo tan sexy que me distrae de sus ojos—. Sí, un huevo de dragón hecho piedra puede valer una buena cantidad de oro, pero es mejor un huevo eclosionable. Puedes quedártelo. No le diré a nadie que tienes uno.
—¿En serio?
Asiente con la cabeza.
—Tómalo como una tregua —espeta, y yo entrecierro los ojos.
—Eso suena muy voluble de tu parte —digo, y Damon pone los ojos en blanco.
—¡Mierda contigo! —rezonga, y yo guardo el huevo de regreso en su morral, el que me cuelgo del hombro de inmediato.
Me encojo de hombros, soltando un suspiro. Ya había tenido suficiente. Es momento de salir de allí. No toleraría estar un minuto más en este lugar.
Calanthia entra a la habitación para tomarme de la mano con afecto.
—¿Qué tal unas hamburguesas? —suelto de pronto, parándome recta.
Las miradas de mis dos acompañantes se posan en mí con desconcierto.
—¿Qué mierda es eso? —anuncia Damon, levantando una ceja azabache.